Un presidente gallego en La Moncloa

´Made in´ Pontevedra

Casi todos los amigos de la pandilla que Mariano Rajoy formó en la ciudad donde disfrutó de
su adolescencia y se hizo político han destacado en sus respectivas facetas profesionales

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Rajoy, entre Díaz Grande y Rafael Louzán, en la plaza de toros de Pontevedra. / la opinión
Rajoy, entre Díaz Grande y Rafael Louzán, en la plaza de toros de Pontevedra. / la opinión 
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S. R. | A CORUÑA No le costó mucho al adolescente Mariano Rajoy encontrar su lugar en la sociedad pontevedresa cuando, a los 15 años, de edad, su padre fue destinado a la capital y él se matriculó en el instituto Sánchez Cantón. El hijo primogénito del juez no podía por menos que buscar, y encontrar, sus amistades entre, por un lado, las familias más tradicionales de la capital -las de los "pontevedreses de toda la vida-, algunas de ellas en declive y otras aguantando percha en el trance de los años previos al fin del franquismo; y, por otro, entre los descendientes de una generación de self made men (hombres hechos a sí mismos) a la pontevedresa cuyos vástagos estaban destinados triunfar en sus profesiones y a sostener el nivel de los primeros años de la Pontevedra del siglo XXI.

Eso sí. Pontevedra, todavía ciudad pequeña en la que todos se conocen a todos, también tiene sus claves. En otros sitios sería de extrañar pero allí, en cambio, el hecho de que el santo más venerados no sea el patrón local, San Sebastián, sino San Benito de Lérez ,es tomado con tal naturalidad que hasta los comerciantes cierran voluntariamente sus establecimientos los días de San Benitiño para que sus empleados, clientes y ellos mismos puedan acercarse a él y solicitar su milagro correspondiente. Pontevedra es, asimismo, la única ciudad verdaderamente taurófila de Galicia, la que presume de vestir mejor -dan fe el número de establecimientos textiles por número cuadrado-, la única que tiene por mascota de carnaval a un loro, una plaza llamada la de los cinco calles que responde a la auténtica confluencia de esas cinco calles y un Liceo Casino del que, si uno quiere ser alguien, antes debe abonarse el correspondiente carné de socio -Mariano lo tuvo desde que llegó-.

Es entre los últimos años del Bachillerato y los primeros de Universidad cuando, entre las pandillas de jóvenes comienza a llamar la atención una en la que figuraban, además de aquel espigado Mariano que todavía no lucía barba: Tomás Iribarren, Angel Piñeiro, Alfredo Díaz Grande y su futura esposa Pilar Rojo, Andrés Montaner, Ana Pastor y José Benito Suárez (su futuro marido), Juan Aguilar, Rafael Santamaría o los hermanos José Manuel y Gerardo Lorenzo.

Entre mediados y finales de los 70 esta pandilla venía a ser el núcleo duro de una movida pontevedresa que, por supuesto, nada tuvo que ver con la viguesa o coruñesa de inicios de los años 80. Obligada o voluntariamente socios del Casino, magníficos estudiantes casi todos ellos, su templo era el Daniel y sus dominios se extendían, en verano, al cada vez más interesante territorio noctámbulo de la vecina Sanxenxo y diurno de su colosal playa de A Lanzada.

A estas alturas todavía no se tiene muy claro el qué, el quién, el por qué del despertar de la vocación política de un Mariano Rajoy que, en 1983, obtiene acta de concejal como miembro de la candidatura encabezada por el, en aquel entonces, imbatible José Rivas Fontán en tiempos en que el único grupo punkie local de la época, llamado Mínima Expresión, cantaba por los más oscuros y cutres garitos del casco vello, espacios jamás pisados por Rajoy, aquello de "Ni Vigo ni Portugal, Pontevedra capital" en contundente respuesta de la juventud capitalina a la "impertinente y presumida" movida viguesa.

De entre los miembros de la Ejecutiva Provincial de Alianza Popular (AP) que asistían a aquellas interminables reuniones de la cafetería Rías Baixas, de la de Daniel o del Blanco y Negro, se señalan tres egregios personajes que actuaron de anfitriones de la entrada de Rajoy en la política. Se trataba de Diego Murillo (prestigioso y veterano ginecólogo que muy pronto se alejó de la política), Rouco Millán (padre de los hermanos Francisco y Alejandro Millán Mon) y, muy especialmente, Manuel Crespo Alfaya (padre del imputado Pablo Crespo), a quien muchos le atribuyen la condición de mentor aquel joven Rajoy Brey, hijo del juez Rajoy Sobredo.

El escritor Graciano Palomo, en El hombre impasible, atribuye, no obstante, el padrinazgo político de Mariano Rajoy al legendario Pío Cabanillas Gallas y su introducción en este mundillo al mismísimo Xosé Luis Barreiro Rivas, pero si bien ambas personas pudieron, en determinados momentos, ser decisivas en la carrera de Rajoy no "estaban allí" cuando él decidió que iba a sustituir el "aburrimiento" de la profesión de Registrador de la Propiedad por una pasión por la política que le ha llevado, en la plena madurez de sus 56 años, a la presidencia del Gobierno español.

Y lo ha hecho, además, enseñando en su matrícula de gallego la denominación de origen made in Pontevedra.

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