El sordo que quiso un bate a medida

Pete Browning fue uno de los primeros malditos que conoció el deporte mundial - Una mastoiditis le hizo perder el sentido del oído y le provocó terribles dolores

30.11.2015 | 02:08
Peter Browning.

Pete Browning fue una de las primeras estrellas que tuvo el béisbol, pero también uno de los personajes más atormentados y excéntricos que conoció el deporte en sus primeros años. Sus problemas físicos y sus inclinación por determinados vicios no le impidieron convertirse en uno de los mejores jugadores de su época, aunque sí le cerraron las puertas del Salón de la Fama donde muchos analistas aseguran que su ausencia está completamente injustificada. Fue uno de los primeros malditos del deporte americano.

Resulta casi milagroso que Pete Browning llegase a vivir del deporte durante buena parte de su vida. Lo tenía casi todo en contra, pero su talento natural le permitió convertirse en una de las primeras estrellas que hubo a finales del siglo XIX y ser el protagonista de uno de los cambios más revolucionarios del béisbol. Todo fue producto más bien de la casualidad y del buen ojo de un muchacho de dieciséis años. En 1884, cuando tenía veintitrés años y llevaba un par de temporadas jugando con los Lousville Eclipse -equipo de la ciudad en la que había nacido- se le rompió un bate. Bud Hillerich, el hijo de un carpintero de la ciudad, le sugirió la posibilidad de hacerse uno a medida en el taller de su padre, algo que a Browning le pareció una buena idea. Era la primera vez que un jugador encargaba su herramienta de trabajo en función de sus gustos personales. Bowning se había inclinado por medidas que estaban algo por encima de los estándares de la época, pero así se sentía más cómodo. Hillerich padre se esmeró en la tarea, en gran medida para satisfacer a su hijo que era un gran aficionado al béisbol y un admirador de Browning. El día que estrenó el bate el jugador de Lousville conectó tres hits y disparó entre el resto de los jugadores el interés por tener su propio bate. El pequeño de los Hillerich insistió a su padre que había un enorme futuro en ese mundo y que el negocio no estaba en seguir construyendo mesas y sillas para el vecindario. Tenía toda la razón. El Lousville Slugger, cuyo primer usuario fue Browning, se convirtió con el paso del tiempo en el bate más utilizado en Estados Unidos y aún ahora la Hillerich & Bradsby Company es una de las grandes proveedoras a jugadores de todo el mundo. La vieja carpintería dejó de hacer mesas y sillas y se dedicó casi en exclusiva al béisbol. Todo gracias a la vista que tuvo un chico de dieciséis años y también a aquellos tres hits anotados el día del estreno.

Browning era una persona realmente atormentada para quien el béisbol era una válvula de escape. Sufría desde pequeño una mastoiditis -enfermedad que a finales del siglo XIX antes de la llegada de los antibióticos era una de las principales causas de muerte infantil- que le dejó sordo y le provocaba unos insufribles dolores de cabeza. Su sordera le llevó a abandonar la escuela desde muy joven y condenarlo casi al analfabetismo. Al mismo tiempo, los dolores le empujaron al alcoholismo. Empezó a beber desde muy joven porque era la única manera que conocía de combatir aquel tormento. Pese a todo su carrera en el béisbol avanzaba con paso firme porque en el campo de juego su velocidad de manos y su instinto compensaban el resto de sus problemas. En el resto del terreno era un problema para sus compañeros por la incapacidad para escuchar sus órdenes y en las bases era un absoluto desastre por su incapacidad para entender el juego, pero con el bate en sus manos era una mina. No tardó en convertirse en uno de los mejores bateadores del país, a liderar estadísticas y a convertir a su equipo en uno de los mejores del campeonato.

Con el tiempo desarrolló una fama gigantesca por sus excentricidades. Le ponía nombre a sus bates y desarrolló la teoría de que tenían un número limitado de hits que solo él conocía. No había dos que coincidiesen. Cuando alcanzaba esa cifra lo jubilaba y colgaba en la casa que compartió hasta su muerte con su madre (su padre falleció cuando tenía trece años a causa de las heridas que se produjo durante un ciclón). Browning también era famoso porque se pasaba tiempo mirando al sol fijamente o sacaba la cabeza por la ventana en los trenes con la intención de que la ceniza que dejaban las locomotoras le entrara en los ojos. Consideraba que estas prácticas le reforzaban la vista y le ayudaban a la hora de batear. Pero al margen de estas teorías delirantes su principal problema seguía siendo el alcohol. Bebía a todas horas, de un modo descontrolado en ocasiones hasta el punto de presentarse a jugar en ocasiones borracho. En 1889 fue sancionado dos meses por ese motivo. Esa fue con diferencia su peor temporada. Lousville perdió 26 partidos de forma consecutiva y los problemas estaban al orden del día. Browning fue uno de los jugadores que se negó a saltar al campo como protesta por las fuertes multas que les había puesto el propietario del club, cansado de los malos resultados del equipo. Era la primera vez que en la historia del deporte un grupo de jugadores se rebelaba ante las decisiones de los gestores, otro pequeño hito en la historia del béisbol y ahí estaba al frente del operativo Browning. En lo que se refiere a cuestiones deportivas por primera vez cerró la campaña sin ser uno de los tres mejores bateadores de la Liga y decidió que había llegado el momento de salir de su ciudad natal y buscar refugio en otra plaza.

En Cleveland, donde su fama de borracho y putero se disparó, vivió su última gran campaña con el récord de bateo de la Liga Nacional, pero la competición se disolvió y pasó los últimos cuatro años de su carrera dando saltos en lugares donde no se sentía cómodo y arrastrando sus dolores cada vez más insoportables y que ya limitaban su vida de forma evidente. Una vez retirado abrió una tienda de tabaco y un bar, pero el deterioro físico que sufría le hacía imposible mantener cualquier actividad. Su caída era cada vez más evidente. Tenía poco más de cuarenta años y estaba completamente consumido. La mastoiditis le había provocado daño cerebral, tenía cirrosis por culpa del alcohol, un cáncer y principio de demencia. Estuvo internado en diversos centros donde no podían hacer nada por él y creció la leyenda de que pasó sus últimos días en un manicomio. La verdad es diferente. Murió en 1905, con cuarenta y cuatro años, en la cama de un hospital y acompañado por su madre y hermanos, drogado para evitar el sufrimiento. Para la historia quedó como el jugador que enseñó al resto la importancia de tener un bate a medida y un espíritu rebelde que le llevó a ponerse delante de quienes querían controlar el deporte. Muchas veces su nombre ha estado nominado para entrar en el Salón de la Fama, pero a la hora de la votación siempre han pesado en exceso sus vicios. Uno de los primeros malditos del deporte.

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