La flojera de Rajoy

15.06.2016 | 00:55

Debates tan pautados como el único en el que confrontaron los cuatro principales candidatos a las elecciones del 26-J dejan escaso margen a que alguno de los contendientes consiga romper el discurso de los demás, el único momento que tendría algún interés para el espectador. Por eso la impresión de conjunto es que presenciamos una serie de monólogos elaborados con la precisión necesaria para ajustarse al escaso tiempo disponible y aturdir a la audiencia con cifras cantadas a una velocidad de vértigo que hace imposible desmenuzarlas. Sin negar, en ningún caso, la importancia de los datos, siempre manipulables por más que quieran disfrazarlos de pura matemática, ¿por qué todos los equipos de campaña están convencidos de que es lo que de verdad interesa a los electores cuando escuchan a los candidatos?

El asunto siempre caliente de la corrupción rompió la tendencia al sopor de un pobre espectáculo electoral, carente de toda intriga una vez que quedaron en evidencia las maniobras de cortejo y rechazo entre Iglesias y Sánchez.

Hay que fijarse casi más en algunos susurros que en las palabras claras para entender por qué a Mariano Rajoy le cuesta tanto encontrar a alguien que quiera juntar escaños con él. Como ya quedó en evidencia en alguna entrevista televisiva, ante lo que para los españoles constituye el segundo problema más grave después del paro, según reflejan las encuestas del CIS, la actitud del líder del PP se limita a un intento de minimizar los daños que genera lo que ha aflorado en torno a su partido. Una estrategia de muy corto alcance con todo lo que los populares tienen encima, pero la más segura desde el punto de vista interno, dado el impacto que algunas de esas causas judiciales tienen en la estructura de poder del partido. Empezando por la caja B de Bárcenas, que afecta al corazón mismo de la sala de mando. Desde esa posición resbaladiza, estrictamente defensiva y sin un mínimo reconocimiento de responsabilidad, es difícil convencer a nadie de su voluntad de evitar que se repita en el futuro lo que tanto papel genera ahora en los juzgados. El sino de Rajoy era, llegados al bloque de la corrupción, que le llovieran golpes de todos porque él mismo se ató las manos antes de entrar en el estudio.

Decir por lo bajo que lo que llevó a dimitir a su ministro Soria -operar en un paraíso fiscal- es "un asuntillo de hace veinte años" delata una laxitud muy del estilo del presidente, que quizá pudiera exculparse como algo propio de la marca de la casa si no fuera porque las zonas oscuras de la política están ahora en el centro del debate público y de las preocupaciones ciudadanas. En el momento culminante de su flojera, el líder del PP renunció incluso a devolverle los ataques a Sánchez y se limitó a amenazarle con hablar de los enfangamientos del PSOE, algo que no se sabe si fue un farol de mal jugador o la buena voluntad de romper la cadena del "y tú más".

Rajoy se empeña en ignorar la magnitud del daño de la corrupción en su partido y pone cara de extrañeza cuando le hablan de regeneración. El día que lo asuma quizá deje de ser él mismo, pero el PP tendrá alguna oportunidad de encontrar un socio de gobierno.

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