Una condena por amor

El internacional húngaro Sandor Szücs fue ahorcado en 1951 por tratar de escapar de su país en compañía de la cantante con la que mantenía un idilio

25.09.2017 | 01:49
Sandor Szücs, defensa central del Ujpest Dozsa.

Sandor Szücs estuvo en el germen de la inolvidable selección húngara de los años cincuenta, pero no llegó a formar parte de aquella etapa que llevó a los maravillosos magiares a las puertas de ganar el Mundial. La culpa la tuvo el amor y la represión política y social que se vivió en su país en aquel tiempo. Szücs trató de huir a otro país con la idea de ser dueño de su vida y en esa decisión encontró la muerte.

La vida de Sandor Szücs dio un vuelco inesperado el día que aceptó, junto a varios compañeros, la invitación de un apasionado seguidor del Ujpest Dozsa para tomar algo en su casa y charlar durante horas de fútbol. A sus 28 años el defensa era uno de los indiscutibles líderes del conjunto de Budapest que tras la Segunda Guerra Mundial había añadido varios títulos nacionales a su palmarés. Szücs, a quien el conflicto mundial había dejado sin algunos de sus mejores años, era también un asiduo de la selección húngara que en aquel momento comenzaba a dar señales de lo que vendría poco tiempo después. A finales de los cuarenta ya habían llegado al equipo Puskas, Szusza, Zsengeller, Bozsik, Sarosi o Hideghuti. Faltaban simples retoques y completar el proceso de maduración para alcanzar la gloria que se les negaría en la final del Mundial de 1954. Szücs, uno de los grandes defensas de su tiempo, estaba en el germen de aquello, pero todo cambió en 1950 tras la invitación a la casa de los Kovacs.

Szücs conoció ese día a Erzsebet Kovacs y se enamoró perdidamente de ella. La joven ya comenzaba a disfrutar de cierta fama como cantante (Erzsi era su nombre artístico) pero al futbolista le deslumbró su belleza. Después de aquella tarde no volvieron a verse en meses pero Szücs no era capaz de quitársela de la cabeza. Tras el verano la llamó para invitarla a salir y ella aceptó. Iniciaron en ese momento una relación que iba claramente contra la moral que trataba de imponer el gobierno popular húngaro que lideraba Matyas Rakosi, un comunista enviado por Moscú con la intención de reproducir en el país magiar el modelo soviético. Ambos estaban casados (Szücs incluso tenía dos hijos) y aunque trataron de llevarlo con cierta discreción era imposible mantener a cubierto la relación amorosa entre un futbolista internacional y una cantante que comenzaba a disfrutar de cierta fama en el país. Sus esfuerzos, en una sociedad cada vez más controlada por el Gobierno, eran inútiles.

La pareja pasó por lo que los húngaros conocían como "la casa de los horrores", la siniestra sede de la AVH (la policía secreta) de la que los opositores al régimen ya no volvían a salir. Allí, tras reconocer su relación, se les invitó a zanjar el asunto por su propio bien. Fueron especialmente explícitos con el futbolista. "Si esto no termina irás a un sitio donde las piernas no podrán ayudarte", le advirtieron. El caso de Szücs era especialmente delicado para las autoridades por tratarse de un futbolista muy popular que aún por encima jugaba en el equipo oficial de la Policía. Otro de los clásicos del comunismo y el deporte. El Honved se había transformado en el club del ejército y el Ujpest, que incluso había cambiado de nombre ese mismo año, en el de la policía. Sus futbolistas eran oficialmente soldados o agentes y eso les permitía disfrutar de ciertas ventajas, pero también aumentaba sus obligaciones, entre ellas la de dar ejemplo al resto de ciudadanos.

Szücs y Erzsi limitaron sus encuentros por el seguimiento que sufrían por parte de la AVH, pero no dejaron de verse. El riesgo era evidente y por eso decidieron que lo mejor era escapar del país. Al defensa lo había querido fichar en su momento el Torino y ambos pensaron que lo mejor era llegar a Italia, donde seguramente podrían continuar sus carreras y disfrutar de una tranquilidad que no encontrarían en ningún otro lado. Para ello debían cruzar la frontera con Yugoslavia, una tarea nada sencilla y para la que buscaron la ayuda de los contrabandistas. Uno de ellos, aconsejado por un amigo de la cantante, se comprometió a llevarles a Italia a cambio de unos miles de libras. Varios compañeros de Szücs le advirtieron de que tuviese cuidado porque había demasiada gente al tanto de su huida y en la sociedad húngara los ojos y oídos de la AVH se habían multiplicado de forma exagerada. Pero el defensa estaba decidido a llevar a cabo su plan. Tal y como le pidió el contrabandista, se hizo con un coche para llegar cerca de la frontera sin levantar sospechas y una pistola. Todo formaba parte de la trampa que la AVH le había tendido.

El 6 de marzo de 1951 la pareja inició el viaje. Llenos de esperanza, pero también de miedo por lo que podría sucederles si algo salía mal. Una patrulla policial les detuvo en lo que parecía ser un control rutinario. Les dejaron continuar como si tal cosa ya que la única intención de los agentes era comprobar que efectivamente viajaban los dos en el coche. Unos kilómetros después salieron a su encuentro varias unidades de la AVH que les detuvieron y enviaron a la "Casa de los horrores", donde fueron interrogados. El supuesto contrabandista que les iba a llevar a Yugoslavia era uno de los que formaban parte del operativo. Ambos fueron llevados a juicio donde se les asignó un abogado de oficio y el 16 de mayo se dictó la sentencia. Szücs fue condenado por el tribunal militar a morir en la horca además de la incautación de todos sus bienes por un delito de alta traición a la patria. A Erzsi le cayeron cuatro años de cárcel y otros cinco apartada de la vida pública.

Como en tantos casos, no se le dio ninguna publicidad al juicio o a la sentencia. No existían. Los que conocían el asunto callaban. Solo se movieron varios de los integrantes de la selección húngara o compañeros del equipo. Amparados por su fama e importancia para el régimen (el equipo nacional se empezaba a convertir en un instrumento único de propaganda) trataron de mediar con las autoridades y pidieron clemencia para Szücs. Puskas, jugador del Honved y un gran amigo del defensa, fue de los más combativos. Pero no pudieron hacer nada por él. El 4 de junio de 1951 Sandor Szücs fue ahorcado y enterrado en un lugar que no se hizo público hasta 1989.

La muerte de Szücs fue también un instrumento de las autoridades para frenar a cualquiera que pretendiera seguir su ejemplo. De hecho, los futbolistas húngaros, pese a las propuestas que recibían para salir de su país, no protagonizaron otro intento de huida hasta 1956 cuando buena parte de los futbolistas del Honved aprovecharon un partido en Bilbao para quedarse en España y no regresar a su casa.

La figura de Szücs fue rehabilitada tras la caída del Muro de Berlín en 1989. Se reabrió su caso, se hizo público el proceso que sufrió y se levantó un memorial en su nombre. Hoy es uno de los mártires de aquel régimen. Erzsi, que tardó años en conocer el triste final de Szücs, desapareció de Hungría. Hizo su carrera lejos de su país por consejo de las autoridades y solo volvió a casa mucho después. Hace solo tres años que murió.

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