Aquellos catalanes

08.09.2017 | 00:49
Aquellos catalanes

Está todo sobrescrito. Tanto de actitudes como de leyes, de papanatismos y fundamentalismos: todo repleto, ondas catódicas y hertzianas, papeles digitales y de prensa. El miércoles, cuando sufrí el sainete en el Parlament de Catalunya -en silencio, muy en silencio, con la complicidad callada de los míos que me sabían triste, muy triste- me acordaba de las veces que estuve allí, en la tribuna, en los pasillos, en el restaurante. De otras paseando por sus alrededores, recién estrenada la democracia, por los jardines de Forestier y frente a la escultura de Josep Llimona, Desconsuelo. La que hay ahora es una réplica. La auténtica está en un museo, pero es una réplica excelente, capaz de transmitir con fuerza de lágrimas de mármol lo que aspira a representar. Ayer también era el mejor símbolo de lo que estaba pasando, pero nadie se acordó de ella, nadie la fotografió, nadie recuerda casi nada de ese viejo edificio que fue primero arsenal cuando el Parque de la Ciudadela era una fortaleza militar para que Barcelona se autobombardease si se portaba mal. Qué cosas.

Y mirando las caras malencaradas de ahora, eché mucho de menos otras, "qué dirían, qué pensarían, qué hubieran podido evitar, mejorar o corregir". No sé si Vázquez Montalbán habría aguantado en Vallvidrera, tampoco si Salvador Pániker se hubiera llevado un disgusto mayor que cuando le expropiaron parte de su casa por las obras olímpicas, o si Paco Candel seguiría recordando sus orígenes; quizás Antoni Gutiérrez, el Guti, aquel médico metido a gran político del PSUC, tendría las cosas claras. No sé si Jaime Gil de Biedma hubiera escrito versos tristes o si mi amigo José Luis Giménez-Frontín tendría material suficiente para una novela, negra, por supuesto. Ya no están, y los amigos de estos que todavía siguen en pie, han permanecido muy callados, silenciados casi. Es cierto que desde fuera de Cataluña no ha habido ni empuje ni presupuestos, y desde dentro, menos. Qué iban a hacer o a decir. Entre todos, hemos firmado el episodio más huraño de la historia de España, quizás, ojalá no, su penúltimo capítulo. Todo, entre otras cosas, porque los políticos no saben hacer política, no conocen la valentía ni el coraje. A muchos les cuesta decirse españoles, entre tanta plurinacionalidad, estado español y otras memeces. Ni la democracia es poner las urnas a la fuerza ni quitarlas con la ley. Me borro de esto.

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