TINO PERTIERRA | A CORUÑA
Hubo pocas sorpresas por no decir ninguna. Es el año de No habrá paz para malvados, la apuesta por el cine rocoso, malencarado y de buen género con un malo de primera clase. Bravo Coronado. Una apuesta segura el año en que se dejó fuera de la pista a Santiago Segura y su mugriento Torrente. Que no se queje: gracias a sus lloriqueos pudo protagonizar el segundo mejor momento de una gala aburrida y renqueante como pocas. El primero se lo llevó Silvia Abascal, radiante belleza de mujer luchadora que reaparecía tras su gravísimo accidente cerebral. Segura, por contra, puso la guindilla en plan Ricky Gervais castizo poniendo a caldo a los aspirantes y mofándose de Kiko Rivera, a quien poco menos que llamó gandul.
Si los chistes de Eva Hache oscilaban entre lo pueril y lo soso (el monólogo inicial fue una invitación a la fuga en masa, qué manía de dirigirse con guasa a los candidatos, que no saben qué cara poner), al menos los fragmentos en los que aparecía dentro de las películas nominadas tenía gracia y estaban currados. Lo contrario que el numerito musical con el que cada año se pretende imitar al Hollywood bailón con resultados patosos.
Que el correoso thriller de Urbizu se haya llevado el Goya al agua no significa que haya vencido a Almodóvar, como él mismo se ha apresurado cortésmente a resaltar, al tiempo que reconoce que ésta no es su película favorita. La piel que habito es una obra más arriesgada y mejor dotada para superar el beso mortal del tiempo. Y el comportamiento de Almodóvar y Banderas, sabiendo que saldrían de vacío desde el principio, fue elegante: arropando a la agonizante industria del cine de su país. Pero tampoco eso se lo admitirán sus enemigos, porque, claro, es un engreído, no un amiguete ocurrente como Segura.
Al menos, Elena Anaya vio recompensadas sus acrobacias interpretativas sin red en un papel que la obliga a caminar en la cuerda floja. Que Jan Cornet recibiera también el reconocimiento como actor revelación en otro trabajo de alto riesgo demuestra hasta qué punto Almodóvar manejó con maestría unos hilos en una película que el tiempo pondrá en su sitio. Recuerden que ¡Átame! fue la gran derrotada el año que arrasó la hoy olvidada ¡Ay, Carmela!.
Es normal que se destaque lo mejor de una película menor como La voz dormida: sus actrices. También que Lluís Homar (su interminable discurso inicial hizo temer lo peor, una secuela del Karra Elejalde que durmió a las ovejas) fuera distinguido por aportar calidez a la habilidosa mecánica de Eva, cuyo director, Kike Maíllo, estaba tan seguro de ganar (el chico se lo tiene bastante creido, según se comprobó) que soltó un discurso en varias fases, incluyendo una arenga a la jovencísima Claudia Vega, butaca trágame, a la que obligó a ponerse en pie, para que estudie mucho, mucho.
A Blackthorn le cayeron todos los premios de rigor técnico por aquello de ser "de época" (dirección artística, de producción y de vestuario, más la fotografía bellísima del gran Juan Ruiz Anchía, aunque fuera a costa de otro grande, José Luis Alcaine). Alberto Iglesias tenía que ganar sí o sí por su genialidad musical para La piel que habito, y quizá convendría que los años en que él se presente se dividiera en dos la categoría: un Goya para él y que los demás se peleen por el otro.
El momento más incómodo quedó reservado para Isabel Coixet y su discurso a favor de Garzón tras ganar un premio descaradamente político, porque su documental es de una simpleza y parcialidad clamorosas. Lo segundo no tendría mayor importancia si cinematográficamente fuera una propuesta valiosa, pero no lo es. Lástima que el juez no se presentase con ella a recoger "el cabezón": hubiera sido un momentazo. A cambio, un espontáneo se paseó por el escenario y soltó unas chorradas ininteligibles por el micro ante la ceñuda mirada de la directora.
También se paseó fugazmente un tipo con la máscara de Anonymous (la seguridad del evento muestra año tras año una incompetencia digna de Agárralo como puedas, sólo faltaba Leslie Nielsen) pero como la realización llegó a ser por momentos un poco chapucera (cámaras despistadas, barridos inesperados) no dio tiempo a ocultarlo.
Como el presidente de la Academia, Enrique González Macho, es consciente de que no tiene el glamour de Aitana Sánchez Gijón ni el toque showman de Alex de la Iglesia, se llevó a dos vicepresidentas para arropar un discurso tan comedido que fue como soso. La ceremonia reunió a 4.156.000 espectadores, 184.000 menos que en 2011, con Buenafuente. Y las redes sociales se llenaron de mensajes. No está mal si tenemos en cuenta que el cine español es una de esas cosas de la vida de las que todo el mundo habla aunque pocos pasen por taquilla para verlo antes de opinar. Tal y como están las cosas en el cine español, y los tiempos de penuria que vienen, los Goya deben tener los Días contados. Que ganó en 1994.