El entrenador del oxígeno

El argentino Scopelli estuvo cerca de protagonizar una hazaña en 1952 con el Espanyol, a cuyos futbolistas enchufaba en el descanso a unas bombonas para recuperarse

17.10.2016 | 00:40
Alejandro Scopelli, durante una sesión de entrenamiento.

Alejandro Scopelli pasó cuarenta años de su vida sentado en un banquillo de fútbol. Comenzó a dirigir en 1939 y estuvo cerca de hacerlo en seis décadas diferentes si los achaques no le hubieran obligado a retirarse en 1979 ya con más de setenta años a cuestas. Scopelli ha dejado multitud de recuerdos, de anécdotas y de ideas que plasmó en un libro. De todos aquellos episodios ninguno mejora lo sucedido en 1952 cuando hizo soñar a los aficionados del Espanyol con ganar la primera Liga de su historia.

Scopelli nunca tuvo miedo a hacer la maleta. Iba y venía por el mundo dejando una reconocible huella en casi todos los lugares que pisaba. Como jugador y como entrenador. Este argentino, un hijo de la emigración italiana, fue miembro de la célebre delantera de Estudiantes de la Plata de los años treinta a la que apodaban los profesores por las lecciones que regalaban cada fin de semana. Estaba formada por Miguel Ángel Lauri (Flecha de Oro), Alejandro Scopelli (el Conejo), Alberto Zozaya (Don Padilla), Manuel Nolo Ferreira (el Piloto Olímpico) y Enrique Guaita (el Indio). Llegaron a decir de ellos que eran "la mayor expresión de arte colectivo sobre una cancha", pero la cuestión es que no fueron capaces de ganar ningún título. Quedan grandes recuerdos, victorias célebres, pero les faltó la regularidad que les hubiese hecho inmortales. Después de sus cinco años en el club platense, Scopelli comenzó a ver mundo. Jugó en Italia, en Francia -donde le pilló el comienzo de la Segunda Guerra Mundial-, en Portugal, Chile? antes de sentarse en los banquillos en el año 1939.

Cuarenta años dirigiendo equipos dan para mucho. Chile, Portugal y España fueron sus principales destinos y hay diez equipos en los que el trabajo del preparador argentino es fácilmente reconocible. Entre ellos están el Celta y el Deportivo. Pero posiblemente su momento más extraordinario coincide con su llegada a Barcelona para dirigir al Espanyol en 1952. De la mano de Scopelli el cuadro perico protagonizó el mejor arranque de su historia. Siete victorias en las siete primeras jornadas de Liga que disparan el entusiasmo de los aficionados y que despiertan de inmediato la curiosidad del mundo del fútbol. Vida deportiva, una revista de la época, se decide a buscar la causas de ese éxito y cree dar con él. Resulta que Scopelli les da oxígeno a los jugadores en el descanso para recuperarse del esfuerzo y rendir mejor en el segundo tiempo ante un rival, previsiblemente, más cansado. La noticia genera una evidente controversia y las imágenes de los jugadores del Espanyol con las mascarillas puestas en la caseta durante un partido tiene un enorme impacto.

Scopelli, preguntado por la cuestión, explica que en Argentina ya había diversos equipos que utilizaban ese sistema y que él simplemente lo estaba trasladando a España. Cada partido se repetía el ritual. Los jugadores llegaban al descanso y en el vestuario se encontraban con tres o cuatro bombonas y sus mascarillas. Se las iban pasando durante el cuarto de hora preceptivo y regresaban al campo. Solo dos futbolistas (Egea y Domingo), desconfiados, renunciaron a los efectos del oxígeno. Entonces se debatió mucho sobre su uso, pero lo cierto es que suponía un pequeño avance en un deporte agarrado a las costumbres de una manera feroz y que desconfiaba de cualquier cosa.

Así estaban las cosas cuando al Espanyol le tocó afrontar el derbi de la jornada doce ante el Barcelona en el campo de Les Corts. Era la gran prueba de fuego. Si salían enteros del campo de su vecino y gran rival el sueño de ganar la Liga podía empezar a tomar forma. Sus nueve victorias y dos empates le tenían con seis puntos de ventaja sobre el Barcelona que marchaba tercero en la clasificación y que además había perdido a Kubala que sufría una tuberculosis. Para los azulgrana, vigentes campeones de Liga y Copa, no había vuelta atrás. Era un partido definitivo. La amenaza de que el título se fuese al otro lado de la ciudad era evidente y aquello suponía una afrenta intolerable. El hecho de que al Espanyol se le identificase con el régimen franquista y a los azulgrana con la oposición a él añadía un elemento más de discordia.

Les Corts se llenó como pocas veces. Un gentío pobló las gradas para asistir aquel 14 de diciembre de 1952 a un partido que resultó bronco y polémico. Al cuarto de hora Mauri adelantó al Espanyol y se produjo una avalancha en uno de los fondos que provocó que un buen número de aficionados cayesen sobre el campo tras ceder una valla. Hubo muchos heridos y un muerto -del que no se supo nada porque las autoridades obligan a silenciar la noticia- y la policía, que creyó que se estaba produciendo una invasión de campo, sacudió de lo lindo. El gobernador civil, Acedo Colunga, saltó al campo para tratar de poner un poco de orden y ordenó que los aficionados de esa zona se situasen al borde del campo, por temor a nuevas avalanchas en una zona en la que ya no había valla que frenas a los aficionados. El Espanyol protestó porque no creía que esa fuese la manera de afrontar el resto del partido. Pero sus quejas se quedaron en nada y el partido se reanudó tras haber estado detenido más de quince minutos.

No era la última sorpresa que le esperaba aquella tarde al Espanyol. Resistieron con el 0-1 hasta el descanso, pero al llegar a la caseta descubrieron que alguien había quemado toallas y la estancia aún tenía humo. En esas condiciones Scopelli descartó el uso del oxígeno por seguridad. Aquella decisión, que no tenía incidencia alguna en el rendimiento de los jugadores salvo el efecto placebo que les generaba, les afectó mucho más de lo que imaginaba su entrenador. El Espanyol se vio superado en el segundo y aunque resistió con coraje acabó por ceder. Los goles de Hanke y de Moreno (a ocho minutos del final) supusieron un palo brutal para el vestuario que comenzó a perder la confianza. Llegarían después más derrotas, el Barcelona recuperaría a Kubala para volver a ganar la Liga y el Espanyol finalizaría cuarto, no muy lejos de la cabeza. El asunto de las toallas quemadas quedó para la historia como una de las grandes afrentas sufrida por el conjunto perico ante un gran y odiado rival. Las siguientes veces que visitaron Les Corts se negaron a utilizar el vestuario. Ya iban vestidos desde Sarriá y al finalizar volvían a ducharse a su estadio. Tardaron años en hacer las paces a causa de lo sucedido en 1952. Mientras, el oxígeno de Scopelli tuvo poca vida. Así como vino se fue. Un día dejaron de utilizarlo y se acabó. Su efecto, psicológico sobre todo, había durado unos meses aunque había estado cerca de llevar al Espanyol a la cumbre. Pero todo comenzó a torcerse por culpa de unas toallas quemadas.

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