LUIS PIÑEIRO | A CORUÑA
Un agente pontevedrés de 31 años se libró por unos pocos segundos de morir en el brutal atentado que la banda terrorista ETA cometió el pasado jueves frente al cuartel de la Guardia Civil de la localidad mallorquina de Calviá, en el que fallecieron dos de sus compañeros, el burgalés Carlos Sáenz de Tejada y el pamplonica Diego Salva Lezaun.
Este guardia civil fue seguramente el último que habló con su compañero y amigo Carlos Sáenz cuando éste iba a salir en el coche patrulla. Cuando faltaban pocos minutos para las dos de la tarde, el agente pontevedrés se despidió de su compañero con cierta prisa porque necesitaba solucionar su permiso de vacaciones que comenzaban al día siguiente.
Nada más decir adiós a su amigo Carlos, se dirigió al cuartel que se encontraba muy cerca de donde estaba el vehículo patrulla estacionado. Unos segundos después escuchó una fuerte explosión y pudo comprobar como el coche de sus compañeros se había prácticamente volatilizado.
En cuanto pudo reponerse de la situación, unos cinco o diez minutos después de que la bomba lapa sembrase el caos alrededor del cuartel, el joven llamó a su madre, Rosa S., que se encontraba en Pontevedra. "Fue él quien me avisó de lo que había ocurrido, yo no estaba en casa y por lo tanto tampoco estaba al tanto de las noticias", confiesa la madre. "A mí me llamó y me dijo que acababan de poner una bomba a sus compañeros, él estaba bien y me dijo que no le cogió de milagro porque acababa de ir a recoger el 'pasaporte' -permiso de desplazamiento-", añade la madre. "Me libré de milagro porque acababa de dejar esa zona", le indicó a Rosa.
El agente se lamentaba ante su madre de la falta de medidas de seguridad del cuartel de Calviá. "No hay derecho a que no dispongamos ni siquiera de cámaras de vigilancia, ni nada", le dijo visiblemente nervioso y afectado por la pérdida de sus compañeros y por la incertidumbre de qué pasaría después.
Rosa relata que mientras le llamaba, su hijo estaba manteniendo un cinturón de seguridad para que los ciudadanos no se acercasen al lugar de los hechos ante la posibilidad de que hubiese un vehículo trampa. "Le oía a mi hijo decir en alto 'por ahí no se puede pasar' a las personas que se encontraban en la zona".
El agente pontevedrés terminaba el próximo mes de octubre su destino en Calviá y estos días tenía que solicitar un nuevo destino, seguramente por el área del Levante donde reside su novia.
"Me dio muchísima pena lo de sus dos compañeros, pero a la vez estaba contenta de que a mi hijo no le hubiese pasado nada", afirma Rosa contrariada y todavía con el susto en el cuerpo.
"Yo no quería que ninguno de mis cuatro hijos fuese guardia civil por el riesgo que corren, pero éste que, es el más joven, lo tenía muy claro desde el principio. Ahora es como vivir con una espada levantada encima de la cabeza, es un vivir permanentemente con miedo", asegura la madre del agente todavía con el alma en vilo.
Hasta ahora, Rosa estaba relativamente tranquila porque sabía que los agentes que corren mayor riesgo son aquellos que están destinados en el País Vasco. "Ahora ya no pienso en eso, creo que la muerte les puede sorprender en cualquier sitio y en cualquier lugar", añade, admitiendo que ningún lugar es lo suficientemente seguro cuando se pertenece a un cuerpo que, desde siempre, ha estado en el punto de mira de la banda terrorista.
La madre de este guardia civil de 31 años y que se puede considerar que ha vuelto a nacer, afirma que cuando conoció que dos de los compañeros del cuartel en el que presta servicio su hijo habían fallecido en un atentado, lo primero que hizo fue pensar "en los pobres padres de estos chicos" y como lo estarían pasando en esos momentos cuando les comunicaron la noticia.
"Son chicos jovencitos, están empezando a vivir y no hay derecho a que vengan estos miserables y hagan lo que han hecho. La verdad es que yo ya no puedo más pensando en lo que ocurrió", asegura la madre del agente que se salvó de la bomba por segundos. En la tarde de ayer el agente pontevedrés se encontraba a bordo de un avión para reunirse con su familia y amigos, después de haber asistido por la mañana a los funerales de sus compañeros en Palma.