R. D. R. | A CORUÑA
Perdido. Es el estado en el que se movió aturdido, distante e incluso desorientado el Deportivo en su segundo partido consecutivo en Riazor. El filipazo de hace siete días contra el Málaga ocultó las arrugas que aún muestra el Dépor en su indumentaria como equipo; el triunfo indiscutible del Espanyol, ayer, descose el traje y exige arreglos con prontitud. Tras el choque y la ducha deben seguir los jugadores deportivistas tratando de descifrar el enigma de su situación, las claves de su desconcierto total.
Nueve minutos tardó el Deportivo en responder al gol inicial del Espanyol con el empate de Adrián López. La apertura del marcador recordó al equipo de Lotina que a los partidos hay que entrar despierto, enchufado, erguido y con las ideas despejadas. Se dio cuenta a tiempo el Dépor porque el conjunto catalán empezaba a sentirse fluido y a gusto con su mínima ventaja y rascaba en las heridas que el cuadro local dejó al descubierto tan pronto, especialmente en sus dominios defensivos.
Fue atrás donde comenzó a desangrarse el Deportivo más por descuidos propios que por intervenciones ajenas. Al Espanyol le bastó con encarar con decisión pero cierta prudencia a su rival. Así, adquirió seguridad poco a poco para marcar el ritmo del partido, mantener aletargado al Dépor y batir por primera vez a Aranzubia. Ocurrió en pleno desconcierto defensivo del Dépor, con Filipe mirando en otra dirección en la acción que precedió al 0-1, Zé Castro demasiado bajo en su salto junto a Nico Pareja y Callejón en la más confortable de las soledades para firmar el 0-1.
El bofetón acabó con el atontamiento inicial del Dépor, que ganó unos metros en su ataque y empató antes de la media hora de juego. Los suspiros de tranquilidad no sirvieron de parche para las carencias. El Espanyol tenía más claro a qué jugaba y el Dépor intentaba hacerlo sin criterios muy definidos, con movilidad en sus demarcaciones ofensivas -Adrián empezó en la banda y enseguida se convirtió en punta; Riki tuvo que probar por la derecha y Guardado pasó luego a la diestra-, pero inconstante en sus avances, como tratando de encontrar la mejor fórmula en un nuevo experimento de pretemporada. Así que el Espanyol, en una sintonía interna más centrada, volvió a marcar. Y después más.
Con el 1-3 en la segunda parte, encajado en otra alarmante licencia por el centro de la defensa, el equipo se enchufó a la esperanza de la remontada con un gol a tiempo de Lassad y una propuesta más esforzada en ataque con Mista y el franco-tunecino al frente después de la salida del campo de Adrián, Riki y Valerón. Pero el Deportivo, sin agresividad durante casi todo el encuentro, sin un gesto de rabia o pundonor y mucho menos claridad en un juego sin liderazgo, murió eléctrico en un partido en el que nació sin pilas.