Lo que la ´trama Gürtel´ no pudo ser

23.11.2017 | 00:44
Lo que la ´trama Gürtel´ no pudo ser

Cada dos por tres en Nueva York ve la luz la reedición de un pequeño manual de filosofía de la política titulado Plunkitt of Tammany Hall, escrito por George W.Plunkitt, uno de los líderes del Partido Demócrata en Manhattan en las postrimerías del siglo XIX. Nadie se atrevería a incluir los consejos prácticos que destila en un tipo de ensayística como la de Locke ni a comparar los principios que inspira con los de Jefferson, pero el libro se convirtió en una obra clásica de la literatura estadounidense.

Plunkitt, rico, poderoso y extravagante boss de origen irlandés, controló durante un tiempo la maquinaria de Tammany Hall, un mecanismo infame capaz de combinar los negocios, la política y la extorsión. Cuando fue expulsado de su cargo tras las elecciones de 1904 contrató a William L. Riordan, el periodista que le ayudó a cultivar todas y cada una de sus "perlas" entresacadas de las charlas que solía pronunciar desde el púlpito del Tribunal de Justicia.

Plunkitt consideraba que sus pensamientos eran "perlas" intemporales de sabiduría política. En realidad iluminaron toda una época ruda y destructiva en que la Tammamy Hall se erigió como el paradigma de la corrupción institucionalizada en la ciudad de Nueva York. El credo de Tammany se resume de manera memorable en las palabras de su ideólogo: "Vi mis oportunidades y las tomé". Y esas oportunidades nacían de saber combinar en un cóctel eficaz el saqueo y el mecenazgo con el tráfico de influencias.

La organización, que mantuvo su última y mítica sede en un edificio de Unión Square, hasta que Franklin D. Roosevelt y el alcalde Fiorello La Guardia se propusieron acabar con ella, fue fundada a fines del siglo XVIII y bautizada con el nombre de Tammamy en honor de un jefe nativo americano. Pero pronto abandonaría sus inicios nativistas para contribuir decisivamente a la captación social de millones de inmigrantes que, a su vez, apoyaron lealmente la máquina corrupta con sus votos. Los irlandeses, en particular, se sumaron a ella antes las posibilidades que se abrían a su paso, que incluían obras públicas bien remuneradas como el puente de Brooklyn, la construcción de escuelas y calles pavimentadas y el sufragio universal. Cada iniciativa brindaba oportunidades para el soborno o la autoperpetuación. A lo largo de 150 años de influencia, desde Tammany Hall se robaron elecciones, se intimidó a los antagonistas políticos, a la vez que a los contratistas y vendedores en un estado y una ciudad que emprendían su mayor despegue. Pero no sólo eso, los líderes de Tammany Hall se hicieron cargo de los servicios sociales en un momento en que Ayuntamiento de Nueva York y Albany, la capital federal del estado, se desentendían de ello. Pagaban los honorarios de los defensores públicos que los pobres no podían costear. Y encontraron trabajo para los desempleados cuando las alternativas eran el hambre y la enfermedad.

El método de funcionamiento de la máquina política estaba en la caridad sin preguntas, una de las "perlas" cultivadas por Plunkitt. Posibilismo puro. "Si una familia está agotada, no pregunto si son republicanos o demócratas, y no los remito a la Sociedad de Organización de Caridad, que investigaría su caso durante un mes o dos y decidiría si eran dignos de ayuda justo en el momento en que van a morir de inanición. Solo les doy dinero, les compro ropa cuando se han quedado sin ella, y me ocupo de su situación hasta que vuelvan a funcionar las cosas. Es filantropía, pero también es política: una política poderosa. ¿Quién podría decir cuántos votos me va a proporcionar cada una de estas tragedias particulares? Los pobres son las personas más agradecidas del mundo y, déjenme decirles, tienen más amigos en sus vecindarios que los ricos". La maquina demócrata fue pionera en la captación de clientelismo, la escuela política más extendida hasta nuestros días. Para Tammany, el poder se basaba en la participación de los votantes; y la participación fue una función de alcance implacable y servicio incansable.

Si no fuera por la dimensión filantrópica que guió la necesidad de captar el voto de las nuevas mayorías sociales, se trataría de una práctica de la corrupción institucionalizada que encontraríamos en España tras el mecanismo que puso a andar la trama Gürtel. En último caso, cabe la posibilidad de que la Gürtel se inspirase inicialmente en los mismos principios de permanencia como motor influyente del intercambio de favores a que la política y los políticos se prestan. Estos días asistimos a una etapa más de su desenlace ante los jueces.

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