J. PÉREZ A CORUÑA
Por si ya fueran pocos los retos que Caixa Galicia y Caixanova tienen entre manos para garantizar primero la solvencia de la operación, y la viabilidad prácticamente al mismo tiempo del negocio conjunto, casi nadie de los que ocupan cargos de relevancia en las patronales del sector y en el regulador, el Banco de España, disimula que lejos de poner un punto y final, la reestructuración de las cajas en la que se enmarca la unión gallega es el aperitivo de una segunda oleada de fusiones prevista a un par de años vista. Ya sin las presiones de las cuentas y el enorme impacto que está teniendo la crisis económica, pero sí con la resaca de la recesión y la necesidad de seguir ganando músculo financiero y concentrar el mapa de la entidades de ahorro.
Hace sólo unos días, y con los movimientos que en la Comunidad Valenciana empezaron a gestarse tras el encuentro con el que Rodríguez Zapatero y Rajoy querían dar el impulso definitivo a los movimientos de las cajas -la alicantina CAM intentó acercarse de nuevo a Cajamurcia con la vista puesta luego en otra macrooperación con Caja Madrid-, el presidente de Bancaja, la tercera del sector, dejó muy clarito que de momento no había pasado su tren. "Nosotros estamos dispuestos a estudiar cualquier posibilidad interesante que se nos ofrezca, pero en este momento no estamos viendo en concreto ninguna", aseguraba José Luis Oliva, que se unía a las muchas voces que aventuran más movimientos, más grandes y más pausados dentro de "dos o tres años".
Como él, lo dijo Juan Ramón Quintás antes de abandonar el liderazgo de la Confederación de Cajas de Ahorros (CECA). O el consejero delegado del Banco Pastor, Jorge Gost, si la actual redimensión "no se hace bien". O Santos Llamas, el máximo responsable de Caja España, inmersa en su integración con Caja Duero. Opiniones que van en la línea de los cálculos que tanto el Banco de España como en el seno de la CECA prevén para el futuro de las 45 cajas de ahorros actuales. El director general de la patronal sitúa el número entre las 25 y las 27. Rodrigo Rato, presidente de Caja Madrid, en unas 20.
Las razones de fondo seguirán siendo las mismas, aunque no los condicionantes. A las cajas no les quedará más remedio que seguir ganando tamaño y reducir costes, dos de las variables para mejorar la eficiencia, ante las restricciones que se aventuran en los mercados mayoristas de financiación. La nueva normativa contable que computa los recursos propios, con exigencias mucho más duras que las actuales, es cuestión de tiempo. Muy poco tiempo. Y el negocio, como la economía, nunca volverá a los crecimientos vertiginosos que acumulaba antes de la crisis. A todo esto, no son pocos los directivos que coincidiendo con la comunicación de los resultados anuales hablaron de "exceso de oferta financiera".
La nueva caja gallega, la fusión de Caixa Galicia y Caixanova, producto a su vez de unas cuantas integraciones anteriores, es una de las grandes candidatas a jugar un papel destacado en la segunda oleada de la reestructuración. ¿Por qué? Por algo tan sencillo como su tamaño y la capacidad que tenga para delimitar un mercado fuerte en el noroeste peninsular. A la espera de lo que ocurra finalmente con los rumores de Sistemas Institucionales de Protección (SIP) que rodean a una buena parte de las cajas que todavía no se han posicionado en la reestructuración, y lo que hagan las que si siquiera entran en las quinielas, la suma de las cajas gallegas dará lugar en principio a la sexta entidad española. A mucha distancia de las cinco primeras. Lo que queda saber es si con suficiente margen con respecto a las siguientes para consolidarse como posible líder en una operación de futuro.
Ésa es una de las claves que los protagonistas de la operación gallega tienen en la cabeza. Otra razón más para afianzar el negocio y reforzar la solvencia y eficiencia del negocio que, como se demostró en este caso, es lo permite abanderar una unión.