ANTONIO RICO
En ningún otro torneo podemos ver camisetas tan ajustadas como las de la selección de Camerún, y en ningún otro torneo podemos ver fallos tan estrepitosos de los porteros como en los partidos Camerún-Zambia y Mali-Malawi. En pocos torneos el espectáculo en las gradas es muchas veces superior al que ofrecen los jugadores sobre el terreno de juego. Y sólo en la Copa de África es posible ver un partido en el que los equipos salen descaradamente a empatar a cero y nadie se come con patatas fritas a los entrenadores, jugadores, masajistas y utilleros. Ocurrió esto último en el Angola-Argelia, partido definitivo de la primera fase en el grupo A. Los dos equipos necesitaban un empate para seguir adelante en el torneo, así que empataron. En la primera parte parecía que, aunque sólo fuera por casualidad, Angola o Argelia podían marcar un golito. En la segunda parte, ni eso. Cero ocasiones. Ninguna intención de amagar un proyecto de intento de ataque. Nada de nada. Y, sin embargo, quiero pensar que esos cuarenta y cinco minutos finales (más el descuento) del partido entre angoleños y argelinos no fueron tiempo perdido. No es sólo que los espectadores tuviéramos tiempo para acordarnos de los Tangú de Nueva Guinea, que se negaron a jugar al fútbol hasta que cambiaron las reglas del juego: como a los Tangú no les gusta que haya ganadores y perdedores, juegan y juegan hasta que, finalmente, empatan. Es que, viendo el no-partido Angola-Argelia, era posible el ascenso espiritual hacia la verdad liberándose del yo, en plan derviche giróvago, pero sin danza y gorrito.
Puede que el Xerez-Osasuna de la próxima jornada de la Liga española (o el Madrid-Málaga, quién sabe) resulte ser tan aburrido como una conferencia de prensa en la que no participe Guti, pero nunca tendrá efectos místicos en los espectadores. Decía San Agustín que sin sucesos no hay tiempo, y en un partido de la Liga española siempre hay sucesos, así que siempre hay tiempo. Pero en el Angola-Argelia no hubo sucesos, ni tiempo, ni enfado del respetable, ni tensión, ni emoción. Sólo incredulidad por parte de los comentaristas de Eurosport y, sobre todo, ascenso espiritual y liberación del yo. Si no existe nada, no hay tiempo presente. Y, de verdad, en el partido Angola-Argelia no hubo nada, no existió nada, no pasó nada. Así que no hubo tiempo. A lo mejor la Liga española necesita menos partidos aburridos y más no-partidos. Más nada. Los partidos muertos son un aburrimiento, pero los no-partidos son, como los vampiros, atractivos porque son fascinantes.
Si quiere liberarse del yo y darse un capricho místico, no es necesario que gire sobre sí mismo con los brazos extendidos, como hacen los derviches giróvagos. Seguro que termina mareándose y vomitando el desayuno. Bastará con que vea en YouTube la segunda parte del partido Angola-Argelia. Y el fin de semana, ya liberado del yo y habiendo alcanzado la verdad, podrá animar a su equipo sabiendo que, por muy malo que sea el partido, podría ser peor. Mucho peor. Muchísimo peor. Podría parecerse al no-partido Angola-Argelia, joder. Qué puñetera pérdida de tiempo. Mierda. Maldita sea.