Fútbol es fútbol

Fútbol en el templo de Basas

15.04.2016 | 01:04

Tras la muerte de Johan Cruyff, los futboleros hemos podido disfrutar con las imágenes de viejos partidos de fútbol que habitan en la memoria como si fueran esos días de sol, mar, playa, cubo, paleta y tortilla de patata de la infancia que iluminan el presente. En Fiebre Maldini (Movistar +), Maldini y su equipo de comentaristas tienen la buena costumbre de aliñar el análisis de la jornada futbolística con la revisión de clásicos, y no tan clásicos, del fútbol que permiten a los espectadores volver a jugar con la arena y saborear la tortilla de patata como sólo un niño hambriento, con el pelo mojado después del baño y todavía con rastro de sal en el cuerpo puede disfrutar de la tortilla de patata. Viendo esas imágenes, muchas veces en blanco y negro, de viejos partidos en los que futbolistas de ayer y de antes de ayer se mueven por el campo con la aparente lentitud de una película de cine negro, pensé que los partidos de la Liga BBVA o de la Liga de Campeones son piezas expuestas en un museo, mientras que los partidos de Johan Cruyff en el Ajax o de Cesare Maldini en el Milan son templos griegos antes de que la destrucción y el olvido los convirtieran en cantera.

Lo explican maravillosamente bien Mary Beard y John Anderson en su ensayo El mundo clásico. Una introducción a propósito del templo de Basas, en la Arcadia, en el extremo suroccidental de Grecia. ¿Qué aspecto presentaba originalmente ese templo, se preguntan Beard y Anderson? Los relieves que lo adornaban no tenían carteles explicativos, y además estaban situados a siete metros del suelo, con pobre iluminación y probablemente con bastante polvo y arañas, así que no eran fáciles de ver porque no estaban colocados a la altura de los ojos ni el templo disponía de puntos de luz que los iluminaran. Los viejos partidos de fútbol, como los relieves del templo de Basas, estaban situados a siete metros del suelo y no estaban bien iluminados, de forma que la retransmisión televisiva no informaba, como ocurre ahora, de todo lo que sucedía en el campo, desde la charla entre un defensa enfadado y un delantero provocador al escupitajo del lateral izquierdo, desde ese detalle del nuevo peinado del futbolista de moda a la marca de las botas, desde el despiece científico de la jugada en la que se señaló fuera de juego al ambiente del banquillo. Además, así como los antiguos griegos no necesitaban carteles explicativos en los templos que les informaran de por qué Heracles luchó contra las amazonas y por qué algunos griegos lucharon contra los centauros, porque habían mamado desde niños esas historias, a los viejos futboleros no les hacía falta tanto comentarista ni tanto análisis porque conocían de primera mano los mitos, trucos y secretos del fútbol. El fútbol de hoy, sin embargo, está hecho para el visitante y siempre se expone ante el espectador en el interior de una elegante vitrina.

La retransmisión de un partido de la Liga de Campeones, por ejemplo, es limpia, con todos los elementos bien dispuestos y todo lo que ocurre en el terreno de juego bien explicado. Un partido de fútbol existe para ser contemplado cómodamente en un museo, de modo que un partido se convierte en un templo con el friso a la altura de los ojos, limpio de polvo y arañas y con puntos de luz que nos aclaran enseguida si fue o no fuera de juego y que iluminan de forma inmediata cada detalle, tenga que ver con el fútbol o no. En el viejo fútbol ningún futbolero esperaba encontrar carteles explicativos en los que informarse de qué estaba viendo, sino que los futboleros veían el partido como un griego veía los relieves de la lucha de Heracles contra las amazonas en el templo de Basas. Me da la impresión de que los futboleros de hoy vivimos el fútbol como los turistas que visitan un museo viven los restos del friso del templo de Basas, mientras que los viejos futboleros eran peregrinos que viajaban a Basas para encontrarse con unos frisos mal iluminados que, sin embargo, sabían interpretar perfectamente. No sé, puede que todo esto sea sólo el resultado de un ataque de nostalgia postCruyff y esté equivocado. No pasa nada. Todos nos equivocamos y, como decía Humphrey Bogart, por eso se inventaron las gomas de borrar.

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