La Opinión a Coruña

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Luces que disipan una leyenda negra

Texto: Santiago Romero
Tarjeta de visita de Emilia Pardo Bazán que la representa en su mesa de trabajo en el pazo de Meirás, con indicaciones personales.

Junio de 1938. Un coche negro avanza por el camino que lleva al pazo. Dos de sus ocupantes sus militares de uniforme: un cabo y un capitán. Detrás va la Señora (Carmen Polo), que pronto será la dueña y ha querido hacer una visita privada a su nueva posesión lejos del protocolo. Junto a ella, un clérigo con las manos cruzadas...”.
Con este aire de suspense novelístico arranca la ambiciosa biografía de la coruñesa Emilia Pardo Bazán (La luz en la batalla, Editorial Lumen, 680 páginas) recién publicada por la investigadora Eva Acosta, que la crítica nacional ha saludado como una obra definitiva que viene a rellenar el vacío existente sobre una de las figuras más importantes del XIX y principios del XX español. “También después de muerta, Emilia Pardo Bazán está ganando la batalla a las figuras y figurones de su época que tanto batallaron porque no se saliera del sitio a que su condición de mujer la condenaba. Pereda, Palacio Valdés, Valera, quienes gustaban de mirarla por encima del hombro, parecen hoy confinados a la rutina académica y a la más espesa erudición local. Ella ya sólo se hermana con los más grandes: Clarín, que la detestó, Galdós, que fue su amante”, dice sobre la obra de Acosta la prestigiosa firma de José Luis García Martín, director de la revista Clarín.
Acosta decidió comenzar su exhaustivo estudio sobre Pardo Bazán —al que dedicó diez años de investigación— con un revelador capítulo sobre el Pazo de Meirás sin sospechar que la publicación de la obra coincidiría con una gran polémica mediática y política sobre la titularidad de la histórica propiedad.
“Hace años (Carmen Polo) leyó en una revista que la escritora (Pardo Bazán) tenía su estudio en la torre de Levante (del pazo de Meirás), la más alta, desde cuyas ventanas admiraba el paisaje de las Mariñas —continúa el prólogo de La luz en la batalla—. Allá se dirige ahora con su escolta mientras establece en ojeadas certeras el inventario de cuanto encuentra a su paso. (...) La Señora abre uno por uno los cajones: más papeles. Manuscritos, apuntes, todos atados con cinta azul. Apenas ojeados los títulos los deja otra vez en su sitio. Cartas, muchas cartas, remitidas algunas por gente que la Señora no conoce, otras por nombres como Benito Pérez Galdós, Marcelino Menéndez Pelayo, José Lázaro Galdiano, Francisco Giner de los Ríos, Vicente Blasco Ibáñez, Leopolo Alas,... Paquetes de hojas tituladas Diario, Diario de viaje... Sin alterar el rostro comienza a leer; seleccionar una frase aquí, otra allá, con la misma atención calculadora que antes dirigió a los muebles. (...) De pronto restalla como un latigazo la voz seca de la Señora, que se ha levantado, un poco pálida y, poniéndose los guantes, camina ya hacia la puerta:
–“García, quema los papeles que hay en los cajones. Todos”.
Eva Acosta recrea en este revelador pasaje el “auto de fe” ejecutado por la mujer de Franco con la memoria de Emilia Pardo Bazán, con el que fue destruida de paso buena parte de la intrahistoria del siglo XIX y parte del XX de nuestro país, celosamente guardada en el pazo coruñés.
La investigación de Acosta se basa fundamentalmente en una conversación desvelada en 1988 —tres años antes de su muerte— por Ricardo Gullón (gran especialista en Galdós, académico y premio Príncipe de Asturias), que habría sido informado de lo sucedido en el pazo en 1938 por el mismísimo capitán que acompañaba a Carmen Polo durante la quema de los documentos.


Fernando de Baviera, la reina Victoria Eugenia, Alfonso XIII, Vicenti, la reina María Cristina, Pardo Bazán y una infanta.

