Cataluña reclama prudencia, pragmatismo y practicismo

03.11.2017 | 01:51

Hay naciones serias y de racional y práctica mentalidad colectiva que llevan con su constitución; es decir, con su Ley de Leyes, mucho tiempo. A lo largo de ese extenso periodo de vigencia constitucional este tipo de países fueron reformando y ampliando, por medio de sucesivas promulgaciones de decretos o enmiendas diversas, ese inicial discurso legislativo fundamental sin tergiversarlo o contradecirlo en su espíritu inicial. Debido a esa misma aptitud pragmática y hasta practicista de esos colectivos humanos, como es el caso del Reino Unido o los Estados Unidos de América, tienen estos pueblos vigentes sus constituciones desde hace varios siglos. Me refiero al caso de la "no escrita" inglesa de 1669 o a la jeffersoniana de EE. UU. de 1789, y que los ciudadanos de ese poderoso y extenso imperio siempre tienen a gala apostillarle a continuación de nombrarla, el largo e ingenuo remoquete de: " the world's longest surviving written charter of government" ("la Constitución escrita más longeva del mundo").

También hay que señalar que ese mismo y paradigmático Estado plurinacional como es hoy la Gran Bretaña o ese cosmopolita conjunto de Estados federados en torno a una república, como son los EEUU, sólo pasaron, históricamente, por la terrible y verdaderamente salvaje experiencia de la guerra civil una sola vez. Inglaterra con la salvedad de hacerlo en dos "tiempos", como en el fútbol, con el correspondiente tenso descanso del intermedio (1642-46, 1648-51), y la nación americana citada con su despiadada Guerra de Secesión de 1861-65 tantas veces popularizada por Hollywood. Como se recordará, los ingleses, para no tener que repetir esa traumática experiencia, llegaron a un pacífico y pactado consenso en 1668 con la famosa Revolución Gloriosa. Obvia decir que estos países de claro origen anglosajón, jamás volvieron a dejarse llevar de nuevo por la locura suicida de repetir esa sangrienta experiencia histórica.

Toda constitución que se da una nación para ordenar la libre y democrática coexistencia de sus ciudadanos, debe ser un texto muy reflexionado, consensuado y siempre lo más "ambiguo" o general posible, por ser confeccionado teniendo siempre en la cabeza sus redactores, el constante prurito de conseguir un discurso con la estudiada búsqueda de la necesaria elasticidad estatutaria. Todo ello, con el buscado fin de otorgarle al texto en su futura existencia, la posibilidad de llevar consigo múltiples interpretaciones, y poder adaptarse así a los probables supuestos o situaciones que se puedan dar a lo largo de su siempre deseada larga vigencia. Como todos deberíamos saber, la puesta de largo de esa constitución deberá ser siempre una celebración casi permanente a lo largo de toda su vida, realizada por medio de la promulgación del correspondiente corpus legislativo inspirado en ella y hasta las futuras y sopesadas reformas que se juzgue necesario hacerle con el transcurso del tiempo.

En la Historia de España ha habido escasos ejemplos de este tipo de constituciones, empezando por la primera, la de 1812, que era todo lo contrario a lo que se ha expuesto anteriormente y acabando por la penúltima, la de 1931, que también adolecía de los mismos males constitucionales de la primera: intercalar en su texto minuciosas competencias de leyes menores que no deberían jamás pertenecer al texto legal fundamental. La que nos rige en este momento histórico es, sino la mejor, si de las mejores que ha tenido España desde el inicio de su Historia Contemporánea; o sea, desde 1808. En todo ello, tuvo muchísimo que ver un excelente profesor constitucionalista como el ya desaparecido Prof. Dr. Jordi Solé i Tura, militante del partido comunista catalán (PSUC). Al parecer, fue el Prof. Solé, miembro del equipo de los siete ponentes elegidos para redactar el texto, el que desempeñó en ese transcendental trabajo el mayor peso de ese cometido, dado que según se cree, fue el que más participación tuvo a la hora de llevar a cabo el primer borrador de esa Constitución Española de 1978. Texto bien confeccionado pero que, al no hacerle mucho caso los gobiernos y casi todos los políticos que han ido sucediéndose en estos treinta y nueve años de vigencia, no se ha cumplido ni se ha respetado como debiera.

Una importante representación del movimiento separatista catalán actual que, por otro lado, tan mal está siendo asesorado en estos cruciales momentos, si es que en verdad se está asesorando -me refiero a la por aquel entonces denominada Convergència Democràtica de Catalunya-, ha incumplido flagrante y "puerilmente" esa Ley de Leyes que, en su momento, su correspondiente partido aceptó y hasta llegó a colaborar en su redacción. Los políticos catalanes secesionistas que siguen la irracional y contumaz conducta de querer ir de lo mal a lo peor, han olvidado lo que jamás debe olvidar un representante popular: el hecho crucial de saber siempre que detrás de sus acciones puede haber, tanto el goce como el terrible sufrimiento de muchos ciudadanos. Aquí esa consigna moral que todo político debiera tener se ha olvidado conscientemente, reemplazándola por una inmadura postura narcisista y soberbia que sólo puede dirigir a Cataluña a un estado de gran ansiedad, de gran sufrimiento. No hablemos aquí de ese "lujoso" Estatut autonómico del que goza Cataluña, que le ha permitido a ese políticamente antinatural y contumaz frente independentista, a llegar a esta ilegal y perturbadora situación de infantil pataleta. Pueril conducta la de estos políticos nacionalistas que ha arrastrado a una de las más ricas autonomías españolas hacia la desastrosa, por inoperante, vía muerta de un túnel sin salida. Esperemos que ese axioma, tantas veces olvidado por las gentes de España -hablen el idioma que hablen-, de "El sentido común es el menos común de los sentidos", se tenga por fin en cuenta en estos aciagos momentos de nuestra Historia. Silencioso y frecuentemente olvidado sentido común que hoy, desde Cataluña, reclama a todos los ciudadanos españoles esas tres virtudes fundamentales que debe tener siempre en cuenta todo político: prudencia, pragmatismo y practicismo. Lo que funciona no se debe destruir, se debe cuidar al máximo, manteniéndolo y hasta reforzándolo, si cabe, lo mejor posible.

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