El opositor Rajoy

31.08.2016 | 00:41
El opositor Rajoy

Ocho meses ha tardado Mariano Rajoy en acudir a la cita con su destino, que es el de ser derrotado en un debate de investidura para escenificar en el Congreso el fin de época que, por dos veces, se revela como la voluntad más clara salida de las urnas.

El camino hasta ocupar ayer su lugar natural, como cabeza del partido más votado pero sin mayoría suficiente, fue incierto, serpeante, con salidas cegadas que alentaban el espejismo de estar alcanzando el destino. A diferencia de los muchos que asumen la ruta como un proceso de mejora y autoconocimiento, Rajoy no aprendió nada de lo acontecido en este largo recorrido. Su discurso sigue inmutable desde las elecciones de diciembre, ajeno a la evidencia de que estamos ya en otro tiempo en el que a quien vaya a gobernar se le exige bastante más que cumplir con los plazos y exigencias del recto proceder burocrático. Hay una tarea urgente de recomposición social y persiste el desacuerdo sobre que quien ocasionó el daño sea el más capacitado para restañarlo, una duda que el candidato popular tampoco consiguió disipar en su intento de revalidar el título.

El aspirante a continuar como presidente del Gobierno volvió a ser ayer el Rajoy opositor que desgrana su temario ante el tribunal, convencido de que lo importante es no dejar fuera nada de lo que conviene repetir, de la importancia de insistir con tono plomizo en lo que, hasta la saciedad, venimos escuchando desde hace semanas en todos los formatos que admite la propaganda presidencial.

Fue la prueba de ese hecho que tanto inquieta a Luis Garicano, cabeza de peso en Ciudadanos, para quien la política española sufre el lastre de estar dominada por opositores, aquellos cuyo primer horizonte profesional es encaramarse a una plaza de registrador, abogado del Estado o inspector de Hacienda.

Confinado en los límites de su propio temario y resignado ante un final escrito de antemano, el arpirante popular renunció a buscar algo que pudiera aproximarse a un desenlace abierto, lo que es tanto como decir que está cegando posibles intentos futuros. En esta línea, hay indicios incluso de que ayer Rajoy arruinó la entente con Ciudadanos y cerró toda posibilidad de que atraerse los votos del PNV sea algo más que una mera opción de contabilidad parlamentaria.

Su apatía en la tribuna mereció el reproche de quienes tan sólo cuarenta y ocho horas antes eran socios entusiastas. Rajoy ninguneó de nuevo a los de Rivera colocándonos en la misma lista de los suyos, dejándolos a la altura de Foro Asturias o Unión del Pueblo Navarro. Y además hizo una exposición nada entusiasta del contenido del pacto, lo que es tanto como reducirlo a un mero acuerdo de coveniencia. El desaire del candidato sumió de nuevo a Ciudadanos, al final de la sesión, en la bipolaridad que marca su estilo político.

Ese acuerdo tiene también algo de fin de época, pero como consagración de lo conseguido en los cuatro años precedentes. Lo que llaman el Complemento Salarial Garantizado, que absorbe la mayor partida de gasto de un conjunto de medidas casi consumadas -si hacemos caso del tono con que Albert Rivera las expuso el domingo pasado- transfiere a las cuentas públicas la merma de percepciones que tantos asalariados sufrieron en ese tiempo oscuro que se quiere dar por terminado. Quienes suscriben el complemento salarial asumen que en España el trabajo ya no garantiza una vida digna treinta días al mes a los, según sus cifras, más dos millones de potenciales beneficiarios. Ante la incomodidad de defender un cambio de las condiciones laborales, para acabar con la quiebra salarial impuesta al socaire de la crisis y relanzar la economía, los firmantes prefieren recurrir a los fondos públicos, dinero fácil frente a otro.

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