La primera feminista
Ser mujer en la época de Pardo Bazán era ser una sombra. Cecilia Böhl de Faber, que escribía con el seudónimo de Fernán Caballero, oculta su condición de literata como “un secreto vergonzoso”. La también coruñesa Concepción Arenal, adalid de mujer avanzada para su tiempo, alberga al final de su vida dudas sobre la igualdad de inteligencia de ambos sexos. Rosalía de Castro, mito literario administrado por Manuel Murguía sobre el que se edificará el galleguismo político —y protagonista de una enconada enemistad con la condesa de Meirás que Murguía exprimirá aún mucho después de la muerte de la poetisa— defiende según Acosta el arquetipo femenino del ángel del hogar. “Al hombre corresponde la esfera pública y a la mujer, el ámbito doméstico. “Por no caer en pecado tan grande —dice Rosalía— nunca intenté rebasar los límites de la simple poesía”.
La luz en la batalla revisa la leyenda negra de una contradictoria Pardo Bazán que, sin abandonar nunca su ferviente catolicismo, escandaliza a los partidos católicos y a la Iglesia con su laicismo literario —pornografía llega a decir Pereda— y su conducta sexual. A los 30 años cita a Voltaire y se cartea con arzobispos y krausistas —promotores de la Institución Libre de Enseñanza que la Iglesia ve como “penitentes del diablo”—. Se confiesa lectora de Schopenhauer y defiende el fuego de la Inquisición. Desconcertante.
Casada a los 16 años con el segundón de una saga hidalga ourensana, José Quiroga, su matrimonio se rompe de facto a los pocos años —aunque no habrá separación oficial, prácticamente imposible en la época— y Emilia Pardo Bazán llevará una vida de casada que no le impide tener relaciones con grandes personajes como Galdós —su verdadero gran amor—, Blasco Ibáñez, Lázaro Galdiano y hasta el mismísimo Goncourt en París.
“Emilia andará en boca de la ciudad coruñesa —se dice en la biografía de Acosta—, a veces en términos muy descarnados y en más de una ocasión llegarían al marido miradas entre burlonas y conmiserativas, comentarios en voz baja que cuestionaban su honor y hasta su virilidad”.
Pardo Bazán sorprende —y a menudo, saca de quicio— a todos. Al Vaticano, que considera inmoral su adscripción al naturalismo de Zola, que la coruñesa abraza con sus obras La cuestión palpitante y sobre todo La tribuna —la primera novela dedicada en España al mundo obrero: una cigarrera republicana en una ficticia Marineda fácil de reconocer, seducida y abandonada por un señorito—. Y al propio Zola, al que trata personalmente en París, y que no concibe a “una católica convencida, batalladora y al mismo tiempo naturalista”.
Emilia Pardo Bazán será la única persona de nacionalidad española que se deje ver en la Exposición Universal de París —donde conoce a Sarah Bernhardt— al Congreso de la Condición y Derechos de la Mujer, al que acuden delegaciones de países como Estados Unidos, Rusia, Bélgica, México... pero no de España. “¿A quién se le iba a ocurrir en España enviar un delegado a un congreso feminista? Ni al mismo diablo —comenta amargamente la coruñesa— ¡Sería tan difícil romper nuestra costra de incultura, modificar nuestro criterio, propiamente musulmán!”.
Su novela El indulto —la primera en abordar el maltrato a las mujeres— sobrecoge por la actualidad de su planteamiento: la indiferencia cuando no la impunidad general ante la violencia ejercida contra las mujeres y el doble rasero sexista de la justicia. “Los anales de la criminalidad —denuncia— abundan en mujericidios, impunes muchas veces por sofismas que sirven para alentar el crimen”.
El último gesto de su feminismo lo aplica, poco antes de su muerte, a su propia familia, al modificar el testamento para mejorar la herencia de sus hijas en detrimento de su hijo varón y primogénito —tradicionalmente el más beneficiado—, Jaime Quiroga, que años más tarde, en el trágico verano de 1936, será asesinado en Madrid junto con el nieto de la condesa por milicianos de la FAI. Exactamente veinte años antes de que las dos últimas herederas de Pardo Bazán, las viudas Blanca Quiroga y Manuela Esteban Collantes, cedan la casa de la calle Tabernas a la Real Academia Gallega. “La historia, irónica, traza un bucle inesperado que se cierra con otra paradoja”, apunta Eva Acosta.

Biblioteca de la casa madrileña de San Bernardo: el ‘jaulón’ de doña Emilia.

