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Las intimidades de Franco

El general se revelaba en las cacerías como un ávido
chismoso interesado en cotillear de la clase social alta

 03:47  
Francisco Franco Bahamonde.
Francisco Franco Bahamonde. 

EUGENIO SUÁREZ EUGENIO SUÁREZ ES EXDIRECTOR DEL PERIÓDICO 'EL CASO' Ha sido uno de los hombres sobre los que más se ha escrito y, sin embargo, su vida particular fue una sombra velada desde los comienzos.

Nacido en una familia de marinos también el joven Francisco hubiera querido seguir la tradición, pero la Academia Naval cerró ese año crítico y tuvo que ingresar, a los 15 años, en la de Infantería. De casi todo el mundo es conocido el fracaso hogareño, con un padre mujeriego y una madre santurrona.

Su escasa talla, que daba el mínimo para el servicio de las armas, la frustración vocacional y cierto tartamudeo redujeron su paso por Toledo a un nivel más cerca de la cola que de la cabeza. Pero aquel oficial de frágil aspecto forjó una intimidad a la que casi nadie tuvo acceso.

La guerra de Marruecos era el trampolín para la milicia y el oficial canijo destacó no por ser mejor que los demás, sino por ser muy diferente. La vida de un guerrero africano se encuadraba entre el campo de batalla, las timbas donde jugarse la paga, presumir de éxitos sexuales, beber sin tasa y el usufructo de, por lo menos, una morita en el catre.

Franquito, como era llamado, bebía leche, no jugaba en la ruleta ni tenía compañía femenina. Pero saltaba sobre las trincheras y se exponía como el que más, siendo herido varias veces.

Cada balazo rifeño, tenía una recompensa y el oficialillo elegía siempre la del ascenso, desdeñando medallas y condecoraciones, que solo le llevaron a ganar la Militar Individual, máximo galardón después de la cruz laureada de San Fernando.

Vuelve a la Península, ya con el rango de comandante, el más joven en su grado. Contrae matrimonio con una señorita de buena familia y de profundas convicciones religiosas. Era envidiado, probablemente detestado por sus compañeros, que le consideraron siempre un elemento extraño, pero la trayectoria militar y su expediente le ponían al abrigo de maniobras. Eso y no mezclarse, por principio, en avatares políticos.

Dirige la Academia de Infantería de Zaragoza, cerrada por la República, lo que debió crearle una profunda animadversión hacia el nuevo régimen. Nunca ocultó su adicción realista, Alfonso XIII fue padrino de su boda, pero ser monárquico no excluía convertirse en futuro competidor.

Sociedad dormida

Aquella España republicana fue un permanente hervor que agitó a una sociedad dormida durante siglos en el seno de las realezas absolutas.

Es un embuste generalizado hablar de aquel tiempo como de paz y progreso, ambas cosas deseadas pero obstaculizadas por la política, la hegemonía sindicalista en la calle y la violencia como utensilio democrático. Franco, empujado por la derecha se presenta a diputado, pero no sale elegido.

El gobierno de Azaña ve con aprensión que aquel soldado con tan brillante expediente puede ser un enemigo y le envía lo más lejos posible: como capitán general en las Islas Canarias. Antes había rechazado tomar parte en los innumerables complots y golpes de Estado, hasta que, diestramente convencido por el general Mola, accede a colaborar, bajo condiciones: su familia sería puesta a salvo por un barco de guerra extranjero y él dispondría de un avión y el más absoluto sigilo para colaborar en el inmediato levantamiento. Y algo de dinero.

No se puso en cuestión la jefatura del golpe, que correspondía, por veteranía, al general Sanjurjo, reincidente sublevado que vivía el exilio en Portugal.

A Franco le estaría encomendada la subversión del ejército de Marruecos, donde su ascendiente seguía siendo incontestado. Es, por tanto, erróneo hablar y difundir que el enfrentamiento hubiese sido una decisión personal del ferrolano, que solo era uno entre tantos. Ni siquiera se planteó como guerra.

El destino interviene con su guadaña y se lleva por delante al jefe de la rebelión, Sanjurjo, cuya avioneta, se ha dicho, no pudo con el peso excesivo del equipaje donde transportaba todos los uniformes de gala. Capotó en las afueras de Lisboa, muriendo el cabecilla.

