La contratación de Óscar Pereiro, ingeniería financiera al margen, depende en gran medida de su encaje con Álvaro Pino. Al manager le toca la valoración deportiva de su fichaje. La disposición de Pereiro a recuperar su rol de francotirador de la carretera, respetando la jerarquía de Ezequiel Mosquera, facilita una lectura aprobatoria. Pero importa, sobre todo, que Pino y el mosense recompongan una relación personal que se ha deteriorado en los últimos tiempos. Hay intermediarios muy dispuestos a ejercer de puente, aunque la reconciliación se fía a una entrevista cara a cara.
Estas dos figuras centrales del ciclismo gallego histórico estuvieron estrechamente ligadas en la mocedad profesional de Pereiro. Fue Pino quien lo rescató del Porta da Ravessa portugués en 2002 para llevárselo al Phonak, que entonces dirigía. Pereiro corrió para la escuadra suiza hasta 2006, cuando cumplió su ambición de vestirse el maillot del Caisse D'Epargne.
La vida los ha ido distanciando, aunque sin conflictos abiertos ni declaraciones afiladas. Es más bien una frialdad generada a fuerza de comentarios de corrillo y miradas torcidas. Desde el entorno del corredor aseguran que no ponen vetos al respecto. Sitúan la responsabilidad de la dulcificación en manos de Pino. Éste ha sido el hombre fuerte del Xacobeo desde su creación. Lo ha diseñado a su gusto y lo ha dirigido con mano de hierro. Pero el equilibrio de poder está en proceso de redefinición desde el cambio de gobierno en San Caetano. El feeling, famoso como argumento desde que Guardiola lo emplease con Eto'o, es un factor que influye en la partida que se juega.