La estrategia del gatopardo

27.12.2015 | 00:33
La estrategia del gatopardo

Una semana después de las elecciones generales más disputadas en la historia de la democracia española, cabe preguntarse si, tras los resultados, la campaña electoral no continúa más viva que nunca. Eso es lo que cabe deducir tanto de las actitudes como de las declaraciones de los principales actores en la complicada escena política dibujada tras el 20-D.

Cuando el Parlamento dejó, definitivamente, de ser cosa entre dos para pasar a serlo de cuatro, el panorama se complicó hasta dibujar, si se permite la comparación, un tablero de parchís en los que todos han logrado sacar un cinco a la primera, así que el paso hacia el escaño de diferentes colores aparece bloqueado y con movimientos de peligrosidad extrema para algunos de los jugadores. El primero en tirar el dado fue el claro perdedor de los comicios: un Albert Rivera desinflado por las expectativas alimentadas sobre todo por las cocinas de las encuestas y por los medios de comunicación, tan infladas que, en la recta final más bien propició cobijo que batalla al Partido Popular. En un ejercicio que muchos tildaron de responsabilidad política, anunció que Ciudadanos se abstendría en caso de que ganaran PP o PSOE. Cometió un error de principiante que lo llevó a colocarse en la casilla que querían los populares: se retiraba prematuramente a la oposición como perdedor y reconociendo su apoyo al más votado el día previo a la jornada de reflexión. En su segunda jugada, Rivera ofrece un tripartito que ni PP ni PSOE han mencionado siquiera, porque ninguno de ellos ganaría, a priori, nada con los votos de Ciudadanos.

Ciudadanos sigue en el tablero, a la espera. No es la suya la peor situación, a pesar de la decepción de la noche electoral. Al fin y al cabo, pasan de la nada a 40 diputados. Pedro Sánchez, el líder del PSOE, presentó como un digno resultado el peor de la historia de su partido. Como quien reivindica el valor de haber rescatado de entre las llamas la cubertería de plata de la abuela mientras la casa centenaria arde por los cuatro costados. A Sánchez no lo quieren ni en su propia barraca, como al Batiste de Blasco Ibáñez. Y se lo dicen en la cara los barones encabezados por Susana Díaz, la líder andaluza que sufrió en propia carne las consecuencias de la ingobernabilidad durante meses, pero que tampoco ha tenido el arrojo suficiente para disputarle unas primarias a Sánchez. Madina, el contrincante al que se impuso el actual secretario general, se quedó sin escaño merced a una elaboración de listas que sólo consiguió aumentar el monumental cabreo en el que se halla sumida la sede de Ferraz desde la debacle de Zapatero. La federal de mañana tiene más aspecto de juicio sumarísimo que de reflexión sobre estrategias de pactos.

Pedro Sánchez ha sido firme al decir "no" a Rajoy y no hay vuelta atrás. Eso lo sabe muy bien el Partido Popular por mucho que haya querido disimular su vicesecretario de Organización, Fernando Martínez Maíllo, presentando esos veinte minutos a cara de perro entre Rajoy y Sánchez en Moncloa como "un primer contacto". Rajoy y Sánchez coincidieron en el color de la corbata. Y nada más. Los votantes concienciados del PSOE jamás perdonarían que el mismo candidato que calificó de "presidente no decente" al aspirante del PP ante nueve millones de telespectadores, le facilitara una segunda estancia en la Moncloa.

La otra alternativa, una alianza de izquierdas, tiene el filo igual de cortante para el socialista. Podemos ya ha laminado millones de votos al PSOE. No solo tendrían que conseguir la abstención de Ciudadanos, sino ponerse de acuerdo en líneas rojas que el PSOE jamás cruzará como los referéndums sobre el derecho de autodeterminación. Pablo Iglesias no tiene prisa y ataca sin piedad a Sánchez. Incluso acaba de rebajar la importancia programática de los referéndums en una intervención programada en Nochebuena que tenía asombroso tinte de campaña electoral. ¿Otra vez? Sí, es a Podemos a quien le interesa más unas nuevas elecciones porque en los próximos meses apostarán a una nueva remontada a costa del centro izquierda que aún amparan las siglas socialistas. Iglesias, como mínimo, quiere ser el nuevo líder de la oposición. El líder de Podemos, el intelectual anticasta cita a Gramscy y a Laclau, incluso a Kant, aunque sufriera un lapsus con el título correcto de su "Crítica de la Razón Pura". Pero su baile responde más al vals de "El Gatopardo", cuando Lampedusa describía la charla entre Chevalley de Monterzuolo y Corbera: "Los de nuestra generación debemos retirarnos a un rincón y contemplar los brincos y cabriolas de los jóvenes en torno a este adornadísimo catafalco. Ustedes tienen ahora precisamente necesidad de jóvenes, de jóvenes despejados con la mente abierta al cómo más que al por qué y que sean hábiles en enmascarar, quiero decir en acomodar sus concretos intereses a las vagas idealidades públicas".

Acomodado a esos mismos intereses se encuentra, precisamente, su adversario situado en las antípodas ideológicas. El PP niega la mayor sobre una nueva convocatoria, pero es evidente que es el que menos tiene que perder, al menos de partida, en una estrategia que puede acabar por depararle un extraño compañero de viaje. Los populares dejarían agotar el plazo máximo de dos meses durante los cuales los brincos y cabriolas de los jóvenes cachorros fichados en junio por el PP proclamarían a los cuatro vientos quién de todos ha intentado con mayor ahínco formar un gobierno de estabilidad, finalmente imposible por culpa de los demás grupos. Unas nuevas elecciones podrían convertir sus 123 escaños en una mayoría suficiente si logra menoscabar a Ciudadanos y recuperar votantes, contando con el favor de la Ley D´Hondt. Otra cuestión a dilucidar en esa hipotética nueva carrera hacia la Moncloa sería, entonces, si PP y PSOE repetirían apuestas a la hora de decidir cabezas de lista. Sánchez se enfrenta a una misión imposible. Rajoy a una misión de alto riesgo sobre lo que pueda ocurrir en los próximos meses con el inicio de las causas contra Blesa y Rato y con el aliento amenazante sobre su nuca, una vez más, de Aznar y Aguirre, aunque fuertemente blindado por su nueva guardia de corps.

A la espera de lo que suceda en la realidad, como en el Gatopardo, los nuevos y los viejos políticos parecen recurrir a astucias de la política más antigua. Y como Chevalley en la obra de Lampedusa, cuando limpiamos el cristal para observar, asistimos a un panorama invernal en el terreno de los valores y las ideas.

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