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La pelota no se mancha

Y Koeman volvió a golpear en el Camp Nou

15.12.2015 | 09:35
Álex Bergantiños golpea el balón con la cabeza en el entrenamiento de ayer.

Pocos podrían haber imaginado que aquel chaval rubio del Imperator al que llamaban Koeman haría estremecer algún día al Camp Nou con un gol suyo. Otro disparo lejano, potente. Recuerdos, realidad. Álex ha dejado de protagonizar una historia de superación. Ya no es ese joven de La Sagrada que cumplió el sueño de jugar en el equipo de su vida, a pesar de las adversidades. Es mucho más. Madurez. Y no esa que le sirvió de tabla de salvación en los momentos duros. Cuando se lesionó en su adolescencia, cuando le empujaban a marcharse, cuando le fichan un sustituto cada verano... No, es florecimiento y progresión futbolística. Ha dado un paso al frente, justo en el momento que parecía haber ofrecido su versión definitiva. Eclosión tardía. Y no es de esta temporada con el cobijo de Mosquera y el viento a favor de un equipo ganador. Viene de hace unos meses, de las malas, de cuando Víctor Fernández le incitó a que se soltase el cinturón. Pretendía dar versatilidad y más registros a su juego. Y lo consiguió. Fue entonces cuando, una vez alentado el instinto de Álex, metió en un baúl el doble pivote del buen pie y, como otros muchos, se encomendó a su fiabilidad. Poco a poco Bergantiños fue creciendo y en la medida de las circunstancias se convirtió en el palo mayor de un equipo que se pasó casi toda la travesía a la deriva.

"Fíjate, al final Álex siempre juega. No hay un entrenador que no lo acabe poniendo". Uno de sus técnicos de juventud sabe que el rol de su pupilo se ve reforzado con el paso del tiempo y cuando empiezan a aparecer las dificultades. Este verano le esperaba de nuevo el banquillo. Viejo y desagradable compañero. Pocos resisten la competencia con Mosquera y él tampoco. Solo la lesión de Borges le despejó el camino. Juan Domínguez o Haris parecían ajustarse algo más a la labor desempeñada por el tico pero Víctor se entregó a uno de sus capitanes, al 4. Y no le falló. Expandió su fútbol, su aportación. Con el entorno de este gran Dépor empieza a desplegar lo que ya mostró hace unos meses. Cómodo con el balón, midiendo mejor los esfuerzos y los espacios. Más sentido y más aportación, a la que ahora suma la llegada. Liberado de la labor principal en la creación, crece y explora una faceta con tareas a la que no es ajeno. A Borges le quedan unos meses para volver. Tendrá entonces que pelearle el puesto al titular Álex Bergantiños. No le será fácil recobrar lo que fue suyo.

Si Álex es la seguridad, el crecimiento sostenido, Cardoso es el desparpajo, el asalto. Parece imposible que un futbolista que oposita a ser jugador de elite, se le haya escapado a los grandes de Portugal. Su ruta de acceso calca en algunos puntos los pasos de Nani o Salomão. Casa Pía, Real Massamá... Carreteras secundarias del fútbol de Lisboa. Ya anunció en Palamós que, en su aterrizaje en el primer equipo, sus pecados podrían ser diversos y variados, pero nunca el miedo. Debutó siendo protagonista de una remontada en el Camp Nou, dio una asistencia y hasta se regaló algún gustazo técnico. Tuvo toda la fe en sí mismo que le faltó a Jonathan en los momentos decisivos. Cardoso va a más a medida que aumenta la exigencia. Mejor de lo esperado. Un hallazgo.

Historia semanal

Desde hace meses los periódicos amanecen plagados cada mañana con números y referencias históricas que pretenden dar la verdadera medida de las hazañas de Lucas Pérez. Es difícil abstraerse y no sentirse abrumado por tanto dato, pero ya solo ver su nombre mezclado con Roy Makaay y Bebeto y no encontrar resistencia entre los más grandes de A Coruña lo dice todo de él. Estas últimas semanas le están acompañando Mosquera y Álex en la labor de derribar barreras insuperables desde hace décadas. Uno de Monelos y otro de La Sagrada marcaron en el Camp Nou. Habría que retroceder al 5 septiembre de 1971 (Dépor-Córdoba, 3-2) para ver a Manolete y Beci, dos coruñeses, entre los goleadores blanquiazules en un partido de Primera División. Convertirlo en cotidiano sería la mejor de las señales.

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