El gol del periodista

El Rangers consiguió el único título europeo de su historia en 1972, temporada en la que superó al Sporting en una eliminatoria resuelta en los vestuarios

28.09.2015 | 01:09
Jugadores y técnicos del Rangers celebran la conquista de la Recopa.

Han pasado más de tres años desde la liquidación del Glasgow Rangers, el equipo que aún tiene el récord de títulos conseguidos por un club en todo el mundo. Desde entonces ha vagado por las diferentes categorías del fútbol escocés refundado como el Rangers y agarrado a un pasado donde uno de sus episodios principales sucedió en la temporada 1971-72, la que les dio el único título europeo de su historia tras superar, entre otras, una eliminatoria surrealista contra el Sporting de Lisboa.

John Fairgrieve es el héroe de esta rocambolesca historia que tuvo lugar hace más de cuarenta años en el José Alvalade de Lisboa. El episodio se enclava en una de las temporadas más accidentadas y gloriosas del viejo Glasgow Rangers que en 1972, en el Camp Nou de Barcelona y en medio de una descomunal batalla campal protagonizada por sus hinchas, levantaría la Recopa de Europa, el único título continental que conquistaría en su prolífica historia.

Era aquel un buen equipo. William Waddell, un exjugador, acababa de hacerse cargo de un club que vivía en aquel tiempo bajo la dictadura del mejor Celtic de la historia, el que ya había ganado una Copa de Europa al Inter de Milán y perdido una final contra el Feyenoord. Casi diez años sin ganar una Liga eran una eternidad para un club acostumbrado por sistema a buscar en su museo espacio para sus trofeos. Sus hinchas estaban desesperados y en la dirección la impaciencia podía con todo. Por si fuera poco, a comienzos de 1971 su estadio había sido escenario de una terrible tragedia, el conocido como Ibrox Disaster, en el que perdieron la vida 66 personas aplastadas durante los últimos instantes de un partido contra el Celtic. Todo ello había llenado de sombras la vida del club de Glasgow.

La Recopa de la temporada 1971-72 parecía un buen salvavidas para una campaña que en Escocia no ofrecía más alicientes que perseguir en la Liga, y a duras penas, a su histórico rival católico y esperar un golpe de fortuna en la Copa o Copa de la Liga. El problema es que la segunda competición europea estaba repleta de grandes equipos como el Chelsea, Barcelona, Liverpool, Bayern de Múnich, Torino y la legión de representantes del Este que, a doble partido y fortalecidos durante el invierno por las condiciones en la que afrontaban aquellas eliminatorias sus rivales, eran temibles.

Tras superar con enormes apuros al Stade Rennais en la primera ronda -en una eliminatoria en el que los franceses les acusaron de practicar el antifútbol-, al Rangers le correspondió medirse al Sporting Club de Portugal con el agravante de jugar el partido de vuelta en el José Alvalade, un recinto cuyo ambiente no desmerecía para nada el que ofrecían los estadios británicos. En el partido de ida el cuadro escocés cobró gracias a la victoria por 3-2 una ventaja que no parecía gran cosa, sobre todo para un equipo al que le costaba demasiado defender y manejar la ventaja en el marcador. Con limitadas esperanzas y el apoyo de unos cuentos miles de seguidores el conjunto que representaba a los protestantes de Glasgow se presentó a jugar un partido en Lisboa que quedaría para el recuerdo tanto por su desarrollo como por lo que ocurrió una vez finalizado.

El 3 de noviembre de 1971 los 56.000 asientos del estadio lisboeta se quedaron cortas para dar cabida a la demanda existente para un partido que resultó electrizante en el que portugueses y escoceses intercambiaron golpes desde el primer al último minuto de juego. Yazalde adelantó al Sporting; empató poco después Colin Stein -principal goleador del equipo junto a Willie Johnston-, y Joao Laranjeira puso por delante de nuevo a los portugueses antes del descanso. La intensidad se redobló en el segundo tiempo en el que el Rangers perdió por lesión a Ronnie McKinnon, objeto de una brutal entrada que le produjo la rotura de la tibia y el peroné y despedirse de la temporada. Aún así Stein volvió a marcar para empatar a dos goles y conducir al partido a un final apasionante protagonizado por la carga desesperada del Sporting y la resistencia del equipo dirigido por Waddell. Fue entonces cuando llegó el gol de Gomes que conducía el partido a la prórroga con los dos equipos reventados por el esfuerzo que acababan de realizar. En el tiempo extra acabaron por entregar lo poco que tenían dentro. Henderson adelantó al Rangers con un gol que parecía liquidar la contienda, pero no tardó en llegar la respuesta de Fernando Peres para poner a los portugueses por delante 4-3 (6-6 en el agregado). Enloquecía la grada del José Alvalade cuando se llegó al final del partido. El árbitro decretó entonces que la eliminatoria se resolvería con los lanzamientos desde el punto de penalti. Nadie observó nada raro en la decisión del holandés Van Raavens en aquel momento. La ronda de tiros fue un desastre para el Rangers que falló tres de sus primeros cuatro lanzamientos (Davie Smith erró dos veces porque el árbitro ordenó repetir su penalti) y los aficionados portugueses invadieron el campo para festejar la clasificación para los cuartos de final.

El vestuario escocés era una funeral. Cansados por el esfuerzo, hundidos por la derrota. Un silencio solo roto por los golpes en la puerta de un periodista del Sunday Mail llamado John Fairgrieve. Quería hablar como fuese con Waddell. El reportero le explicó al técnico que el árbitro se había equivocado al entender que en la prórroga desaparecía el valor doble de los goles y que el Rangers tendría que haber superado la eliminatoria al marcar un gol más que su rival fuera de casa. El técnico pidió ser recibido por el árbitro de inmediato y en el vestuario del colegiado se organizó un largo debate en el que intervinieron miembros de los dos equipos. Van Raavens pidió un teléfono para consultar directamente con los responsables de la Uefa. El holandés admitía que desde su punto de vista la prórroga era un "partido nuevo" después de que ambos equipos hubiese igualado en el tiempo reglamentario. No había muchos precedentes en la historia de las competiciones europeas hasta ese momento y eso hacía crecer el desconcierto en las entrañas del José Alvalade. Finalmente Van Raavens confirmó que estaba equivocado y que los penaltis no se deberían haber lanzado. Allí mismo confirmó la clasificación del Rangers para los cuartos de final. El funeral cambió de caseta y los gritos de alegría llegaron en un idioma diferente. Los aficionados del Sporting llegaron a sus casas convencidos de que su equipo se había clasificado y se despertaron eliminados; los del Rangers justo al contrario. Es evidente que el error del árbitro hubiese sido subsanado por la UEFA en los días posteriores, pero para la historia queda el nombre de John Fairgrieve, el periodista que bajó a los vestuarios para salvar aquella eliminatoria en una temporada en la que el Rangers, meses después, ganaría el único título de europeo de su historia tras ganar la final al Dinamo de Moscú en el Camp Nou por 3-2.

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