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La gran odisea |
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Texto: Santiago Romero
Antes de la gran aventura del mar, Chimbote se aburría
bajo un verano sin pausa. La anchoa se devolvía al agua
si por error se la pescaba. La bahía burbujeaba de bonitos
que arrojaba la maremotá. El puerto era un lugar de paso
en el que los hombres del mar apenas se detenían brevemente
en sus calles de polvo y sus casas de adobe, mientras la tierra
sonaba a sus pies como un tambor. Todo cambió cuando llegaron
los gallegos. Eran los años que se vivía en una
parranda sin fin. Los patrones de los barcos cerraban bares con
su gente y la hombría se medía por la cantidad
de billetes en el primer puerto pesquero del mundo. Los Garrido,
los Alonso, los Pazos, los Penas formaban verdaderas tribus.
En el Perú, a Chimbote se le conocía como la ciudad
donde la plata brilla como la anchoa y corre como el rayo".
La travesía duró tres días. Sin radio, sin radar, sin cartas de navegación. Finalmente, sin víveres ni agua. Irónicamente, sus enemigos fueron sus salvadores. Un destructor nazi que apoyaba el bloqueo del Cantábrico por la flota franquista les confundió con náufragos y les facilitó comida, combustible y la orientación necesaria para llegar a Brest. De ahí, pasan a la zona republicana y combaten en el frente de Aragón hasta que la derrota los obliga a exiliarse por segunda vez en Francia. Los rigores de la guerra y las vilezas de los campos de concentración -tres de ellos pasarán por el campo de exterminio de Auchswitz- diezman al grupo. Sólo han sobrevivido 12 de los 26 originales y se reencuentran la noche del 5 de agosto a bordo del buque Winnipeg, la vía de escape que les ofrece el escritor Pablo Neruda -que no ignoraba la hazaña de sus compañeros de misión pedagógica que durante la República mostraron cuadros del Prado en Malpica-, entonces cónsul honorario de Chile en el país galo. El Nobel legó un testimonio del momento en su libro de memorias Confieso que he vivido: "Eran marineros, una muestra de la fuerza, del heroísmo y del trabajo". Celestino Garrido, el malpicano que desde 1941 y hasta su muerte no abandonaría a pesar de todo el Perú que ayudaría a levantar de la miseria y que acabó por despojarlo de su patrimonio, tiene su propio recuerdo de aquella odisea, como confesó en los años 80 al periodista gallego Luis Menéndez, que lo visitó en Perú. "Nosotros sabíamos que Chile tenía mucho mar y no dudamos en embarcar. Además de que eran los pasajes más baratos. Entre los exiliados había diferencias: los dirigentes políticos fueron a Rusia pagados por el gobierno de Stalin; los intelectuales y los republicanos de clase media se fueron, pagándolo de su bolsillo, a México. A Chile fuimos los más pobres: los marineros", relató Garrido. Los malpicanos del Winnipeg -los Garridos, Verdes, Chouciño, Alfeiráns...- pronto descubrirían que Chile no era su tierra prometida. Un paisano de Corcubión que andaba a la caza del lobo marino tras años de emigración en Argentina -Benigno Lago- les puso en la pista de un paraíso pesquero: en Perú había "farturentas" mareas de bonito que arrastraban las cálidas corrientes del Pacífico. Y nadie las pescaba. Años más tarde, la ciudad de Chimbote se convertía en el vértice de un emporio pesquero que asombraba al mundo. Y con ello, la vida de Malpica se desplazó once mil kilómetros al oeste, en las costas del Pacífico. A finales de los 50, más de cien familias malpicanas se habían instalado en Chimbote, acudiendo a la llamada de sus pioneros. Otro Celestino Garrido -Garrido Pose-, hijo de Bernardino Garrido, uno de los 12 del Winnipeg apodado cabeza rota, abrió la primera fábrica de harina de pescado del Perú en 1957. La experiencia marinera gallega multiplicó por tres el porcentaje de la pesca en el producto interior bruto peruano en sólo quince años, de 1950 a 1964. Garrido Pose producía en 1963 dos mil toneladas diarias de harina de pescado -en su práctica totalidad para la exportación- y tenía una flota de 24 barcos de 250 toneladas. Chimbote se había convertido en el primer puerto pesquero del mundo.