Escasez de dirigentes

Iniciada la lucha, el cerebro político, otro general, Emilio Mola, perece en accidente aéreo. El detonante del conflicto y jefe parlamentario de la oposición, José Calvo Sotelo, había sido asesinado por orden del ministro de la Gobernación y miembros de la escolta de Indalecio Prieto, insólito crimen del que no ha habido responsable. Otro importante conspirador, José Antonio Primo de Rivera, permanecía encarcelado en Alicante y, aparentemente, la rebelión estaba condenada al fracaso por escasez de cabezas dirigentes.

En los primeros días los facciosos apenas ocupaban la tercera parte del territorio, en la que faltaban las capitales más importantes, los víveres, armas y municiones. Esa es, a mi juicio, la escena, tan maquillada y embrollada por el atentado a la verdad que es, últimamente, vulnerada por la estúpida ocurrencia de inventar la ley por la ciudadanía.

La guerra se decide en esos primeros meses cuando un bando organiza y articula el auténtico ejército y el oro se desgarra en disensiones internas, venganzas y desorden. La ayuda alemana e italiana vino después y Madrid fue salvado por las Brigadas Internacionales, que apenas combatieron, pese a cuanto se ha dicho, cuando el Gobierno había huido a Valencia.

Hartos de la dictadura

Igual que me ocurría a mí, muchos españoles estaban hartos de la dictadura, cuyos resultados positivos venían deteriorados por la prepotencia y desprecio hacia los ciudadanos.

Tuve la fortuna de dar, casualmente, con un éxito editorial como fue el semanario El Caso que me proporcionó la única independencia posible que conozco: la económica. Ese privilegio me ahorró problemas de conciencia y facilitó el acceso a círculos sociales que hubieran estado cerrados.

Inexistente en la intimidad

Franco en la intimidad era prácticamente inexistente. Sin amigos de juventud, los compañeros de la milicia siempre más viejos y de inferior graduación, rodeado de envidiosos, sin aparentes debilidades por el alcohol, el juego, las mujeres, el dinero o, incluso, la política llevaron al jefe militar a prolongar la vida cuartelera. Después de tres años de guerra victoriosa, se instala a las puertas de la capital asediada, manda a los generales y allí planta su plana mayor.

Habitualmente hacía las comidas con su reducida familia, algún ayudante y pocos compromisos. Por cierto, siempre se dijo que en aquella casa la cocina era mala, apenas se cataba el tinto y solo faltaba sacudir los manteles a las puertas del palacio del Pardo para comida de los pájaros.

La jornada del amo de España era monótona y aburrida, salvo espaciadas recepciones oficiales. Franciso Franco tenía la oficina en su casa y allí celebraba los consejos de ministros, de los cuales conocí una curiosa anécdota, comentada a mi padre por un paciente que era sargento o brigada en Palacio con una curiosa encomienda.

Durante los largos consejos de ministros este hombre se situaba tras una cortina o paramento, donde había un agujero desde donde veía al impasible jefe. Fue motivo de muchos comentarios que nunca se levantara para ir al servicio y parecía tener una vejiga milagrosa, pero el truco estaba en que, cuando surgía la necesidad, Franco hacía un gesto imperceptible -tocarse la oreja, la nariz, el cogote- y el suboficial, tras llamar, accedía a la sala y acercaba la boca al oído del general. Este, con un leve gesto de sorpresa, se levantaba y murmuraba una excusa para atender una urgente llamada telefónica. Iba a hacer pis, de forma clandestina. Mi padre me lo contó, ya desaparecido el dictador.

Caña en mano

Había un solo lugar donde Franco era accesible al número forzosamente reducido de las cacerías. Aunque su verdadera pasión fue la pesca, resulta un deporte muy solitario, sentado en la popa, con la caña en la mano. En ojeos y monterías invernales se reunían las mejores escopetas del mundo.

Tuve la fortuna de disfrutar de la amistad de un hombre muy inteligente y generoso, el marqués de Paúl, muerto prematuramente, que disponía de una de las mejores fincas cinegéticas de perdices, en Albacete. La Dehesa Los Llanos, propiedad por matrimonio de su madre con el marqués de Larios.

Las cacerías tienen un protocolo bien delimitado y en este caso, los asistentes llegan con antelación a la finca y esperan al Caudillo, generalmente puntual, avanzado el anochecer. En una ordenada fila, tras saludarlos en el hall, pasaba a sus habitaciones para un leve aseo y se reunía con el resto, en un sustancioso aperitivo y una cena que concluía temprano. No era preciso levantarse demasiado pronto pues amanece tarde.

