Después del ruido

20.09.2017 | 01:37
Después del ruido

Saturados por las grandes palabras y el esencialismo podemos perder de vista que lo que, en última instancia, se dirime en Cataluña es una cuestión de reparto de poder, asunto de estricta naturaleza política y, como tal, marcado por la alta volatilidad argumental y los discursos cambiantes. Ello significa que la mayor parte de lo escuchado hasta ahora en la fricción verbal, los calificativos desmesurados y las afirmaciones cortantes propias de la dramaturgia de la contienda pública quedarán en lo que en buena parte son, pura palabrería, una vez superado el primero de octubre. Entonces habrá que empezar a hablar, aunque no sepamos todavía quienes serán los interlocutores. En previsión de ese momento se escuchan voces desde ambas trincheras instando a atenuar los daños de la confrontación, para que el inicio del diálogo no esté precedido de un tiempo demasiado prolongado de reparación de rotos.

Esos llamamientos pasan desapercibidos en la vocinglería persistente y la letanía de consignas que se mueve cada día en torno a Cataluña. Los prudentes también quedan enmascarados por las aspiraciones excesivas de quienes, como Iglesias y Rivera, pretenden elevarse como figuras claves de esta coyuntura sin contar con las condiciones para ello. El líder de Podemos, que nunca cede a la tentación del protagonismo excesivo y estéril, quiere hacer de Cataluña la tumba política de Rajoy y no repara en los daños colaterales que supone alentar por cualquier vía al soberanismo echado al monte.

Hay que reconocerle al presidente del Gobierno su habilidad para transferir a otros la responsabilidad de sortear los callejones sin salida en los que acaba su quietismo. Atraído por la oportunidad de hacerse visible que le proporciona esa innata disposición de Rajoy a que otros resuelvan, Rivera quiso ayer convertirse en el epicentro del respaldo del Congreso al Ejecutivo ante el desafío independentista. Olvidó que para auparse a hombros de otros necesita afinar consensos, sin los cuales mejor no intentarlo. El resultado es un fiasco parlamentario muy celebrado en el bando soberanista.

El conflicto catalán está ya en la fase nada elegante del cuerpo a cuerpo, de guardias frente a piquetes, peligrosa en la medida en que cualquier violencia puede incendiar un ambiente cargado de tensiones. Eso genera las mayores y peores incertidumbres. Al margen de ello, el ahogo material (ni censo, ni urnas, ni papeletas...) hace que el referéndum

no alcance ni la categoría de simulacro. Empieza a ser el tiempo de los templados.

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