R. D. R. | A CORUÑA
El regreso del portugués Zé Castro a la titularidad en la Liga -no jugaba en el once desde el 19 de septiembre contra el Espanyol- lo trasladó de su demarcación natural, en el centro de la defensa, a una posición más adelantada, como mediocentro por delante de los dos centrales habituales del equipo, Lopo y Colotto, aunque algo alejado de los dos centrocampistas con los que, en principio, tendría que haberse juntado más. Así, con más proximidad entre jugadores en una línea táctica más compacta, el Deportivo había encontrado robustez en su mediocampo y soltura a la hora de impulsar el balón hacia los hombres más ofensivos la semana pasada ante el Sevilla. Pero ayer la parcela del centro del terreno quedó en no pocas ocasiones despoblada de jugadores blanquiazules, con el luso en desventaja para contener los contraataques del rival y Juan Rodríguez y Juan Domínguez a bastante distancia de él y despreocupados del trabajo defensivo.
Zé Castró se encargó de las funciones que desempeña Antonio Tomás, sancionado para el choque de ayer. Como el cántabro, el portugués reforzó el bloque defensivo cuando el contrario ganó metros y se movió en una parcela de espacio más bien pequeña. Al desplazar el balón, por el contrario, prefirió hacerlo con frecuencia en largo y no siempre con acierto. Coincidió la labor de cada jugador en su sobriedad, esa cualidad que convierte el trabajo eficiente también en oscuro.
En las pocas veces en que Zé se acercó al área contraria, lo hizo para sacar los corners, muy mal los tres primeros, sin que el balón cogiese altura, y mejor los dos siguientes, pero sin encontrar rematador. En el minuto 63 fue sustituido y el equipo recuperó el dibujo 1-4-2-3-1. Salió del campo sin saludar al compañero que lo relevó.