La secesión catalana

Los dos octubres

El ´procés ha terminado de la forma más ignominiosa posible, y ya no se puede describir con las palabras esperpento o vodevil porque todas se quedan cortas para definirlo

02.11.2017 | 02:13
Concentración en Barcelona tras la declaración unilateral de independencia.

El mes de octubre no tiene buenas resonancias en la historia de Cataluña. El 6 de octubre del 34, en el tercer año de la República española, Lluís Companys declaró el Estat Català desde el balcón de la Generalitat. Fue una revuelta mal planificada y peor ejecutada que Companys no quería llevar a cabo, pero que se vio obligado a liderar por la presión de su círculo íntimo. Companys confiaba en un milagro -en estos casos todo el mundo confía en un milagro-, pero la cosa salió mal. El gobierno de Madrid, en manos de los republicanos centristas de Lerroux, declaró el estado de guerra. La autoridad militar en Cataluña, el general Batet, era un hombre mayor, de Tarragona, muy buena persona, muy liberal y muy religioso. Aunque estaba en buenas relaciones con la Generalitat, el general Batet ordenó la rendición de los rebeldes. Companys contestó con una histérica alocución radiofónica en la que exhortaba a los catalanes a una insurrección armada. El general Batet actuó con mucha prudencia, pero ordenó sacar las tropas a la calle. Al oír los primeros tiros, los voluntarios de las milicias de Estat Català huyeron en desbandada. Otros que se habían comprometido a participar en la revuelta se quedaron en sus casas. Diez horas más tarde, de madrugada, Companys se rindió. Su conseller de Governació, Dencàs, y su jefe de policía, Miquel Badia -el capità Collons-, huyeron por las alcantarillas de la Generalitat.

Gaziel, que en aquel momento era director de La Vanguardia, escribió una crónica extraordinaria de aquellos hechos. Estupefacto, anonadado por la irresponsabilidad pasmosa con que habían actuado los líderes de la Generalitat, escribió: "Todo se ha perdido, incluso el honor". Al final hubo un centenar de muertos, entre ellos ocho personas que murieron accidentalmente a causa de los disparos. Y todos, partidarios del Estat Català y partidarios de la República, murieron para nada. La Generalitat fue suspendida y el Govern encarcelado. Todo se había perdido. Tres años más tarde, en 1937, el general Batet fue fusilado por Franco por negarse a secundar el golpe militar contra la República. Companys, que huyó a Francia al final de la Guerra Civil, no quiso separarse de su hijo Lluïset -que padecía esquizofrenia- y fue capturado por los nazis, que a su vez lo entregaron a Franco. Sometido a consejo de guerra, Companys fue fusilado en Montjuïch en 1941. Companys, eso sí, supo morir con honor. Por mucho que se equivocara el 6 de octubre, nunca fue un cantamañanas. Y como mínimo demostró ser una persona valiente.

Conviene saber estas cosas cuando juzgamos los hechos del otro octubre de la revuelta catalana, el de 2017, ese procés que ha terminado de la forma más ignominiosa posible, y que ya no podemos describir con las palabras esperpento o vodevil porque todas se quedan cortas para definir lo que ha ocurrido. No hay una sola palabra degradante que no pueda usarse para describir con exactitud lo que ha pasado. Los dirigentes del procés han sido irresponsables, cobardes, mentirosos, oportunistas, embaucadores y ridículos. Se han gastado docenas de millones de dinero público que han quitado a los hospitales y a las personas con dependencia para dedicarlos a sus delirios de megalómano. Han convertido la Generalitat en una versión deplorable de la secta de los raelianos, esos pobres chiflados que esperan de un momento a otro la llegada salvadora de los extraterrestres. Y lo peor de todo, han estafado a miles de personas de buena fe que han confiado en ellos y los han apoyado y han dado la cara por ellos, en algunos casos hasta el punto de que se la rompieran literalmente el 1 de octubre.

¿Y todo para qué? En la noche del 27-O, los pobres indepes se consolaban pensando que Gambia -Gambia!- había reconocido a la nueva República Catalana. Luego, cuando Gambia lo desmintió, empezaron a circular bulos de que Finlandia iba a reconocerla, hasta que se comprobó que solo era un oscuro comité parlamentario de un partido minoritario de extrema derecha. Y al final, nadie, nadie reconoció a la República Catalana.

¿Y para qué ha servido todo esto? Para nada. O peor aún, para que Puigdemont y cinco de sus consellers hayan huido como conejos a Bélgica, igual que hicieron Dencàs y Badia por las alcantarillas de la Generalitat en 1934. Los abducidos por el procés, que todavía son bastantes, aseguran que esta desaparición es una genial maniobra táctica, pero hasta el más tonto se da cuenta de que no es más que una muestra vergonzosa de cobardía. Y ahora ha resultado que el procés, que creíamos dirigido por las mejores agencias de publicidad y por las mentes más maquiavélicas de Cataluña, estaba dirigido por unos imitadores de segunda fila de Hernández y Fernández. Con el añadido, tal vez, del Sombrerero Loco de Alicia, aquel bendito orate que siempre creía vivir a las seis de la tarde (en el caso de Puigdemont y compañía, a las seis de la tarde del 6 de octubre de 1934). No han sido héroes, no, sino una pandilla de irresponsables y de megalómanos que han destrozado el nombre de Cataluña. Maldición eterna para quienes han hecho esto.

El procés ha terminado de la forma más ignominiosa posible, y ya no podemos describirlo con las palabras esperpento o vodevil porque todas se quedan cortas para definir lo que ha ocurrido.

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