Carmen Negrín, nieta del presidente del Gobierno en la II República

"Quiero que la Fundación Negrín sea lo opuesto a la Fundación Franco, que solo da acceso a los suyos"

"Es terrible decirlo, pero mi abuelo nos enseñó a no tener miedo hablándonos de Azaña que, cuando había bombardeos, se metía debajo de la mesa. Decía que es ridículo hacer eso y que hay que controlarlo"

25.10.2017 | 18:34
Carmen Negrín en una visita reciente a A Coruña.

El nombre de su abuelo fue vilipendiado y silenciado; su memoria no empezó a ser restituida hasta entrado el siglo XXI. Sin embargo, para algunos historiadores Juan Negrín, el último presidente de Gobierno de la II República (1937-1939), fue el político más capacitado que tuvo España. Médico y fisiólogo de profesión, de gran formación y vasta cultura, dominaba varios idiomas. De él se dijo que si hubiese llegado antes al Gobierno, habría podido ganar la guerra. "Lástima que el hombre que siempre destacaba con su enorme fuerza intelectual y su gran visión política no pueda ya ofrecer a España su magnífica colaboración", escribió del socialista canario el comunista gallego Santiago Álvarez. En 2008, el PSOE rehabilitó su figura. En su tumba del cementerio Père Lachaise, en París, sólo están sus iniciales. En su casa de París, donde ahora vive su nieta Carmen Negrín Fetter, que se crió allí con él y con su compañera Feliciana López, Feli, una placa recuerda desde no hace mucho al que fuera jefe de Gobierno de la Segunda República con Manuel Azaña. Hay otra en la calle Ferraz, en Madrid, donde estaba su laboratorio, frecuentado por Ramón y Cajal y Severo Ochoa. Carmen Negrín habla de su exilio en esta entrevista, en A Coruña, donde estuvo invitada por el Ateneo Republicano.

–¿Llevar el apellido Negrín ha sido duro en alguna ocasión?

–Nunca. Aunque he oído y leído barbaridades —aún ahora— para mí ha sido siempre un orgullo. Ha sido una suerte conocer a mi abuelo y ser criada por él.

–¿Nunca fue incómodo?

–No, ha sido un privilegio.

–´Sobre el exilio podría estar hablando horas y horas´, dice, pero usted no es una exiliada.

–No. Soy de una familia que proviene de muchos países. Por parte de mi madre, son todos norteamericanos pero de distinto origen: irlandeses, holandeses, ingleses, alemanes, franceses... Por el lado español, mi padre es de Madrid pero su madre era rusa originaria de Polonia. Mis abuelos se conocieron en Alemania, estudiando, y se fueron del país con la I Guerra Mundial: para ellos, el primer exilio de dos exiliados. Por lo tanto, vivir en la idea de irse voluntariamente o tener que irse a la fuerza es normal. Tras la guerra de España, no quedó nadie de la familia directa y se repartió por diferentes lugares: mi padre (Rómulo Negrín Fidelman, ingeniero) estaba en Rusia al terminar la guerra. Mi abuelo se fue a Francia pero al llegar los alemanes se tuvo que ir a Inglaterra; como no lo dejaron quedarse, al terminar la guerra volvió a Francia. Mi padre por fin logró salir de Rusia y se fue a EEUU pero como no lo dejaban trabajar allí se fue a México. Yo nací en EEUU, mi hermano nació en México... Tenemos un concepto positivo del exilio en el sentido de que somos del mundo entero. Aunque a veces veo cosas que me recuerdan otras que no me gustan.

–¿Es una amputación?

–La primera vez que tuve sentimiento de exilio fue con cinco o seis años, en una ocasión en que mi abuelo, hablando de quién era quién en la familia y de dónde somos, le dije ´si eres español por qué no vamos a España a ver la casa donde viviste´. Y él me contestó: ´no podemos ir, ya no hay casa ni nada, olvídate´ [Franco requisó a Negrín todos sus bienes]. Es el sentimiento de que te quitan algo y de prohibición. En realidad, como norteamericana, yo podía ir, y fui a finales de los años sesenta, para acompañar a la compañera de mi abuelo, que no había visto a su familia en todos esos años.

