A merced de dos fuerzas siniestras

En 'Bajo una estrella cruel', Heda Kovály rememora su vida en una Praga sacudida por los grandes totalitarismos del siglo XX

24.03.2013 | 03:07
Heda Kovály y Rudolf Margolius, en Praga. / la opinión
Heda Kovály y Rudolf Margolius, en Praga. / la opinión

Heda Kovály (1919-2010), traductora al checo de Roth, Chandler y Bellow, entre otros, tuvo una existencia trágica sacudida por las dos fuerzas totalitarias que aplastaron Europa durante el siglo XX. La tercera fuerza, como ella misma escribió en Bajo una estrella cruel, que acaba de publicar Libros del Asteroide, era la de un pájaro escondido entre sus costillas que de vez en cuando agitaba las alas y le hacía creer que el amor y la esperanza eran más poderosos que el odio y la furia y que en algún lugar más allá de la línea del horizonte aguardaba una vida indestructible. Las memorias de Heda Kovály producen una sensación de escalofrío que no abandona fácilmente al lector.

En 1941 los nazis iniciaron la deportación en masa de los judíos de Praga. Desnudos y descalzos, muchos de ellos perecieron en la larga marcha a través de la nieve, antes de llegar al gueto de Lodz. No estaban acostumbrados aún al ruido de los disparos, a los gritos de agonía, a la sed insoportable, ni al aire sofocante en los vagones en compañía del ganado. Con el paso del tiempo acabarían asumiendo el papel de sufrimiento que les tenía asignado la más reciente historia de la barbarie.

Los padres de Kovály fueron asesinados en Auschwitz. Ella escapó cuando la trasladaban junto a otros prisioneros al campo de Bergen-Belsen, identificado como Stalag XI, en la Baja Sajonia. Finalmente, se reunió en Praga con Rudolf Margolius, el hombre que cuando era niño le entraron ganas de crecer cuanto antes para poder casarse con ella. Acabó la guerra y la pareja esperaba del comunismo mayor amabilidad que del nazismo. No fue así y pronto se dieron cuenta de que las páginas del libro negro de Europa se escribían por las dos caras. Ambas siniestras.

Al principio, el nuevo régimen de Klement Gottwald nombró secretario de Estado de Comercio Exterior a Margolius, pero el sueño socialista de libertad y justicia se convertiría pronto en una pesadilla. Los comunistas detestaban casi por igual a los intelectuales, a los judíos y a la clase media. En 1952 Rudolf y trece oficiales fueron arrestados y acusados por conspiración. Declarado culpable en uno de los procesos más repugnantes de la época, el juicio Slansky, lo ahorcaron a finales de ese año.

Entre los ejecutados se hallaba Clementis, protagonista de la famosa foto manipulada del balcón de Praga de 1948, que Milan Kundera glosó en El libro de la risa y el olvido. Merece la pena traerlo: "Gottwald, rodeado por sus camaradas, estaba junto a uno de ellos, Clementis. La nieve revoloteaba, hacía frío y Gottwald tenía la cabeza descubierta. Clementis, siempre tan atento y servicial, se despojó de su gorro de pieles y se lo encasquetó al aclamado líder. El Departamento de Propaganda difundió cientos de miles de ejemplares de la imagen del balcón desde el que Gottwald, con el gorro en la cabeza y los camaradas a su lado, habla a la nación. Hasta el último niño conocía aquella fotografía que aparecía en los carteles de propaganda, en los manuales escolares y en los museos. Cuatro años más tarde, a Clementis lo acusaron de traición y lo colgaron. El Departamento de Propaganda lo borró inmediatamente de la historia y, por supuesto, de todas las fotografías. Desde entonces, Gottwald está solo en el balcón. En el sitio en el que estaba Clementis aparece únicamente la pared vacía del palacio. Lo único que quedó de él fue el gorro en la cabeza de Gottwald".

La víspera de la ejecución, la segunda noche de diciembre de 1952, Rudolf y Heda se vieron unos minutos por última vez. Se sentaron uno frente al otro separados por una densa red de malla de alambre. Intentaron unir las yemas de sus dedos, pero no se podían tocar. Rudolf tampoco pudo ver la fotografía de Iván, su hijo de 4 años. "Debes cambiar el nombre, él no debe sufrir por mi culpa", le dijo en voz baja a su mujer. Fumaron juntos un cigarrillo y Rudolf volvió a hablarle: "No cuestiones el juicio. Piensa en Iván, no en mí. Búscale otro padre, no te quedes sola".

Siguió el camino marcado hasta alcanzar el exilio. Sólo atisbó la luz al final del túnel años después con el sueño feliz de libertad aplastado en la Primavera de Praga. Más tarde tuvo tiempo de verlo plenamente realizado. Vivió y sufrió para ello.

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