De otro tiempo

03.03.2016 | 01:25

El primer debate de la legislatura da la medida de lo que cabe esperar de la preñez sin visos de alumbramiento en que se ha convertido la política nacional. Pese a que la fricción entre lo viejo y lo nuevo fue uno de los ejes discursivos de la campaña electoral, ayer en el Congreso quedó en evidencia que nada cambia: hay un vacío de debate político que se pretende suplir con retóricas tan antiguas como improductivas. Todo parecía de otro tiempo, un baño de pasado que ahoga cada vez más la esperanza de que podamos salir de ésta sin pasar por nuevas elecciones.

El discurso de prócer de casino de Mariano Rajoy fue verbo añejo cargado de referencias sacadas de la enciclopedia Álvarez, tono y contenido que confirman su condición de irrecuperable para la política de ahora y su extravío en alguna dimensión del pasado de la que sólo puede rescatarlo el equipo del Ministerio del Tiempo.

Rajoy estuvo duro consigo mismo. Cada descalificación a Sánchez es una autocrítica. Alguien que alienta tanto a los emprendedores nada debe reprochar a quien aprovecha la oportunidad. Si ese bluff prosperó fue porque a él le faltaron valor o ganas para acudir a la cita con el fracaso concertada desde la misma noche del 20D, aunque ayer quisiera disimular el encogimiento presentándose como avaro del tiempo: "No gasté ni un solo día". En intentarlo, cabría añadir. Por eso su vituperio a Sánchez es el reconocimiento del error definitivo, el que lo deja fuera de juego por más que se resista a admitirlo.

El presidente sin agenda tuvo que escuchar de Rivera un "se acabó su tiempo" y una incitación a una conjura interna de los populares, que quizá finalice como los idus de marzo, con Rajoy reconociendo a alguna cara cercana entre quienes lo finiquitan.

La sombra de Rivera, el hombre sin partido, se hace cada vez más amenazante para esa derecha enquistada, que o se abre a las condiciones del líder de Ciudadanos o acabará tan perdida en la historia como lo está ahora su jefe máximo.

La dogmática de Pablo Iglesias hizo mutar su estreno parlamentario en una reposición de la cara más oscura de la izquierda redentorista, cuya sola visión obliga a pensar en el grado de desesperación al que PSOE y PP han llevado a una parte importante del electorado.

Aunque el primer Pablo Iglesias sirvió de hito discursivo a su homónimo en una intervención cargada de citas, el Iglesias de ahora dejó aflorar en los momentos calientes del debate una aversión a todo lo que encarna Pedro Sánchez que hace inviable que entre ambos se pueda abrir ninguna vía de entendimiento. Demasiada distancia para un simple baile, así que de mestizaje ni hablamos.

El mayor fallo de la Transición y todo lo que vino después fue que Iglesias no estaba allí. Así lo dejó patente con su querencia a enrocarse en un pasado del que, pese a su indudable precocidad, carece de vivencia, lo que exacerba su retórica y la vuelve, aunque sea desde la otra orilla, tan fuera de tiempo -tan viejuna que se dice ahora- como la del mismo Rajoy

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