Honor al Dépor, larga vida al derbi

Lucas lideró la ofensiva de un grupo que funcionó como un todo en una exhibición táctica, de compañerismo y personalidad. Anuló al Celta y se le hizo largo el duelo, pero lo cerró en el descuento. Riazor se lo pasó en grande

22.11.2015 | 03:20

El Dépor se dignificó y honró a los derbis. Su historia está plagada de victorias más excelsas, pocas más gratificantes. No necesitó ni la humillación del 0-5, ni la explosión del gol de Lassad. Es el triunfo del trabajo bien hecho, de la resistencia, de defender un escudo y responder a tu gente, de ser flexible en tu fútbol y de templar cuando las pulsaciones se disparan. Lucas lo abrió, Lux lo salvó. Un todo llamado Deportivo se lo mereció y lo ganó. Una exhibición de carácter, sentido táctico y compañerismo.

El Dépor salió al derbi con el corazón en la mano. Era su partido, su casa y su gente. Y esa camiseta también guía. Se esperaba un Celta avasallador y, sin duda, tiene infinidad de recursos ofensivos, pero los blanquiazules le pusieron la cara. Los experimentos de Víctor podían haber invitado a titubear. No hubo atisbo de duda. El Celta solo tenía un sentido, el Dépor utilizaba sus marchas. Por momentos, tocaba, a veces replegaba y en cuanto podía, corría y corría. Lucas olía la sangre y se desbocaba. Un peligro constante. Fontás y Sergi Gómez soñarán con él.

El coruñés lleva ocho goles, su techo es el cielo y su cita es con el olimpo blanquiazul. Con él y Mosquera cualquier equipo se siente más seguro. Jonathan, Cani y Luisinho se sumaban a los ataques, a pesar de la inactividad. En un derbi no hay circunstancias personales. Mientras tanto, Álex se dedicaba a asear la casa junto a Mosquera. Arriba y abajo. Arriba y abajo. Él nunca protesta, ni rehuye sus tareas.

El buen tono del Dépor afeó a un Celta, al que se le notaba incómodo. Fue una sombra del equipo que suele ser. Su ataque se inclinaba hacia la zona de influencia de Nolito. Mostraba su peligro, pero no era capaz de concretarlo. En este contexto, Cani se descolgó desde el centro, filtró un pase a Álex que estuvo a punto de embocar. Sergio respondió. También Lucas, que estaba ahí para hacer el gol que había soñado toda su vida. En Pablo Iglesias, en las pistas del Monelos. Por fin, en Riazor. Una alegría plena, desgarradora.

Cuando el Dépor y Riazor aún se estaban recolocando después de la explosión, la realidad le golpeó. Fernando Navarro, un futbolista al que se le desparraman los partidos en Primera, cometió un error de juvenil. Un balón pinzado a Iago Aspas le pilló en plena carrera y le cargó sin pelota en disputa. Todo el Dépor, todo Riazor protestaron. Era penalti.

Parecía una sentencia, pero Lux esquivó la guillotina. El argentino intuyó a Nolito, se hizo grande en la portería. Riazor rugió como pocas veces. Ese momento salvador elevó la autoestima blanquiazul, mientras hundía la celeste. Podría haber salido disparado hacia la remontada. Le tocaba rehacerse y al Dépor, resistir. Así sesteó hasta el fin del primer acto con el '10' del Celta pidiendo la pelota para enmendar su error. Muestra de personalidad.

El descanso hizo reflexionar al Celta, le empujó a buscar su esencia. Quiso el balón e intentó meserlo hasta buscar ese ritmo, esa velocidad de crucero que le ha llevado a ser un equipo dañino. No lo encontró. El Dépor salió sin rehuir el envite. Poco a poco la tendencia natural del duelo lo llevó al repliegue. No era mal plan. Más de uno venía de un largo periodo de inactividad y no les sobraban las fuerzas. Los coruñeses eran, además, punzantes con espacios.

El problema es que empezó a fallar y fallar. Jonathan, Juanfran... El Celta estaba al filo del precipicio. No estaba fino y se topaba jugada sí, jugada también con el maravilloso esfuerzo defensivo del Dépor. No tituteaba en el balón parado, se multiplicaba en las ayudas. Arribas jugaba por tres.

El cansancio se convirtió en lesiones y todos los cambios blanquiazules fueron forzados. Hasta Lucas disputó el último cuarto de hora con calambres. El único salvavidas fue la labor de desahogo de Fayçal y, sobre todo, de Jonás. El argentino tiró de veteranía. Venía a cerrar el derbi y lo hizo. Él y sus compañeros. Y Riazor, empujando, creyendo. Una demostración de fe en la grada y en el campo. Un orgullo. Serán mejores o peores, pero con partidos como el de hoy se puede ir con ellos al fin del mundo.

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