Mejor para el cambio

05.09.2016 | 00:24

Varias cosas han quedado claras después de la fallida investidura de Rajoy. Entre ellas, una: es exactamente igual tener 137 escaños que 85 si la mayoría depende de voluntades desiguales. Y dos: las enojadas expresiones del PP cuando repite su cuota de voto como presunto derecho de gobierno, denotan la resistencia a entender que casi todo está cambiando en España. No es otro el fondo de un argumentario que empieza a sonar patético. Quiérase o no, algunas normas y dogmas del pacto constitucional están a punto de ser historia, al igual que la exclusividad bipartidista. Los actores son ahora cuatro y el derecho a gobernar deriva de sus equilibrios o diferencias en la negociación de una mayoría plural.

Tengo por banal la acusación de que Pedro Sánchez ha querido dar visibilidad, en la persona de Rajoy y su partido, al revolcón sufrido por él mismo. Y sospecho que la mirada del líder socialista es mucho más larga que la que se le atribuye (incluso por históricos de su familia). Tras las dos votaciones perdidas por el PP, queda el tablero en mejores condiciones para hacer fraguar un gobierno de cambio. Los de Rivera han propiciado inviables soluciones votando primero a los socialistas y después a los conservadores. Un pacto a tres con el PSOE y Podemos templaría en holgada mayoría absoluta -sin sumar partidos secesionistas- los posibles excesos en urgencias o intensidades del cambio que desean. Pero incluso su abstención, lo único que les falta probar, garantizaría a un bipartito de centroizquierda más votos de los que tiene la derecha para gobernar en minoría.

Llevo tiempo en la creencia de que Ciudadanos tiene la llave de un cambio real sin separatistas. Y quiero pensar que la cadencia de dos, quizás tres elecciones, no desprecia temerariamente la voluntad ciudadana sino que pugna por llegar a la suma capaz de verificar el cambio, dos veces exigido en las urnas. Presuntamente, el PP no desea cambios -ni siquiera el de su rechazado candidato- en vísperas de la cadena de actos judiciales derivados de la corrupción. Y desfachateces como la de apoyar a Soria para la dirección del Banco Mundial ratifican que lo menos querido en sus filas es, precisamente, cambiar. Los hechos siempre empujan las palabras al escrutinio de la verdad o la mentira. En este caso. Las palabras se desacreditan por sí solas.

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