Es una medalla olímpica en toda regla. Además de oro. Un premio que nutre como cualquier otro la historia del tenis español a lo largo de los Juegos. Un sueño más que alimenta la ristra de deseos, aparentemente inalcanzables, que contemplaba el tenista barcelonés.

Marc López, 31 años, y Rafa Nadal, 30, han sabido trasladar a la pista el afecto que ha crecido entre ellos desde la juventud. Una relación estrecha a base de raquetazos que distanció el ranking. Que el deporte reubicó.

El tiempo terminó por enviar a Rafa Nadal al Olimpo del tenis. A situarlo entre los mejores de la historia. Marc terminó por encontrar su hábitat en la modalidad de parejas, donde ha llegado a ser reconocido por sus adversarios y por la clasificación entre los mejores.

Mientras los ecos del balear se disparaban, el barcelonés buscaba su espacio. Ansiaba hacerse un hueco y convertir este deporte que ama en su profesión. No fueron las cosas como pensó en un principio para este jugador que se aferró a una raqueta porque su hermano, ocho años mayor, era hábil en la materia. El crecimiento que poco a poco ejecutó en sus inicios, con unas semifinales en Stuttgart, se estancó.

Marc recuerda con especial predilección una victoria sobre su entonces ídolo, Sergi Bruguera. Pero de pronto se vio en medio de torneos challenger y futures. No llegó a consolidarse nunca entre los cien primeros del mundo. Su sitio estaba en otro lugar. En los dobles. Llevaba ya tiempo de andadura cuando la compañía de Nadal, especialmente en 2009, llamó la atención. No era habitual ver al número uno del mundo prodigarse en las competiciones de parejas. Pero encontró en Marc una forma de disfrutar de la especialidad y de aprovechar el dobles para mejorar algunos aspectos del tenis individual.

Cuajó por un tiempo el dueto, con rendimiento favorable desde 2009, cuando ganaron juntos en Doha. Un éxito que repetirían dos años después, cuando ya habían logrado el título también en el Masters 1000 de Indian Wells, que tendría otro premio en el 2012. Para entonces ya llevaba tiempo asumiendo su condición de doblista, en el que se especializó y en el que creció. Jugaba Marc con Rafa, pero también con Marrero o el argentino Schwank.

Pero fue con Marcel Granollers y después con Feliciano López con los que llegó su ascenso al estrellato. Se convirtió en el tercer jugador del mundo de la modalidad y sus éxitos crecieron. En cantidad y en calidad. No hace mucho logró uno de sus sueño, un Grand Slam. Fue en mayo pasado, en Roland Garros, con Feliciano, donde el barcelonés cosechó el mejor registro de su carrera. Se había quedado en puertas muchas veces, lo que palió con la victoria en el Torneo de Maestros. Todo con Marcel.

Asentado en el equipo de Copa Davis, con doce títulos y quince finales a sus espaldas, frecuentaba menos sus apariciones con Nadal, centrado en su carrera como individual y en encontrar la estabilidad física en los tiempos recientes de su carrera. Río 2016 abrió un nuevo panorama para Marc. También para Rafa, que alcanzó los Juegos con el tiempo justo, varias dudas y a última hora por culpa de la lesión de muñeca. No quería Nadal, bajo ningún concepto, volver a perder la ocasión de ser olímpico. Tuvo que dimitir, por lesión, de Londres 2012. Se presentó al mundo con la bandera de España en la mano y esta a medio curar.

Río 2016 proporcionó el reencuentro con el tenis de Nadal. Marc López llegó a última hora. Durante algún tiempo, los Juegos, por clasificación, no estaban entre sus planes. Pero el tren llegó a tiempo. La magia olímpica iluminó el retorno del dueto. Un par de amigos unidos en Brasil; un zurdo y un diestro en pista que abandonaron los Juegos con una medalla de oro histórica colgada al cuello.