M. R. A CORUÑA
Llevaba cuatro años en Fadesa y fue una de las 74 personas que despidieron en el primer ERE en agosto de 2008. De aquella experiencia solo guarda malos recuerdos y una imagen en la retina: los llantos de los proveedores que salían de los despachos de la firma sabiendo que no iban a cobrar sus deudas.
-¿Cómo recuerda el día que le comunicaron el despido?
-Era algo esperado, pero cuando llegó el momento fue impactante. Yo me reincorporé de vacaciones el 11 de agosto y el 12, diez minutos antes de salir de trabajar, nos comunicaron los despidos. Nos dijeron que al día siguiente ya no fuéramos. Fue frío y triste.
-¿Cómo eran los días anteriores?
-Fueron días de muy poco trabajo, muy tediosos, en los que la gente ya no trabajaba porque ya no te daban trabajo. Estábamos en corrillos a la espera de que nos comunicasen los despidos. Era un ambiente tenso. Cuando salió la lista del ERE yo estaba de vacaciones y me llamaron?
-¿La empresa?
-No, que va, un compañero. Mi jefa me mandó un sms en el que me decía que había salido la lista, pero no me dijo que estaba yo.
-¿Y cómo transcurrieron los meses tras la venta?
-Todo el mundo estaba muy intranquilo, a pesar de que los jefes nos decían: "tranquilidad, tranquilidad, vamos a seguir, esto va a seguir para adelante, todo va a ir bien, va a ser mejor que antes?", pero los empleados estábamos mosqueados porque el trabajo bajó a un nivel terrorífico. Se pasó de hacer un montón de horas extras a, de repente, no haber nada.
-¿Y Fernando Martín?
-Me acuerdo que había venido a la cena de Navidad (2007) y había dicho que teníamos que tener tranquilidad, que todo iba a ir bien, que íbamos a salir adelante? pero la gente ya no se creía nada.
-Desde el mismo momento en que se anunció la venta, los trabajadores ya se fueron marchando.
-Así fue. A partir de la venta del señor Jove fue un cuentagotas continuo. Me acuerdo que todos los viernes despedíamos a alguien, y después de ir de uno en uno, las cenas de despedida se hacían ya de cuatro en cuatro.
-¿Le da pena cómo está ahora la empresa?
-El año pasado, por estas fechas, fui a buscar el papel del IRPF, y no fui capaz de pasar de la recepción. Era todo muy frío. Ver el edificio vacío da depresión, como el cartel oxidado que quitaron de la fachada. Da la impresión de que se acaba, de que eso durará poco allí. La sensación es haber dejado a dos dentro para que solo cojan el teléfono.
-¿Hubo alguna imagen que le impactó?
-El día que se produjo la suspensión de pagos, al poco tiempo, llegaron los proveedores y muchos de ellos lloraban. Sabían que no iban a cobrar lo que les debía la empresa. Salían llorando de los despachos. Eso fue superimpresionante. Todos se fueron a la ruina. Nosotros también nos fuimos, pero por lo menos cobramos el paro. Ellos no.