E. COBAS | A CORUÑA
Juan Domínguez nunca olvidará el partido de anoche. Tampoco los aficionados que acudieron a Riazor. Todos tomaron nota de su desparpajo. No le quema el balón. Al contrario. Se ofrece siempre para dar salida a la pelota y sabe cuándo tiene que mover al equipo hacia adelante y cuándo tiene que dar el pase atrás. Rezuma pausa y equilibro. Era su primer encuentro oficial como titular en Riazor, pero no le pesó la responsabilidad. La aportación de Domínguez fue la mejor noticia de la noche y casi la única positiva. Por lo visto ayer, parece que hay futbolista para muchos años. Recién cumplidos los veinte, demuestra hechuras de gran jugador, en la conducción, en el golpeo y también cuando tiene que emplear recursos como el regate o la finta. Lo demostró sin arrugarse ante dos perros de presa como Duscher y Romaric. Hasta tuvo tiempo y valentía para sumarse al ataque y dejar solo a Bodipo ante Palop justo antes del 0-1. Esa jugada polémica, con un posible penalti no señalado, nació en las botas del fabrilista y bien pudo haber cambiado el desenlace del encuentro.
La cara fue Juan Domínguez. La cruz, el comportamiento del equipo con el sistema de cinco defensas, inédito hasta anoche esta temporada. El primer gol sevillista llegó por el centro, donde menos vulnerable debería de ser una zaga tan poblada, y ése fue el mejor ejemplo de que el experimento no funcionó. Además, la superpoblación defensiva restó presencia en ataque. Bodipo fue una isla rodeada de adversarios. En la primera mitad faltó conexión de tres cuarto de campo hacia adelante. Demasiados pelotazos y poco fútbol combinativo con el que sorprender a la línea de cobertura rival. Ni siquiera la entrada de Valerón inyectó mucha más lucidez. Adiós a la Copa. Y adiós a los experimentos.