A vueltas con el imposible

27.09.2015 | 02:07
A vueltas con el imposible

Guste o no, Mas ha sabido llevar la campaña de las elecciones de este domingo al terreno que le convenía. Ése es un mérito que no se le puede negar: todos le han hecho el juego. Rajoy se cansó de repetir que los comicios son autonómicos, no un plebiscito sobre la independencia de Cataluña, pero al final no le quedó otra que embestir el trapo. En los mítines, por tanto, solo se ha hablado de una cosa: de la secesión y sus consecuencias. Pero por separado: de las consecuencias, el PP, el PSC y C's, y de la secesión, proyecto ilusionante, los otros: Junts pel Sí y la CUP.

Convertir las convocatorias electorales ordinarias en plebiscitos es lo último en política. El griego Tsipras convocó en julio un plebiscito que era una moción de confianza, y el pasado día 20 se celebraron en ese país unas elecciones que eran un plebiscito. Pero lo de Cataluña es diferente, porque no es solo Mas quien se examina; también se examinan el Gobierno y, por extensión, los cuatro partidos que aspiran a ganar las elecciones generales de final de año, cuyo resultado determinará qué rumbo toma la "cuestión catalana": si de ruptura, con declaración unilateral de independencia incluida, o de larga, complejísima y, muy probablemente, infructuosa negociación para materializar ese imposible jurídico, político y filosófico: la nación de naciones.

Al primer escenario conduciría, sin duda, un nuevo Gobierno del PP, y aquí da igual que sea en solitario o formando pareja con Ciudadanos, porque las posiciones de ambos partidos son coincidentes; mientras que el segundo sería factible con una hipotética alianza entre el PSOE y Podemos, indeseada y descartada -hasta ahora- por sus líderes. Los de Sánchez defienden una reforma constitucional para convertir el Reino en un Estado federal (¡con Rey!) y los de Iglesias un proyecto constituyente para instaurar la III República. Podrían entenderse, malgré tout.

Pero, volviendo al presente, es bien triste que la campaña electoral que acaba de concluir haya orbitado, entera, en torno a una (im)posibilidad de la que se derivan todas y cada una de las consecuencias que han ocupado a políticos y periodistas durante meses: que Cataluña puede independizarse de España. Es triste, pero sintomático: nos dice cuán irresponsables son nuestros responsables políticos.

El debate nunca debía haber consistido en si un hipotético Estado catalán podría seguir dentro de la UE; si los ciudadanos de esa nueva nación, nacidos todos españoles, conservarían la nacionalidad española; si sus antiguos compatriotas continuarían contribuyendo al pago de sus pensiones; si en ese pequeño país habría bancos, corralitos o tiendas de Pronovias... Y no debía porque ninguna de esas consecuencias va a darse, ya que Cataluña no puede independizarse de España.

No puede porque, además de contravenir la ley, los únicos defensores de la secesión son una porción de catalanes -muchos, es cierto- que han salido a la calle cada 11 de septiembre desde 2012. Eso suponiendo que todos los que se han manifestado en las diversas vías de la Diada desde esa fecha -varios millones- no sean los mismos y que deseen, de verdad, la independencia, cosa que dudo intensamente.

Ni el resto de los catalanes -más o menos la otra mitad- quiere tal cosa, ni la quiere el resto de los españoles. Pero, más importante, tampoco la quiere ningún país de la UE que albergue en su seno, en el estado de evolución que sea, un proyecto separatista. Ni ninguno de los próceres de la Unión: ni Merkel, ni Hollande, ni Cameron. Ni Obama, ahí es nada.

Y, además, como demostraron las guerras de desintegración de la antigua Yugoslavia, con valedores como Alemania se independiza uno pronto (Croacia), pero sin ellos se tarda bastante más y muere muchísima gente (Bosnia-Herzegovina).

La independencia de Cataluña no tiene más valedores que: a) los representantes del sector iluminado (los que creen que es posible), como Romeva y la CUP; b) los que se juramentaron hace décadas para conseguirla, convirtiéndola en el motor de sus vidas, como Junqueras (ERC), y c) los que, como Mas, se han envuelto en la estelada y cagado en la senyera para poder servirle al patriota catalán un relato nacional que le hiciera olvidarse de los recortes y la peste de la corrupción.

Sin embargo, entre todos pueden sumar mayoría absoluta en el Parlament y hasta más del 50% de los votos. Dependerá de lo que hagan los habitantes del área metropolitana de Barcelona, el antes llamado cinturón rojo. Si acuden a las urnas como hacen con ocasión de las generales -y en el conjunto de la comunidad la participación supera el 70%-, a Mas puede complicársele la obtención de su objetivo.

En caso contrario tendremos un Gobierno independentista, y el enfrentamiento entre los ejecutivos de Madrid y de Barcelona continuará, bien que con altibajos, hasta las generales, cuando todo cobrará -esperemos- un cariz menos estulto y melancólico.

Pero, en el fondo, qué pereza: si algún día consiguen la independencia, será por aburrimiento.

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