"Había muchas fábricas y armadores de todas las nacionalidades. Corría el capital extranjero. En Chimbote vivíamos separados por colonias: los peruanos, los italianos, los norteamericanos, los malpicanos... había hasta armadores yugoslavos. Hay que vivirlo para saber lo que fue aquello. Había muchísimos barcos. El tráfico era incesante todos los días. Pescando, desembarcando y volviendo a pescar. Era un río de pescado", recuerda Manuel Suárez, hija del patrón de pesca malpicano Manuel Suárez Santiago Pejas, que comandó en Chimbote el buque estadounidense Richard T.
Entre los que se quedaron se cuenta Garrido Pose, que llegó a ser uno de los hombres más influyentes del Perú con acceso directo a Belaúnde Terry, el presidente anterior al golpe. Al día siguiente de la asonada, el ejército ocupó su fábrica y se quedó con sus barcos por un precio irrisorio. El periodista Luis Menéndez escuchó sus confesiones entre tragos de pisco en 1985 frente a las ruinas de lo que un día fue la mayor factoría mundial de harina de pescado y al paisaje desolado de los barcos varados o semihundidos que fueron la flota pesquera más poderosa del Pacífico. "Sólo quedamos los que teníamos la vida más asegurada, el resto escapó como si hubieran visto al demonio". La nueva generación de Garridos -como Lucho o Tino- viven en Lima dedicados a negocios distintos de la pesca, sus hijos estudian en la universidad y los fines de semana se divierten en los locales de Miraflores sin olvidar jamás su colt 45 en el bolsillo interior de la chaqueta. En el Hogar del Pescador de Malpica sobreviven milagrosamente unos fantásticos murales modernistas de Urbano Lugrís que ilustran con abismales monstruos marinos la brava historia de este puerto. Mar dos avós, dos fillos e dos netos, dános decote a mantenza da túa entraña, dice uno de sus versos. Junto a ellos pasan la tarde marineros jubilados cuya vista gastada se pierda en la brumosa línea del horizonte. Por allí pasó la noche del 5 de agosto de 1939 el buque Winnipeg camino de su entonces incierto destino con los 12 pioneros malpicanos a bordo. Celestino Garrido -el otro Celestino, uno de los huidos, que tampoco regresó- comentó ese momento mágico antes de su muerte: "Esa noche nos asomamos a la varanda del barco. A muchas millas adivinamos las luces de Malpica. Fue la última vez que vi mi tierra, pero esas luces jamás se borraron de mi retina".
Hijos del sol en A Costa da MorteCuando Chimbote era el primer puerto pesquero del mundo, allí
trabajaban un montón de malpicanos. Ahora, curiosamente,
eso se dio la vuelta. Ahora hay gente peruana trabajando en Malpica
o en barcos de la mercante. Mi marido, por ejemplo, cuando se
jubiló, dejó en su sitio a un peruano, que va y
viene, la familia la tiene todavía allá, como nosotros
entonces. La historia dio la vuelta, como si las aguas cambiaran
de movimiento", reflexiona Manuel Suárez, hija de
un patrón pesquero que pescó en los años
60 en Eldorado peruano.
"Una cosa es contarlo y otra vivirlo. Yo iba caminando por la calle principal y de pronto la tierra se abrió bajo mis pies. El agua caliente salía furiosa de las tuberías y las casa se caían una sobre otra. Fue un infierno, creo que hubo más de doce mil muertos sólo en Chimbote", cuenta Aliana. Pocos meses después se casaron. "Las cosas ya estaban muy mal y Domingo quería venirse. Yo me casé con la condición de que teníamos que venirnos para Malpica. Domingo compró aquí un bote y poco después una motora de cuatro personas para la pesca del día, hasta que se jubiló". Victor Rául Alfaro Chiquilín, de 48 años, pertenece a una nueva y creciente comunidad peruana que comenzó a asentarse en Malpica para trabajar en la pesca a partir del año 2000. "Fuimos reclamados a Chimbote por armadores de Malpica que saben bien cómo trabajamos", comenta Victor Raúl, que espera para el mes de diciembre la llegada de su esposa y de sus dos hijas desde Chimbote. "Al principio sólo estábamos hombres, pero poco a poco se han traído a sus esposas. Ahora hay una media docena de familias peruanas en Malpica, pero la comunidad está creciendo", explica el pescador peruano, que vivió a los 11 años el terrible terremoto de 1970. "Un pueblo de veinte mil habitantes desapreció sepultado por las aguas de una laguna. Sólo quedó en pie una palmera. Cuando se produjo este último reciente seísmo en Perú que afortunadamente se sintió muy poco en nuestra zona, en el norte, yo le decía a los amigos de Malpica que vi otros mucho peores. Malpica nos ha tendido la mano y es una villa tranquila en la que estamos muy a gusto", afirma Victor Raúl. |
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