Provisionalidad de largo plazo

08.10.2016 | 00:36
Provisionalidad de largo plazo

Cortó Rajoy, con una rapidez insólita para los tiempos que maneja, la pretensión de algunos de los suyos de, aprovechando sus calamidades internas, exigir al PSOE compromisos que vayan más allá de la investidura, que era tanto como robarle la cartera a un comatoso. Hay constancia de que los socialistas no están ahora en condiciones de garantizar nada a nadie, ni siquiera su abstención para el desbloqueo institucional antes de la fecha amenazante del 31 de octubre.

El primer objetivo de quienes gestionan el desastre es asegurar que cuentan con lo votos necesarios para que el comité federal se mueva del rechazo a la abstención ante el candidato popular a la presidencia del Gobierno. Los números que acabaron con el anterior secretario general no sirven: hay quienes compatibilizan el no a Sánchez y el no a Rajoy, potenciales suicidas sin diagnosticar, que llevarían a las terceras elecciones a un partido desarbolado y con un candidato de circunstancias. Con ellos todo puede empeorar, aunque algunos de los que militan en ese doble no son responsables territoriales de los que cabe sospechar que, en realidad, simulan ante las bases llevar su resistencia casi hasta el límite de lo irreductible para prevenir futuros castigos de la militancia.

Si la mayoría del comité federal opta por la posibilidad menos autodestructiva, dejar que gobierne Rajoy, al PSOE le queda por delante un proceso de recomposición tan largo como para que la gestora que encabeza Javier Fernández llegue a dejar de parecernos un órgano provisional. Los rescatadores tienen que conseguir la total desactivación del pedrismo, para que el líder que ellos contribuyeron a crear con la defenestración no reaparezca en unas primarias y se haga con el poder del partido desde una posición incuestionable. En la medida en que los gestores del PSOE se empeñen en mantener a la militancia alejada de los momentos decisivos del partido estarán engrandeciendo aquel al que echaron envuelto en la bandera de la participación.

Ese lento proceso de disolver los últimos reductos del pedrismo exige acabar también con el aura de resistente ante la derecha con la que cayó el anterior secretario general. Ante afiliados y votantes tendrán que lavar el pecado político del consentimiento a Rajoy y marcar territorio para contener a Podemos, que ya se arroga ser la única oposición que queda.

La recomposición interna incluye también la relación entre PSOE y PSC, hermanos distanciados por lo que los socialistas catalanes consideran incomprensión del resto de los barones hacia las condiciones políticas en que han de desenvolverse, emparedados entre los nacionalistas que se lo juegan todo a una consulta y el rudo españolismo. Más allá de lo ideológico, entre ambos partidos existió siempre un vínculo simbiótico que, de no reconstruirse, mermará de forma severa la presencia institucional de PSOE y PSC.

Con estos condicionantes, cabe anticipar, si salimos del fin de mes desbloqueados, un endurecimiento de las posiciones socialistas, que dificultará la acción de un Gobierno en minoría y poco entrenado para la negociación. Quizá en algún momento Rajoy lamente haber ido a la investidura y a la legislatura brevísima le suceda otra también corta.

Al PSOE le urge dejar de buscar bajo la farola de su historia las llaves que perdió en otro tiempo más cercano. Tanta apelación a su propia memoria, usada como bálsamo de la confrontación interna, sólo consigue acrecentar en los socialistas el peso del pasado que les impide asumir que están muy lejos de ser lo que fueron.

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