EUGENIO COBAS
Lo digo en serio. Quiero al Pucela en Segunda. Por el bien del fútbol y por el bien del Deportivo. Vale que es un equipo humilde, sufridor, pero qué le vamos a hacer. Lo siento por su afición, que me merece todo el respeto del mundo. Simplemente, no me cae simpático. Vamos, que no lo quiero ver ni en pintura. Llevaba siete meses sin ganar en Zorrilla cuando recibió al Dépor en la primera vuelta, y se dio un festín (4-0). Ayer llegaba moribundo a Riazor, con un solo triunfo en sus doce salidas anteriores -el 20 de septiembre en Zaragoza- y casi con pie y medio en Segunda. Pero ganó. Y además, ganó bien. Serio, efectivo y con oficio. Nada que objetar al resultado. Sí a la imagen del Dépor, plano y sin personalidad, una simple caricatura del equipo sólido y valiente que venía de arrinconar al Sevilla en el Pizjuán sólo ocho días antes del esperpento de ayer. Cierto es que faltaban Guardado y otros siete más, entre ellos Filipe, Sergio y Riki. Muchas bajas. Demasiadas. Tantas, que lo fácil sería llorar por los que no están y caer en el conformismo. No señor. Es hora de mirar hacia adelante y pensar en las once finales que quedan. Puede que el objetivo inicial fuese la salvación, pero eso ya no vale. El Dépor puede encaramarse de nuevo a esa zona europea de la que ayer se cayó tras veintidós jornadas consecutivas caminando de puntillas entre los seis primeros. No es humo, como la Champions. Es un objetivo real. Esté o no Guardado. Esté o no Filipe. Pelear por Europa hasta el final es una obligación, no una aspiración. ¿Acaso es más equipo el Athletic? Es hora de "ir en serio", como dice Lotina, y ayer nadie fue en serio. Sólo el Valladolid.