ÁLVARO FAES
Contaba no hace mucho Arrigo Sacchi que en un encuentro con Florentino Pérez, en medio de una de esas crisis cíclicas en las que vive el Real Madrid, le pidió al presidente su alineación ideal. "Colocó a Zidane de central y a Beckham de lateral derecho". Había que encontrar hueco a todas las estrellas de la colección. El italiano, director deportivo, acabó dimitiendo cerca de la Navidad de 2005. No comulgaba con el modelo florentiniano, ese que habla de juntar a los futbolistas de moda del momento y ponerlos a todos a jugar, en la confianza de que un puñado de solistas brillantes forman una monumental orquesta.
No tardó mucho en dimitir Florentino. "He mimado demasiado a los futbolistas", dijo desconsolado. Se iba desencantado porque con su visionaria forma de entender el fútbol, efectiva en los primeros años, no terminaba de construir el Real Madrid demoledor que le convertiría en el Bernabéu del siglo XXI. Pérez se fue pero siempre siguió al club en la sombra. El desastre de la gestión de Ramón Calderón y la certeza de que iba a arrasar en las urnas le animaron al regreso.
Pero en el modelo del "ser superior", como le llamó Butragueño en un insólito ejercicio público de adulación, hay una pieza que sobra: el entrenador. Del Bosque, Camacho (dimitió), Luxemburgo, López Caro? ninguno convenció al presidente.
Para Florentino Pérez, el tipo que se sienta en el banquillo es un mal necesario. La visión de negocio que tiene del fútbol deja a un lado el apartado técnico. Importa más hacer caja con anuncios -aunque haya que llevarse por delante un entrenamiento, como pasó hace un par de semanas- vender camisetas, negociar a muerte los derechos de televisión e incluso jugar a las tres de la tarde para conquistar el mercado asiático.
Aclamado en las urnas, héroe para una afición desencantada, el presidente se prometió no repetir viejos errores. Tomó distancia con los futbolistas pero volvió a ponerse en manos de Valdano. Y le encargó la elección del entrenador. Error. El mismo Valdano que se entregó a los brazos de Carlos Queiroz, poco más que un recadero en el Manchester de Ferguson, acabó escogiendo para el florentinato 2.0 a Manuel Pellegrini. De nuevo un entrenador de perfil bajo para llevar la ingobernable nave blanca.
Es cierto que no hubo manera de cumplir el primer encargo del jefe. Arsene Wenger dijo que no y lo hará tantas veces como el Real Madrid llame a su puerta. Acostumbrado al papel de mánager con plenos poderes que tiene en Inglaterra, no aguantaría ni medio minuto el modelo presidencialista que impera en España, con el club blanco como máximo exponente.
Entre los perfiles que manejaba, Valdano se quedó con Pellegrini. Fichado el chileno, le dieron vacaciones mientras el presidente seleccionaba los cromos para su nuevo proyecto. Y cayeron Cristiano Ronaldo, Kaká y Benzema, con el añadido de Albiol y los regresos de Arbeloa y Granero, porque alguien le sopló que había que españolizar el equipo.
Pero Pellegrini ya sabía dónde se metía. Aceptó el trato con todos los vicios del modelo Florentino: intromisiones, quién debe jugar más y quién menos, recomendaciones? Eso no le descarga de su incapacidad para hacer que un grupo plagado de internacionales consiga elaborar un fútbol medianamente decente.
Cuando el Ingeniero regresó para la pretemporada se encontró la plantilla hecha. Y ahí empezó su responsabilidad. La cosa tenía buena pinta en la pretemporada pero ahora mismo el grupo se le ha ido de las manos. No lo controla ni en el plano futbolístico ni en el disciplinario.
Granero y Guti pagan por sus pecados sin jugar, el uno por irse del Bernabéu antes de acabar un partido y el otro por encararse con el entrenador en el descanso el día del alcorconazo versión 1.0. En el Villarreal, que por cierto, llegó a hacer un buen fútbol, se cargó a Riquelme, la estrella, y el grupo siguió funcionando. Pero si quiere ganarse el respeto del vestuario cepillándose al segundo capitán y a uno de los que más fútbol tiene en sus botas, mal va.
Pellegrini desprecia las bandas y se empeña en jugar por el centro. Correcto. Allá cada uno con su ideal del juego. Pero la cuestión es que su plan no cuaja y que el Madrid es más una agrupación de buenos futbolistas que un equipo. Se nota a la hora de defender a balón parado. No dominan un concepto que sólo se consigue a base de repeticiones. Con el balón en los pies y sin las galopadas de Ronaldo, el Madrid es previsible, circula el balón con una lentitud desesperante y los movimientos de sus hombres de ataque son más fruto de la improvisación que de una máquina engrasada con mimo. Por no hablar de la inexistente estrategia en un grupo que a veces duda hasta para quién es el encargado de sacar los córners.
Pero no sólo la figura del técnico es decorativa. Habría que saber qué pinta Miguel Pardeza en todo el entramado, en el supuesto papel de director deportivo, y también desenmascarar a Jorge Valdano, un director general que no hace más que ejecutar los mandados del presidente, quien, por cierto, no quiere ponerse el chándal ni a sol ni a sombra. Y que falla en el más importante: elegir el entrenador correcto para que el Real Madrid gane partidos y no tenga que castigar a sus seguidores de todo el mundo con humillaciones como la eliminación de la Copa por el Alcorcón.
Y como guinda del descontrol, nadie sabe o se preocupa de cuál es la situación de Sergio Ramos tras su expulsión en la Liga. Pellegrini dice que nadie le comunicó que podía jugar. Valdano asegura habérselo transmitido al técnico y el futbolista, que simplemente no se vio en la lista y se fue para su casa. Ayer el Comité de Competición le colocó el consiguiente partido de sanción y tampoco estará contra el Racing de Santander. Ver para creer.