Cataluña en su laberinto

10.09.2017 | 01:45
Cataluña en su laberinto

Aprovechando que tiene una exigua mayoría parlamentaria, el independentismo ha cumplido esta semana su amenaza de crear una legalidad alternativa en Cataluña con el objetivo de llevar a cabo un referéndum sobre la secesión y, en su caso, proclamar una nueva república catalana. Con estos actos, han metido a Cataluña en un laberinto endiabladamente complejo, peligroso y de no fácil salida.

Llegados a este punto, dejaré para otra ocasión analizar cómo se ha podido llegar a este estado de cosas e intentaré responder a dos cuestiones que se plantean hoy muchas personas: ¿se llevará a cabo el referéndum? Y, ¿que ocurrirá a partir del 2 de octubre? Veamos.

La respuesta a la primera cuestión va a depender del resultado de la confrontación de las dos legalidades, así como del comportamiento de aquellas personas e instituciones que son necesarias para organizar un referéndum creíble.

El Tribunal Constitucional (TC) ya había declarado la prohibición de cualquier consulta que no sea legal, y advertido que no respetarla traería consecuencias. Lo hemos visto ya en relación con la consulta no legal del 9 de noviembre de 2014. Ahora ha suspendido las decisiones del parlamento catalán de esta semana. El presidente del Parlamento europeo ha señalado que las constituciones nacionales forman parte del orden legal comunitario. Por otro lado, la Comisión de Venecia, un organismo consultivo del Consejo Europeo, ha dictaminado que el proceso catalán no cumple los mínimos democráticos. Parece claro que el choque de legalidades se resolverá a favor de la vigente.

¿Que harán los alcaldes que han de prestar locales para instalar las urnas, los funcionarios que han de suministrar los censos, los empresarios que han de imprimir las papeletas y fabricar las urnas, los responsables de medios de comunicación que han de decidir si publican los anuncios del referéndum, los jueces y fiscales, los policías que han de ejecutar las órdenes de los jueces? Tengo para mí que ya sea por convicción democrática, por respeto a la legalidad vigente o por el temor a las consecuencias la práctica totalidad de esas personas e instituciones respetarán la legalidad vigente.

No me parece arriesgado, por tanto, pronosticar que no habrá referéndum.

Sin embargo, los independentistas no pueden reconocer este fracaso. Si lo hacen tienen que convocar elecciones. La frustración de sus votantes puede provocar un castigo electoral que los saque del poder. No pueden frenar su lógica secesionista. Si paran de pedalear se caen. Se verán forzados a hacer algo. Ya sea promover movilizaciones, ya sea sacar urnas improvisadas el 1 de octubre. Tienen que demostrar que disponen, al menos, del mismo apoyo popular que consiguieron el 9-N. Si no es así, habrán fracasado y todos estos años de agitación no les habrán valido para nada.

Pero si lo logran, podrían verse tentados a llevar a cabo su amenaza de declarar unilateralmente la independencia. La necesidad de seguir contando con los diputados de la CUP para permanecer en el poder puede alentar a tomar esa decisión. (Ha ocurrido así hasta ahora. La amenaza de retirar su apoyo al gobierno ha permitido a la CUP marcar la agenda y llevar al gobierno a cruzar las líneas rojas). El escenario sería esperpéntico. Pero la adrenalina que genera esta apuesta puede vencer al vértigo. El precedente es 1934. El 6 de octubre el gobierno del republicano Companys declaró unilateralmente la República Catalana. Hay que tener presente este rasgo de rabia, de rauxa, que hay en Cataluña. Una variante de la rage de vouloir conclure de la que Gustave Flabert dijo que era una de las manías más funestas y estériles de la humanidad.

El mejor escenario para el independentismo moderado posiblemente sería la inhabilitación del presidente de la Generalitat y la convocatoria de elecciones por parte del órgano inhabilitador. Eso le permitiría presentarse a esas elecciones con la épica del combatiente. Y, muy probablemente, seguir conservando el poder político e institucional en Cataluña. Por qué, fundamentalmente, de eso se ha tratado a lo largo de estos años. La utopía de la independencia ha servido para tapar la lucha fratricida por el poder político entre las dos corrientes principales del nacionalismo: la antigua Convergencia y ERC. El movimiento sociopolítico que representa la Asamblea Nacional Catalana y la CUP han aprovechado esa lucha para ganar influencia. Es posible que en la medida en que esa confrontación se resuelva en favor de ERC la influencia de estos dos movimientos vaya cediendo.

En cualquier caso, a partir del 2 de octubre se abrirá una nueva etapa política en Cataluña. En mi opinión, la salida del laberinto no vendrá de la justicia ni de la política, sino de los ciudadanos. Cuando, al menos, un 5% de votantes se mueva de un bloque a otro las cosas cambiarán. Eso dependerá, fundamentalmente, del comportamiento de las fuerzas políticas catalanas no independentistas y del gobierno y del parlamento de España. Si son capaces de dar respuesta positiva a las aspiraciones mayoritarias en Cataluña de permanecer dentro de España pero con un mejor autogobierno ese desplazamiento debilitará el apoyo al independentismo. En cualquier caso, hay que dotarse de paciencia. La salida del laberinto será lenta.

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