–Cuando le preguntan de dónde es, ¿usted qué dice?

–Es complicado. En general, me voy por la tangente o no contesto. No me siento americana, a pesar de que mi primer pasaporte es de EEUU; luego adquirí el francés y, eventualmente, podría ser española; o chilena, por mi segundo marido. Mis nietos son chilenos, americanos, franceses, españoles y el que está en camino, alemán.

–¿Les hablaba de Azaña?

–Sí, y conocimos a su viuda y a su sobrino Enrique. Hablaba de él con respeto. Mi abuelo, en general, no hablaba muy mal de nadie, salvo de Casado (Segismundo, el general que lo traicionó). Y de Prieto (Indalecio) no hablaba porque estaban enfadados. Es terrible decirlo, pero nos enseñó a no tener miedo hablándonos de Azaña. Azaña, cuando había bombardeos, se metía debajo de la mesa y mi abuelo decía que es ridículo hacer eso, que hay que controlar el miedo.

–¿Lo creía un cobarde?

–Cobarde, no; débil, sin fuerza, y eso se vio en la guerra: hubo un momento en que no pudo soportarla más. Eso explica su conducta de apaciguamiento a través de los ingleses. Quería que acabase cuanto antes, daba por hecha la derrota.

–Lo contrario de su abuelo.

–Él sabía lo que pasaba en los sitios por donde pasaban las tropas franquistas, una matanza generalizada, y había que pararla. Y sabía que Italia y Alemania iban a seguir y no se contentarían con España.

–Se refiere a la Guerra Civil como la Guerra de España.

–Una guerra civil es entre gente de un mismo país y la de España no fue sólo eso. En Francia había los colaboracionistas y los resistentes y nunca se habló de guerra civil. No es una guerra civil entre españoles, hubo influencias externas, por eso decir guerra de España o batalla de España me parece más adecuado.

–¿Le parece franquista?

–Sí, porque da una idea de la guerra que no fue. Los motivos, el armamento, por qué se inició, por qué se ganó... Sin la ayuda de Italia y Alemania en los comienzos no habría guerra. Franco estuvo esperando el visto bueno y a tener la seguridad de que le iban a mandar las armas, si no, no la hubiera hecho.

–Su abuela paterna ocultó su origen judío y cambió el apellido.

–Realmente, no cambió, usó otro de los muchos que tenía. El apellido de su padre era Fidelman y su madre, Brodowska, pero dejó de usarlos por judíos y se hizo llamar Mihailova, que había millones y era mucho más anónimo.

–¿Era una aristócrata?

–Pertenecía a una de las familias judías rusas privilegiadas, que formaban parte de la aristocracia y estaban protegidas por los zares.

–Negrín se divorció y se unió a una mujer que era la antítesis.

–Una era rubia de ojos azules y otra morena y de ojos negros. Una era rusa y extravagante y la otra era muy española y del pueblo. Era de El Escorial, huérfana desde los 9 años y autodidacta. Conoció a mi abuelo con 17 años y fue amor a primera vista. A mi abuela también la conoció siendo muy joven, fue el primer amor de estudiante, mientras que la relación con Feli, Feliciana, era algo más maduro. Tenían mucha más compatibilidad. El abuelo me llevaba a Nueva York a ver a la abuela rusa, o ella venía a París y nos llevaba a su hotel.

–¿Por qué se crio con ellos?

–Mi madre tenía esclerosis múltiple y no podía ocuparse de sus hijos Mi abuelo se ofreció a cuidar de nosotros y Feli estaba feliz porque no había tenido hijos y le encantaban los niños. Yo tenía tres años y mi hermano cinco. Para mí fue fácil porque a esa edad te amoldas pero para mi hermano fue más difícil.

–Y se fueron a vivir a París.

–Sí, a su casa, que luego compré yo y es donde vivo. No me imaginaba en otra casa, sólo la idea de mudarme con 10.000 libros... Además, era la referencia, la única casa en la que todo permanecía igual.

–¿Qué educación recibieron?

