Factible, o sea, acordado

13.09.2016 | 00:38
Factible, o sea, acordado
Factible, o sea, acordado

El presidente de la Generalitat no quiere romper con el Estado sin el consentimiento del Estado. "Factible", para no decir "pactado" o "tolerado", es el eufemismo con el que ahora se refiere Puigdemont al referéndum por el que los soberanistas catalanes llevan pujando desde 2012. Nada ha cambiado, pues, en cuatro años, salvo que, como prueba la última Diada, el sostén callejero del procés empieza a dar muestras de flojera.

"Hay que seguir insistiendo al Estado", concluye el presidente catalán, que da así evidente prioridad a la consulta acordada ("factible") sobre la consulta unilateral que, por otro lado, se ha visto casi obligado a firmar ante notario para que la CUP no le deje tirado como una maleta en la cuestión de confianza del próximo día 28.

El conflicto inherente a este doble planteamiento demuestra que el exalcalde de Gerona no se aclara, aunque amenace con seguir adelante con el calendario de la secesión y dejarlo todo listo para la celebración de unas elecciones constituyentes en septiembre del año que viene.

Que puedan ser y deparar esas elecciones es un misterio, pero una cosa es segura: salvo por los secesionistas, no serán vistas más que como otras autonómicas, las cuartas ya desde 2010. Su convocatoria, por tanto, no supondría desafío alguno, sino la enésima muestra de testarudez e ineptitud; y en un contexto, además, de insoportable sobresaturación electoral.

En cuanto al referéndum que las seguiría, concebido para ratificar una constitución catalana, ya hay precedentes: el ridículo proceso participativo del 9 de noviembre de 2014, sustentado en un censo en el que pudo inscribirse hasta Elvis Presley.

Puigdemont no quiere romper con el Estado sin el consentimiento del Estado, aunque juegue a la unilateralidad cuando lo necesita para no caerse de la poltrona. Y en esa contradicción lacerante vive y hace vivir a los catalanes, que no saben lo que es tener un gobierno que gestione sus asuntos desde 2012.

Su problema es que, sin garantías democráticas, sólo conseguirá convencer a los de su palo de que vayan a votar. Y esas garantías, hoy por hoy, únicamente puede proporcionarlas el Estado del que quiere separarse.

Es como la otra contradicción en la que han caído, la dineraria: pretenden romper con el padre que les da la semanada, pero seguir percibiendo de su bolsillo para irse de fiesta. Qué padre consentiría eso.

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