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Personajes en la obra

 
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JESÚS CIVERA Cipolla. ¿Qué diría el enorme historiador sobre los actores que representan cada día el caso Gürtel? ¿Cómo catalogar a los Rajoy, Zaplana, Garzón, Camps, Costa, Rita Barberá, Dolores de Cospedal y Fabra, protagonistas e intérpretes secundarios del enorme tinglado cimentado por Garzón y que ha abierto en canal al PP? El otro día aludía al ensayo sobre la estupidez del italiano, ese mítico Allegro ma non troppo en el que dibuja tipologías -en la tradición del romanticismo- según los costes y los beneficios y donde sella principios y leyes fundamentales. Uno, sin embargo, no remataba la faena. Es decir, no situaba a cada personaje en su casilla correspondiente, real o metafórica.

La realidad, en definitiva, es un ovillo de metáforas indisimuladas. Y descodificar el material -a los protagonistas del culebrón Gürtel- constituye una tarea titánica. Basta subrayar alguno de los axiomas que espolvorea el propio Cipolla para testimoniar su posible fracaso. "Cualquiera de nosotros subestima el número de estúpidos en circulación", asume. El marco, pues, se amplía hasta límites insospechados. O esta otra proposición ineludible: "la probabilidad de que una persona sea estúpida es independiente de cualquier otra característica de dicha persona". ¿Cómo lograr una síntesis -o una antítesis- entre la estupidez y la inteligencia, entre la persona incauta o malvada? Tan estúpido puede ser un científico como un ignorante. Es más, aún podemos recurrir a Einstein: "Hay dos cosas infinitas: el universo y la estupidez humana. Y del universo no estoy seguro".

El teorema de Cipolla se basa en los cuatro tipos famosos, bañados por el economicismo. El incauto se perjudica a sí mismo y beneficia a los demás. El inteligente se beneficia él y beneficia a los demás. El malvado obtiene beneficios perjudicando a los otros. Y el estúpido perjudica a los otros y se perjudica a sí mismo: nos hace perder el tiempo perdiendo el suyo propio también.

No hará falta perforar la abertura del caleidoscopio para acatar que el único al que se podría encasillar en el grupo de los inteligentes sería al juez Garzón. Vituperado por el PP o embebido de su propia objetividad, ha sustantivado una presunta red de corrupción -que se desparrama en la opinión pública y que escrutan todavía los tribunales, cuidado- que auxilia a la sociedad -destripa posibles corrupciones- y bonifica al propio magistrado: un juez estrella se encuentra a símismo en su propio firmamento estelar. Y el PP es una pieza codiciada.

¿Hay algún otro inteligente que obtenga la gloria por responder a ese calificativo? El ministro Rubalcaba sí, desde luego. Su participación en el caso Gürtel, según el PP, es equidistante a su capacidad conspirativa: beneficia a su partido, exhibe el caso en la calle, depura los trapos sucios del contrario, participa en el bien común. ¿Y Zaplana? Al ex ministro le acusan de ser la mano que mece la cuna del escándalo, de estar detrás de las denuncias de los dos irreflexivos concejales del PP -un tal Pepe Peñas y su pareja Juanjo Moreno- que destaparon el pastel, de conspirar con el ministro del Interior y guiarle por los flancos débiles del partido de Rajoy.

Es malvado, no inteligente, recordaría Cipolla. Daña a los otros. A Camps, al que legó como sucesor en el partido y al que cedió su sillón de la Generalitat: el actual presidente de la Comunitat valenciana acabó matando al padre. Zaplana ha sacado tajada del episodio, si aceptamos su eminente lugar entre bambalinas.

El representante del exministro en la periferia valenciana, José Joaquín Ripoll, reina en Alicante como presidente del PP provincial y pretende reconquistar los territorios invadidos por Camps. Ripoll se aprovecha de la situación. Es también malvado, como no podía ser de otra manera. En la arquitectura caracteriológica, a veces -o casi siempre- el malvado es sinónimo de buen político. Al malvado se le ve venir. Y el perfume de Zaplana y Ripoll, en esta peripecia, desprende aromas de venganza a cientos de kilómetros de distancia.

Malvados -o algomás, ya lo dictaminarán los jueces- son Álvaro Pérez, alias El Bigotes, y Francisco Correa, el jefe de la trama levantada en simbiosis con el PP. La literatura periodística ha relatado sus aventuras con una profusión de detalles tan colosal que si los registráramos en otro orden del teorema de Cipolla acabaríamos en el circo con los leones. Malvados en cuestiones crematísticas: se beneficiaban ellos y han arrastrado hasta el fango a medio PP mientras el otro medio contempla con ojos vidriosos el festival carpetovetónico, como si de pronto emergieran las figuras de la Restauración recreando el binomio adulterado: política/dinero.

¿Y María Dolores de Cospedal? ¿Algún problema para clasificarla? Por ahora -y en política el tiempo no tiene por qué ser rehén de la cronología- se ha configurado como la más inteligente, elevándose por encima de la obra todavía en cartel. La secretaria general ha logrado derribar a Ricardo Costa -fue ella la que codiciaba expulsarle desde el primer día mientras Rajoy y Camps buscaban una solución intermedia- abriéndose espacios de poder en el entramado de Génova y en la costa valenciana.

González Pons la sigue. Más que a Rajoy. El ritmo en la última crisis de Valencia lo ha marcado De Cospedal. Y continúa imprimiendo su huella, refutando a Arenas o a Nuñez Feijoó. La debilidad de Camps es su fortaleza. Rita Barberá, alcaldesa de Valencia, y Carlos Fabra, presidente del PP de Castellón, apenas caben en el inventario. Ocupan plazas supernumerarias. Barberá es la eterna sustituta de Camps, y Fabra -astuto como nadie- juega a símismo. Siempre lo ha hecho. Gran amigo de Aznar, ha apoyado a Camps hasta hoy, como lo hizo con Zaplana. Es un barón con territorio e influencia. El caso Gürtel le toca de pasada. Está inmerso en otros procesos judiciales.

Los estúpidos de Gürtel -y la estupidez es independiente, como indica una de las leyes del italiano, de cualquier otra característica de la persona- son Camps y Costa. Llevan implícito el sello. Se han perjudicado a sí mismos y han perjudicado a los demás, a su propio partido, a los ciudadanos sobre los que gobiernan, a sus propias biologías. ¿Qué han ganado? Nada. Su participación en la obra ha constituido un fracaso. El suyo. No han adquirido la calificación de incautos (a nadie han beneficiado) y han estrellado, en medio de una gran polvareda, su carrera política. Costa lo ha hecho todo al revés; Camps -el barón sobre el que se apoyó Rajoy en el último congreso- ha sembrado enormes dudas sobre su propio presidente en el PP, débil por su culpa.

A Rajoy hay que echarle, inevitablemente, al cajón de los estúpidos, aunque permanezca en su especial limbo metafísico. Pero ya se sabe. Las categorías -y las tipologías- no describen la realidad: hacen posible dar cuenta de ella. Éste no es Cipolla. Es Kant. Palabras mayores.

jcivera@epi.es

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