JOSÉ MANUEL PONTE
Interrogada por la prensa sobre las razones de su ausencia en la reunión convocada por Rajoy para poner orden en el partido, doña Esperanza Aguirre hizo esta sorprendente confesión: "Cuando llevo zapatos planos, como hoy, no hago declaraciones".
La frase fue trasladada inmediatamente al portavoz del PP, señor González Pons, que aprovechó la ocasión para hacerse el chistoso. "Yo siempre he llevado zapatos planos -dijo- y no sabría decir cuál es la diferencia". El cruce de palabras dio pie a la polémica y los medios hacen especulaciones sobre la intencionalidad última de la presidenta madrileña.
En El Mundo, que es un periódico circunstancialmente afín al aguirrismo (ya se sabe la de vueltas que da el mundo sobre sí mismo), una subdirectora, Lucía Méndez, escribe un artículo titulado Víctima de los tacones, en el que, tras citar como argumento de autoridad a Louenn Brizendine, autora de El cerebro femenino, llega a la conclusión de que Esperanza Aguirre no asistió a la reunión del comité ejecutivo para no echarse a llorar ante los presentes. Al parecer, la política conservadora está en un momento bajo de ánimo y hubiera necesitado ponerse unos zapatos con tacones de catorce centímetros para afrontar el reto ante un círculo de machos dominantes que no la quieren bien. Es posible que esa tesis tenga algo de fundamento, pero los hechos precedentes sugieren todo lo contrario.
La idea que transmiten es que doña Esperanza Aguirre es una de esas mujeres fuertes que aparecen de vez en cuando en la historia de España cuando el vigor masculino decae peligrosamente y la patria necesita de un pecho fuerte (o de dos) para que la defienda. Como Agustina de Aragón, Mariana Pineda, o, en la ciudad donde resido, María Pita, una mujer de armas tomar.
Aún no hace mucho, cuando los sucesos trágicos de Bombay, todos pudimos ver la imagen de Esperanza Aguirre como una mujer de rasgos heroicos, que había logrado huir de un ataque terrorista sobre el hotel donde estaba alojada, arrastrándose por el suelo bajo las balas como un soldado avezado y, después de ganar la puerta, escapar en taxi hacia el aeropuerto. Tras un largo viaje a España, compareció ante la prensa con la ropa todavía alborotada, descalza y con los pies cubiertos con unos calcetines blancos. En ningún momento decayó su animo y habló por los codos sobre la experiencia vivida, como si acabase de volver de un baile. Y la misma prensa, que ahora nos la describe como una mujer sensible y al borde de un ataque de nervios, la elogió cumplidamente por su valor, pese a que no faltó el testimonio de otros viajeros de la expedición oficial española que se quejaron de haber sido abandonados en la estacada por la presidenta.
Sea lo que fuere, no sería bueno para la política española y para el entretenimiento general que doña Esperanza Aguirre cayese en el desánimo y abandonase. Llevamos mucho tiempo esperando por una Margaret Thatcher a la española. En su momento, todas las esperanzas estuvieron depositadas en Isabel Tocino, aquella rubia de ocasión, dicharachera y suficiente, a la que tan bien le sentaban los trajes de pastora y los apretados pantalones de motero.
Don Manuel Fraga quiso posar su dedo providencial sobre ella, pero una conspiración de notables, en Perbes, lo desvió hacia don José María Aznar. Y este, a su vez, designó sucesor suyo a don Mariano Rajoy. Gente de zapato plano, toda ella, y que no usa tacones. Al menos en público.