Un nutritivo desayuno congrega a los cazadores que, en aquel lugar, salían en coches hacia los puestos, verificado el sorteo donde se procuraba que el mejor lugar fuera atribuido al huésped de honor. Tras el "taco", el ligero refrigerio a media mañana, y tras un par de ojeos, el almuerzo en cualquiera de los cortijos diseminados por una propiedad de unas 18.000 hectáreas.

Tras varias intervenciones vespertinas, la cena, de gala en la segunda noche, donde las damas podían lucir joyas y modelos en plena Mancha de Albacete. Por cierto, tras la llegada de la democracia se empezó a notar la falta de sortijas, collares, dijes, relojes, dinero, quizás por el viento de progresía que se anunciaba, pero hasta entonces aquello parecía la cámara acorazada de un banco.

Conversación con el dictador

Llegaba la cena y el café, momento en que los asistentes podían acceder, con pocas limitaciones, a la conversación con el dictador. Me lo han descrito muchas veces y la deducción más extendida es que Franco, hombre tan hermético, aparentemente embebido en pastorear una nación, se revelaba como un ávido chismoso, interesándose por los cotilleos de la clase social alta. Rara vez le acompañaba la esposa, que no era tiradora, como otras prestigiosas escopetas, entre las que destacaba la de la condesa de París, heredera, con el esposo, del supuesto trono de Francia. He de acotar que yo no figuraba como cazador, lo que hacía posible mi invitación, al no disputar puesto en las esperas.

El SEAT

Cierta noche -lo he contado en un libro- la dueña de la casa le dijo a su invitado: "Mi general, quisiera que me dieran un coche". Traducido al lenguaje de la época, solicitaba una licencia de importación o, en el caso, un SEAT de los que acababan de empezar a fabricar en España. Franco, sacó del bolsillo un pequeño bloc y un bolígrafo y tomó nota: "Se lo pediré al ministro de Comercio, a ver si me hace caso".

Los anfitriones eran propietarios de varias importantes empresas, una de ellas, la de Ginebra Larios, en Málaga, que vivía -hacia los primeros 70- un creciente malestar social, trufado de pequeñas huelgas y conmoción política.

El marqués, poco después dio otra vuelta al mundo en su yate, del que era experto capitán, no sin reprochar a su progenitora que molestara al magnate con tan ridícula solicitud. "¿Para qué quieres un SEAT? Tienes ya dos coches y cualquier representante te lo vende con 5.000 pesetas de sobreprecio. Solo en bocadillos y cafés para la seguridad de este invitado nos gastamos más". "Pues no me da la gana de pagar sobreprecio", contestó su madre, con empecinamiento.

Pasaba el tiempo, el conflicto social en las fábricas crecía de manera sorda y las advertencias del Gobernador Civil se hacían apremiantes, con amenaza de multas e intervenciones. El marqués, antes de concluir la temporada de caza, coincide con Franco.

La ceremonia se repite, el impasible general va dando la mano a un invitado mientras mira al siguiente, pero al llegar a la altura de mi amigo, le abraza y murmura al oído: "Dile a tu madre que el ministro de Comercio ha denegado mi recomendación para el coche. Lo siento".

Regresa el viajero de su periplo y en la oficina de la finca le agobian con las exigencias del gobernador, que han tenido, la víspera, caracteres de ultimátum: "Tiene usted que ir a verle, esto puede ponerse feo", le dice el administrador. Haciendo de tripas corazón, nuestro terrateniente llama al preboste y le citan para el día siguiente.

Revoltosos

Llega puntual, pasa delante de una turba de jefes locales, solicitantes y pedigüeños para encontrarse con el temido jerarca, que le recibe con una amplia sonrisa y le abraza: "Mi querido marqués, perdone que no haya ido yo a visitarle. He tenido noticias, por mi colega en Ciudad Real del cariño con que nuestro Caudillo le abrazó el otro día...¡Ah! En cuanto a los revoltosos de sus fábricas, no se preocupe, les amansaremos con mano firme".

El fútil mensaje tuvo efectos majestuosos y cercenó una protesta laboral gracias al pequeño signo externo de unas palmadas en los hombros. Del SEAT se había olvidado hacía tiempo la solicitante.

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