–Hasta los nueve años fuimos a un colegio mixto que dirigía una mujer muy especial que había sido de la Resistencia. Cuando se murió mi abuelo, volví a México con mi padre. Y vino Feli, que había prometido a mi abuelo ocuparse de nosotros y así lo hizo hasta que fuimos a la universidad —yo a Berkeley y mi hermano a Yale, en los años sesenta— y ella regresó a Francia.

–¿La Fundación Negrín, en Canarias, alberga el archivo?

–Me prejubilé en la Unesco con la idea de dedicarme a reunir todo el archivo y las memorias de mi abuelo. Toda la vida tuve esa preocupación, porque a medida que crecía me daba cuenta de que había un silencio sobre mi abuelo, un aislamiento. En México mi padre había dejado de ver a españoles y en Francia tampoco veíamos a muchos, sólo a María Casares. Mi abuelo veía a mucha gente, pero eran franceses, iba a comer al Elíseo. O venían a casa. Tenía una gran vida social pero aislado de los españoles. Y te preguntas por qué, y por qué cuando íbamos a México veíamos a unos y a otros no. Sabía que había problemas con Prieto porque una vez que se encontraron en un restaurante él le negó el saludo. Yo veía que había que hacer algo, poner orden en las cosas y ver qué pasó y por qué lo critican. Y en su archivo encontré todas las respuestas a mis preguntas. Pero no conocía a nadie y, azares de la vida, una amiga de la Unesco me avisó de que un tal Gabriel Jackson daba una conferencia sobre Negrín en la Casa de España, y en la invitación se decía que la familia nunca había dado acceso al archivo, así que fuimos todos, mi esposo y mis hijas. Y Jackson hizo un retrato de mi abuelo que coincidía con el que yo tenía. A partir de ahí nos hicimos amigos y los dos juntos fuimos abriendo los paquetes polvorientos que guardaba en el sótano de mi casa. Y en el funeral de mi tío conocí al vicepresidente de la Fundación Juan Negrín, que nos invitó a ir a Canarias. Vimos el interés que tienen por la figura de mi abuelo, y así empezó nuestra colaboración. Hoy está prácticamente todo catalogado y digitalizado para que en el futuro sea accesible por Internet para transmitir la idea de que mi abuelo, ni mi familia, no tenía nada que esconder, y que lo que había hecho lo había hecho bien. Lo opuesto de lo que ha hecho la Fundación Franco, que solo da acceso a los suyos.

–¿Qué hará con la biblioteca?

–Ese es otro capítulo. Hay unos 10.000 libros. La idea inicial era llevarlos a la fundación para mantener la unidad pero la unidad es muy teórica, porque es una biblioteca que fue de un país a otro, de una ciudad a otra y que abarca desde que la empezó a hacer a los 14 años hasta hoy, porque Feli y yo la fuimos completando con los libros que iban saliendo sobre la guerra. Hay de todo: filosofía, política, economía, matemáticas, biología, arquitectura...

–Decía que apenas veían españoles, salvo a la hija de Casares Quiroga, amigo de su abuelo.

–María venía a casa, y Bergamín. Tras años de contacto con asociaciones de la memoria de la República me di cuenta de que mi abuelo veía a más españoles aunque no viniesen a casa. Pero María, sí, era una mujer muy guapa, muy viva, muy segura; tenía una voz muy particular, muy fuerte. Una mujer de carácter, que se llevaban muy bien con Feli, y habla de ella en sus memorias, Residencia privilegiada. Venía a casa acompañada de Albert Camus y Gérard Philippe [sus dos amores]...

–¿Se establecería en España?

–No sé si lo haré o no pero es un sueño. No me gusta estar en mi país e ir a un hotel, siempre que puedo lo evito porque en España me siento en casa. Mi padre me contaba de su vida madrileña y yo iba por Madrid recorriendo sus lugares.

–¿A Canarias, por ejemplo?

–Por el clima, que es como el de México, pero no lo sé. Por ahora es sólo un sueño y una gran discusión en familia. Unos prefieren el País Vasco, otros Cataluña, otros Canarias y otros quedarse. Es el sentimiento de sentirte a gusto en un sitio, de sentirte en tu casa y que, curiosamente, lo tenía en México, menos en Francia, a pesar de que llevo viviendo muchísimos años allí, y lo tengo aquí.

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