Desafío, unidad, miedo

30.10.2015 | 01:08
Desafío, unidad, miedo

El cabeza de lista de la CUP, Antonio Baños, prometió montar un pollo, y aquí está. La semana que viene el Parlament aprobará el inicio del conato del proceso de ruptura con cualquier legalidad conocida, a excepción, claro está, de la legalidad catalana. La ruptura es tautológica y metonímica: una parte de la legalidad se revuelve contra el todo del que emana y lo desprovee de legitimidad. Pero, sobre todo, parece haber sido diseñada para que el "mandato de desconexión" que salió de las urnas el pasado 27 de septiembre -ese que respaldó menos del 48 por ciento de los catalanes- se materialice en un contexto político de absoluta provisionalidad y abstracción de los dos grandes partidos estatales en su pugna por el poder.

La declaración independentista que este martes pactaron Junts pel Sí y la CUP lleva el inconfundible sello de los anticapitalistas-antisistema, cuyo lema para estas decisivas fechas podría ser: "Cuanto más embarrado el campo, mejor": gobiernos en funciones tanto en Madrid como en Barcelona, cero perspectivas de pactar la investidura del nuevo presidente catalán, grupos que aún no se han constituido como tales (PPC), cercos judiciales a la familia del padre de la patria, a los empresarios amigos de Convergència y a su propia administración? Y, para colmo, elecciones generales dentro de cincuenta días, tras las cuales habrá que repartir entre cuatro -veremos en qué porciones- lo que antes se repartían solo dos.

Como ya ocurriera con ERC desde enero de 2013, los convergentes, el partido de la burguesía tendera, vuelven a ceder el liderazgo efectivo del proceso soberanista a una formación situada a su izquierda, pero esta vez tan a la izquierda que el entendimiento semeja una aporía. Qué esperan conseguir, aparte de desaparecer del mapa político, es, como decía Churchill acerca de Rusia, "un acertijo envuelto en un misterio dentro de un enigma". Pero pistas hay: está el relato nacional ilusionante para distraer al catalán de los efectos de la crisis, y luego la construcción nacional, con pollo incluido, para que ese mismo catalán no se independice de todo y de todos, ante tanta evidencia de expolio por parte del padre fundador y su hueste de familias contribuyentes sin pizca de sangre charnega.

Con lo que seguramente no contaban ni la CUP ni JxS es con la reacción de Rajoy, que, para ser de Rajoy, ha sido de lo más rápida y mucho menos timorata que otras precedentes. Sabedor de que su actuación en las próximas semanas respecto a Cataluña puede proporcionarle un extra de votos -más, seguro, de los que palmó el 27-S-, el jefe del Ejecutivo quiso paliar el órdago independentista el mismo martes con una declaración institucional en la que transmitió firmeza sin aspavientos. Y un día después confirmó que intentará no cometer la tontería que Mas y los demás esperan de él, al decir que su respuesta será "proporcional" para "no equivocarnos ni sobreactuar". Pero hizo algo más, se reunió con el líder del PSOE, Pedro Sánchez, y ambos acordaron "coordinarse", pese a la proximidad de los comicios, para actuar unidos ante el desafío.

El resultado de ese encuentro en el Palacio de la Moncloa ha sido la inesperada creación de un bloque constitucionalista -al que hoy se suman Ciudadanos y Podemos- a las puertas de unas elecciones en las que el PP se juega la continuidad en el poder y el PSOE aspira a reverdecer laureles. ¿Señal de unidad? ¿De miedo? ¿De unidad ante el miedo? Pues que dure el miedo. Y la unidad, aunque lo dudo.

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