La semana en televisión

Kuts, el cuerpo llevado al límite

El primer atleta que ganó un oro para la URSS pagó durante su corta vida el infernal ritmo de entrenamientos al que fue sometido

16.11.2015 | 00:51
Kuts logra la victoria en la prueba de los 5.000 metros en Melbourne.

En uno de los momentos más delicados del atletismo ruso, que acaba de ser sancionado con no poder participar en competiciones internacionales, conviene recuperar la historia de Vladimir Kuts, posiblemente la primera gran estrella de ese deporte que hubo en la antigua URSS. La de este ucraniano fue una vida marcada por la guerra, el éxito internacional y una delicada salud que fue llevada al límite por el exigente entrenamiento al que fue sometido por Gregory Nikiforov, un entrenador de la vieja escuela soviética.

Durante los últimos meses de 1956 Vladimir Kuts no tenía tiempo para tantos homenajes y reconocimientos. Era el precio que debía pagar por haber ascendido a la categoría de héroe. Incluso Nikita Jruchov le llamó para posar orgulloso junto a él durante la Navidad. La culpa de todo aquel reconocimiento la tenía su doble victoria en los Juegos Olímpicos de Melbourne celebrados ese año donde se había convertido en el primer atleta masculino de la URSS en lograr una medalla de oro.

Pero la vida de Kuts va más allá de ese logro. Siendo adolescente el único objetivo que tenía era el de sobrevivir. Se crió en un koljós, una granja comunista, en Ucrania. Solo tenía dieciséis años cuando durante la Segunda Guerra Mundial el ejército alemán llegó a Aleksino, su ciudad natal, y se alistó para defenderla. Sobrevivió de milagro porque el tren que le llevaba a la escuela de artillería fue atacado por los cazas nazis. Murieron muchos jóvenes como él, pero Vladimir saldó el incidente con heridas sin mucha importancia. Tras la guerra ingresó en 1945 (con dieciocho años) en la Marina y se puso a correr. Era un apasionado del deporte que probaba cualquier modalidad que se le presentaba. Hizo remo, esquí, halterofilia, natación y cantidad de boxeo. Pero cuando se colocó unas zapatillas con tacos ya no hubo manera de que se las quitase. De su coqueteo con el boxeo quedó una pequeña herencia, su forma de colocar los brazos, mucho más pegados al cuerpo de lo que dicta la ortodoxia y que le daban un estilo algo rígido a la hora de trotar. Pero sus piernas compensaban cualquier deficiencia técnica. No tardó en brillar en los campeonatos nacionales por su facilidad para moverse en ritmos altos y reventar a sus rivales con sus demoledores cambios de ritmo.

En 1954, en el Europeo de Berna, saltó definitivamente a la fama. Por entonces su salud algo quebradiza había comenzado a enviarle señales que se agravarían los años posteriores cuando comenzó a trabajar bajo la supervisión de Gregory Nikiforov, un entrenador de la vieja escuela que no entendía otro método que el de exprimir al límite a sus deportistas. Pero antes de eso, en Berna, Kuts fue uno de los protagonistas del cambió dinástico en el fondo mundial. Allí comenzaron a enterrar a Zatopek, a la legendaria locomotora humana. El checo, que dos años antes había firmado el doblete en los Juegos Olímpicos de Helsinki, ganó el oro en los 10.000 metros pero tuvo que resignarse en los 5.000 ante Kuts -que logró además el primer récord del mundo de su vida- y el inglés Chataway.

Los años siguientes el fondo mundial viviría un tiempo esplendoroso con el duelo entre Kuts, los ingleses Chataway y Pirie y el húngaro Iharos. Se peleaban como gatos por arrebatarse los récords del mundo de las dos distancias que saltaban de unas piernas a otras. Por entonces Kuts ya estaba sometido al régimen de trabajo algo despiadado de Nikiforov. Las cargas de los entrenamientos se dispararon y el cuerpo del atleta no siempre digirió con facilidad aquella tortura. Antes de los Juegos de Melbourne en 1956, donde aquella generación de brillantes fondistas buscaba su consagración, a Kuts se le acumularon los problemas. Primero tuvo un accidente de coche del que milagrosamente salió ileso y luego se le detectaron diferentes problemas de tipo cardiaco. Su pulso comenzó a dispararse (por encima de cien en reposo), le diagnosticaron soplos en el corazón y su presión arterial estaba por las nubes. Le enviaron de crucero durante dos semanas con la intención de que su cuerpo recuperase los niveles habituales y poco antes del viaje a Australia las autoridades médicas soviéticas le declararon apto para participar.

En los 10.000 metros, la primera carrera de su calendario, ofreció un recital para ganar el oro. Dominó la prueba desde el pistoletazo de salida. Tomó la cuerda tras un acelerón y a los cuatrocientos metros ya llevaba a todos sus rivales en fila india, aumentando poco a poco la cadencia hasta que se quedó solo. Se había convertido en el primer atleta masculino en lograr una medalla de oro para la URSS en los Juegos. Ya nadie le podría robar la celebridad.

No obstante, los problemas físicos continuaron. Después de aquella victoria se le encontró sangre en la orina y se planteó seriamente renunciar a los 5.000 metros. Lo arregló un general del ejército que le prometió una pensión vitalicia si era capaz de conquistar el doblete. Tal y como estaban las cosas no era mal negocio. Por eso se colocó las zapatillas de nuevo y tomó parte en una carrera con más alternativas, pero siempre bajo su control. Pirie y Chataway trataron en un par de ocasiones de sacarle de su plan y arrebatarle la cabeza. El ucraniano se dejaba unos segundos y luego les sorprendía con un nuevo cambio de ritmo. Así les llevó sobre la arcilla del estadio de Melbourne hasta que los ingleses acabaron por ceder. Kuts igualaba a Zatopek y Kolehmainen, los únicos que habían logrado antes el oro olímpico en los cinco y diez kilómetros. Fue recibido como un héroe en su país, pero sus problemas físicos aumentaron. Alternaba periodos en el hospital, donde no paraban de darle malas noticias, con periodos de descanso por prescripción médica de los que siempre salía con un nuevo éxito deportivo.

Así sucedió en 1957 cuando tras un par de meses sin correr recuperó en Roma el récord del mundo de 5.000 que había perdido poco antes. Aquel fue su último gran momento. Le diagnosticaron un aumento de la permeabilidad de los capitales venosos y linfáticos y estaba claro que ya no podría volver a correr al mismo nivel. No había duda de que Nikiforov le había empujado a ir mucho más allá del límite que permitía su cuerpo. En1959 anunció su adiós convencido de que ya no podría llegar a los Juegos de Roma.

Aquello le sumió en una profunda depresión y como tantos rusos en las mismas circunstancias se entregó de forma apasionada al vodka que bebía como si fuese agua. Pasó momentos muy delicados pero sacó la cabeza a tiempo para convertirse en un entrenador relevante. En 1975, con 48 años, su corazón se detuvo mientras dormía. Solo se sabe que antes de acostarse se había tomado unas pastillas. Nadie aclara si aquello formaba parte de su medicación o si él buscó ese final. El régimen echó una manta por encima del cuerpo y dejó que la imginación popular hiciese el resto.

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