El juicio del 'caso Nóos'

Matas recupera el oído a tiempo

El expresident de Baleares anotó la catarata de ataques que le dedicó Pepote Ballester, con quien se saludó cordialmente, durante su declaración

10.02.2016 | 00:33
Cristina de Borbón y su marido, Iñaki Urdangarin, a su salida del juicio.

Hace mucho que Matas rompió su relación con los que fueron sus más estrechos colaboradores. Personas que utilizó para dar forma a sus sueños de convertir las islas en un gran centro turístico, a través de eventos o majestuosas obras públicas, como el Palma Arena o el frustrado proyecto de la Ópera de Calatrava. Ahora está solo, defendiéndose de los testimonios de estos antiguos colaboradores, que decidieron cargar todas las culpas contra él para evitar la cárcel.

El expolítico sabía que la primera sesión del juicio se centraría ante todo en juzgar sus decisiones de contratar, directamente y sin concurso previo, todos los proyectos que venían de la mano de Urdangarin. Eran tiempos en los que el expresident quería agasajar tanto a la Familia Real que era suficiente que el yerno del Rey le vendiera proyectos para comprarlos a cualquier precio. Al fin y al cabo no los pagaba él, se financiaban con dinero público, pese a que sí le correspondía pedir explicaciones del destino de estos fondos.

Matas hace muchos años que sufre graves problemas en ambos oídos. Hasta no hace mucho estaba casi sordo y en las últimas apariciones públicas se le había visto con un aparatoso vendaje en la cabeza. Para hablar con él, su interlocutor tenía que utilizar una especie de pinganillo electrónico. Pero parece que va recuperándose, gracias en parte a los avances tecnológicos para este tipo de lesiones. Ya no utiliza ningún elemento electrónico para oír y el aparato que lleva camuflado en las orejas apenas se le ve.

La declaración de Ballester iba a tener una influencia decisiva en el futuro de Matas. El expresident era consciente de que ya no podía excusarse en que él daba las órdenes y sus subordinados las cumplían. En la contratación de Urdangarin fue él quien decidió, eso no lo duda nadie, como tampoco que el cuñado del Rey "conquistó" al entonces president tras una partida de pádel en Marivent.

Matas se pasó toda la mañana tomando notas. Nadie sabe lo que escribió, pero llenó varios folios que después escondió en una carpeta azul. No hizo ni un solo movimiento de queja cuando Ballester, al que saludó cordialmente, contó que le había ordenado que pagara el dinero que le exigía Urdangarin, a pesar de que el Instituto Nóos no había cumplido con los acuerdos y no había entregado los trabajos previstos. "A mí lo que me importa es ganar las elecciones este domingo", le cuestionó Matas a Ballester cuando se quejó de la presión a la que le sometía Urdangarin para que le entregara el dinero que restaba por pagar.

Pero no todos fueron ataques contra él durante la declaración del exdirector general de Deportes. Ballester defendió con toda firmeza la decisión del Govern de Matas de invertir 18 millones en patrocinar un equipo ciclista de primer nivel, proyecto que también venía de la mano del exduque de Palma. Ballester mantiene que todavía puede verse a ciclistas en toda Europa vestidos con el maillot de Illes Balears, lo que consideró una gran promoción turística del archipiélago.

Mientras tanto, la infanta Cristina pareció ayer algo más relajada que el primer día. Antes de entrar en la sala habló amigablemente con dos de las otras mujeres que son juzgadas: Ana María Tejeiro y Mercedes Coghen. Una vez dentro, recuperó su ya conocida postura de seriedad ante el difícil momento que vive. Apenas habla, salvo con el acusado que se sienta más cerca de ella, aunque las conversaciones son más bien cortas. Su nombre solo se mencionó una vez y fue a través de la abogada de la acusación popular. Virginia López Negrete se limitó a preguntar a Ballester una obviedad: si era amigo de la Infanta y de su marido. Contestó que sí.

Quien parecía que el juicio de ayer no iba con él era Alfonso Grau, exvicealcalde de Valencia. Se pasó la mañana jugando con el móvil, recibiendo y enviando mensajes. Grau quiso compartir sus risas con otros acusados. Con Urdangarin, que estaba a su izquierda, no se atrevió, pero sí con Salvador Trinxet. Le mostró los mensajes que iba recibiendo, para que ambos pudieran reírse. Una forma de romper la tensión.

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