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LUIS M. ALONSO
En el rincón judío del cementerio central de Viena, no muy alejado de las tumbas de Beethoven y de Schubert, se encuentra enterrado Matthias Sindelar (1903-1939), el mejor futbolista austriaco de todos los tiempos y también el hombre que desafió a Hitler en el Prater ante miles de espectadores. En los años treinta fue el capitán del Wunderteam de Hugo Meisl, el equipo maravilla, como se conocía a la potente selección de Austria antes de convertirse en una de las primeras víctimas del nazismo. Sindelar, extremadamente delgado y virtuoso, pasó a la historia como El hombre de papel y El Mozart del fútbol.
Entre 1931 y 1934, Austria disputó una treintena de partidos y sólo cosechó dos derrotas, la última de ellas en la semifinal del Mundial de Italia contra la selección azurra que dirigía Vittorio Pozzo, el estratega inventor del catenaccio. El campeonato estaba hecho a la medida del propagandismo de Mussolini y los italianos tenían que ganarlo sí o sí, de manera que lo hicieron a su estilo por uno a cero, después de marcar en fuera de juego, de que el árbitro les anulase injustamente el gol del empate a los austriacos y de que Sindelar acabase lesionado.
La otra derrota se había producido en diciembre de 1932, también de modo injusto, frente a Inglaterra en Wembley, por 4-3. Sindelar y el Wunderteam, perjudicados una vez más por las decisiones arbitrales, habían conseguido contrarrestar el bombardeo aéreo inglés, jugando corto y raso, disfrutando de las paredes, los pases al hueco y los regates. En la memoria londinense quedó grabado un gol de antología del hábil delantero centro de Austria, que dejó sentados a un par de defensas y al portero antes de ver cómo el balón se alojaba en la red.
Pero, al contrario de lo que suele suceder, no fueron las derrotas las que llevaron a aquel maravilloso equipo de mentalidad atacante al ocaso, sino sus más hermosas victorias. Una de ellas, la última y que de acuerdo con no pocas conjeturas pudo costarle la vida a Sindelar, se produjo el 3 de abril de 1938, en un "partido amistoso" celebrado antes del Mundial de Francia. Aún estaban presentes en el recuerdo de todos el 0-6 infligido por los austriacos a sus vecinos germanos y aquel otro 5 a 0 del Prater, cuando llegó el Asnchluss y con él el final del Wunderteam. Los nazis, con el argumento de que la patria era ya sólo una, "convencieron" a muchos de los jugadores de aquel equipo de integrarse en su selección. Otros huyeron. Sindelar, sencillamente, se negó a vestir otra camiseta que no fuese la de Austria, que se había clasificado junto a Alemania para la fase final de París, que luego no pudo disputar.
Antes, sin embargo, Goebbels, que todavía no había dicho aquello de que ganar un partido era más importante que tomar una ciudad del Este pero seguramente ya lo pensaba, decidió amañar un último partido de despedida de los austriacos, en el que los alemanes, reforzados, demostrarían su superioridad frente a una selección vecina desmantelada que los nazis rebautizaron como La marca oriental. Pero lo que no imaginaban es que allí estaba Sindelar dispuesto a partir una lanza por la dignidad y dejarse la piel en el campo. Los jugadores austriacos, pese a las bajas, se mostraron muy superiores a los alemanes, sin embargo la superioridad no se materializó en goles durante la primera parte. Cada vez que llegaban a la puerta contraria se acordaban de los "consejos" de la Gestapo y fallaban lo que parecía imposible fallar. Al igual que sus compañeros de equipo, aquel bailarín de papel parecía atenazado por la obligación de perder, el problema para Alemania es que eso sólo duró cuarenta y cinco minutos. Con la reanudación del partido, Sindelar, mucho menos cohibido, dio un recital de fútbol y marcó un precioso gol de vaselina. Después, cuando Austria anotó un segundo tanto, fue a celebrarlo junto al autor debajo del palco donde se encontraban los principales dirigentes del III Reich. El bailarín improvisó una danza ante la mirada enfurecida de los jerarcas nazis. Sindelar detestaba al nazismo por la persecución iniciada contra los judíos, entre ellos los directivos del Austria Viena, donde marcaría a lo largo de su carrera la friolera de 600 goles. Él mismo con 35 años, habiéndose ganado las iras de la Gestapo, pasó a ser un perseguido más entre los casi 150.000 exiliados internos de su mismo origen. No le perdonaron la ofensa y poco tiempo después, en enero de 1939, hallaron su cadáver y el de su amante, la cantante italiana Camilla Castagnola, tendidos sobre la cama de su casa en Viena. El informe del forense certificó que se habían suicidado inhalando gas de una estufa. Los bomberos sostuvieron que la estufa era nueva y que no notaron a su llegada al domicilio signos de que se hubiese producido una fuga. La Gestapo archivó el caso.
Al funeral de Sindelar y de su novia asistieron, entre fuertes medidas de seguridad, más de 40.000 personas y su club de toda la vida recibió cerca de 15.000 telegramas de condolencia. La calle Laerberg de Viena, donde vivió oculto con Castagnola los últimos ocho meses, la rebautizaron con el nombre de Sindelarstrasse. Han pasado setenta años de la muerte de Matthias Sindelar, los mismos que del inicio de aquella guerra instigada por los psicópatas asesinos a los que el futbolista austriaco, dando ejemplo de dignidad y coraje, puso en evidencia en el Prater.
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