La pelota no se mancha

La mochila de Francis

18.10.2017 | 00:08
La mochila de Francis

Diez años más tarde y la historia se repite. De Munúa, Aouate y Fabricio a Tyton, Pantilimon y Francis. La portería del Dépor vuelve sobre sus pasos, reedita una situación de inestabilidad en un momento incómodo. Las motivaciones de una y otra crisis bajo palos no tienen nada que ver, pero han desembocado en la misma consecuencia: acelerar el debut de un joven de la cantera al que quizás aún no le había llegado su momento. Poner en juego el futuro para salvar el presente y con la esperanza de que al chaval no le engulla la situación. Por ahora, Francis destila calma y le pone una sonrisa a la vida, al brete. No le exigió en exceso el Eibar. Cumplió por arriba, lo atajó todo y ofreció más seguridad a los diez que tenía por delante que sus predecesores, algo que no dice mucho de ellos.

Francis ridiculiza los plazos, la gestión del salto a la elite. Esa voracidad, sus condiciones y el solar que se encontró por arriba le han permitido pasar en diez meses de una academia en Qatar para futbolistas en formación a Primera División. Se frotaba los ojos en Ipurua, con él todo el deportivismo. Su mochila empieza a estar a rebosar de experiencias. Solo el tiempo dirá si fue capaz de asumir tal peso a una edad tan temprana. Si sale adelante y derriba la puerta del primer equipo, Riazor podría tener portero para la próxima década y si no es capaz, quedará dañado. En mayor o menor medida, pero tocado. Es tan inevitable como injusto.

Fabricio y esa secuencia de hechos de hace una década son el mejor ejemplo. Aouate y Munúa se autodescartaron por una infantil pelea, hoy el problema es de nivel y de planificación. La portería partía como una prioridad en verano y el Dépor acabó haciéndose con lo que quedaba en el 24 horas y encima pidiendo una rebaja. Hoy emergió Francis, hace años Fabricio. El canario era mayor que el nigeriano entonces, su experiencia en equipos de formación europea, en el Fabril e incluso en la dinámica del primer equipo era mayor. Estaba más formado. Jugó 6 partidos y, tras un cónclave en el vestuario, regresó Aouate esa temporada. Repitió cuota de encuentros al año siguiente y entre que escuchó los nocivos consejos de su agente, que sus expectativas se dispararon y que sentía que no se confiaba del todo en él, se acabó marchando. Se malgastó por ese prematuro salto y por cómo lo encajó. Tuvo que regresar años después, ya siendo un hombre, no un niño, para impregnar ese recuerdo imperial que ahora tiene de él la grada de Riazor. Ojalá que con Francis no ocurra lo mismo. Tiene hasta enero, o al menos hasta que vuelva Rubén, para hacerse grande y fuerte y poder llevar esa mochila. El riesgo y la oportunidad están ahí.

El Dépor ha mejorado en los últimos partidos. Es innegable. Se muestra como un conjunto más serio en defensa, por momentos no le hace ascos a la pelota. Compite mejor y mantiene durante más tiempo un nivel medio, sobre todo, en Riazor. Cuando se parte y recula es cuando empieza a sufrir. Ese repunte le hace lucir algo más ante escuadras de su Liga, pero también destila una sensación de grupo tibio y que malgasta parte de su talento. No es sencillo criticar un punto en Eibar, más cuando no encaja, cuando se despliega sin Lucas ni Schär y cuando viene en una inercia ganadora. El granero empieza a poblarse, reconforta. Pero se mantiene, en cambio, esa sensación de que el Dépor hace lo justo. También desperdicia oportunidades para aliviarse, para no sufrir. Su rival no era el de hace meses, le faltó ambición. Lleva años sesteando hasta salvarse y no es sencillo escapar de esa dinámica.

El examen a Çolak

Las bajas y el movimiento de piezas de Mel le han dado a Çolak cuatro partidos seguidos como titular. Un tesoro. Cuando regrese Carles Gil y Andone pida paso para acompañar a Lucas, le va a costar encontrar un sitio. Pocos momentos mejores para que el turco saque a pasear el fútbol que lleva dentro. Es un jugador diferente, que aún en una versión media es terapéutico para el grupo. Le cuesta defender, sigue sin estar al nivel de sus mejores momentos de la temporada pasada con Garitano y su juego muestra altibajos, pero cuando hay luz en ataque, la mayoría de las veces está él encendiendo el interruptor. Riazor y el deportivismo le esperan. Está en su mano, pero también hay que crearle el hábitat adecuado para que por fin florezca.

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