La coruñesa que sabía demasiado
Al célebre desván parisino de Goncourt —con el que se insinúa que Pardo Bazán tuvo una liaison—, frecuentado entre otras muchas celebridades literarias por Zola, Víctor Hugo o Maupassant, soló asistían dos mujeres, además de la coruñesa. Que no se recataba de rebatirles acaloradamente los argumentos, mientras su marido José Quiroga era convidado de piedra. A Víctor Hugo le hace exclamar voilá bien l’espagnole! tras recordarle que “las terriblezas de la Inquisición son tortas y pan al lado del Terror de la revolución francesa” y al afectado Goncourt le espeta que “prefería sentir correr la sangre roja a esos delirios enfermizos” que ellos gastaban, recoge la biografía de Eva Acosta. Ese cosmopolitismo le permitió ser la primera en alertar a los literatos españoles de la importancia de la novelística rusa— empezando por Dostoievski—, de la que aquí nadie había oído hablar.
“En una foto de 1912 (que se reproduce en la página siguiente), el objetivo del fotógrafo inmortaliza un acto al que asisten los reyes. Cerca de la reina Victoria Eugenia aparece en todo su esplendor una figurilla envuelta en pieles y coronada por un extraño sombrero que remata una enhiesta pluma de marabú. En la España de entonces, nadie ignoraba quien era aquella señora”, se dice en La luz en la batalla. La ahora tan olvidada Pardo Bazán era el personaje inevitable en la España de principios del siglo XX. Su férrea voluntad de hacerse hueco no flojeaba ni siquiera ante los más poderosos hombres de la época. Que no se lo perdonaron. En los datos de audiencia de la época, era la tercera autora más leída de España, sólo por detrás de Galdós y Pereda. Y por delante de Palacio Valdés y Clarín.
“Literata fea con peligro de volverse librepensadora”, le llamó el conservador Menéndez Pelayo. “Mujer que se quiere meter a hombre”, dirán casi todos. “Una autora con cerebro de hombre en un cuerpo de mujer”, la alaba la crítica tras la publicación de su primera novela, Pascual López, autobiografía de un estudiante de medicina.
El desprecio se desbordará cuando se plantea ser la primera mujer académica —con tanta porfía que con el tiempo llegará a convencer a casi todos los académicos, que manifiestan individualmente su acuerdo pero nunca lo votarán juntos—. Los prohombres de las letras no cederán en este reducto misógino hasta 1978, cuando una mujer ocupe por primera vez un sillón. Una persistente leyenda en círculos académicos fábula que un catedrático argumentaba que no había sillones con suficiente circunferencia para acoger el literario volumen de doña Emilia. “Es como si se empeñara en ser guardia civila”, dirá Clarín.
Hasta el progresista Murguía, en su sempiterno pulso con la condesa, se rebaja al argumento imperante para descalificarla: “...si fuese modesta e imitase en esto de callarse a George Sand y reconociese que por mucho que sepa, es sólo como mujer, y por tanto que sabe por modo imperfecto...”.
“Cómo nos avergüenza hoy leer lo que dijeron de ella, en público y en privado, las mentes más preclaras de la época. Nadie se salva y menos que nadie Clarín, grande en tantas cosas y tan pequeño en esta”, afirma José Luis García Martín, director de la revista Clarín. “Emilia Pardo Bazán no condescendió nunca con el victimismo —añade—. Clarín tuvo en ella un rival a su altura. “Cuando ese hombre se muera, habrá fiesta nacional”, escribió en privado, y en público supo vengarse de la manera más sutil: no hablando ni bien ni mal de sus libros”.
Se debe sin embargo a la grandeza de Clarín —su acérrimo enemigo, que llegó a llamarla “esa puta” en una carta a Galdós— la redención de Emilia Pardo Bazán. Eva Acosta recoge en su biografía un párrafo demoledor de Leopoldo Alas que suena a arrepentida confesión: “Muchas de las enemistades literarias que han surgido contra la señora Pardo Bazán tienen su origen en la envidia de varios barbudos sujetos, que no pueden llevar con paciencia que sepa más que ellos una señora de La Coruña”.

Disputa galleguista
Pardo Bazán —enemiga del nacionalismo gallego aunque en su última etapa defensora de un regionalismo sui generis— mantuvo una enconada enemistad con Murguía —que la lleva a no asistir a la inauguración de la Academia gallega de la que era presidenta honoraria por no sentarse a su lado—. El patriarca de las letras gallegas no le perdona que no lo invite a un acto de homenaje que la condesa tributa a la Rosalía fallecida. A Murguía se suma Curros Enríquez, que pasa de seguidor incondicional que hacía leer los libros de la condesa a sus hijos a furibundo enemigo al no encontrar su apoyo cuando es acosado judicialmente por su obra Aires da miña terra. El poeta la hace protagonista central de su obra O divino sainete —un remake a la gallega de la Divina Comedia— en la que Pardo Bazán —“a quien se adjudican palabras contra Rosalía que pasan por verdaderas”, señala Acosta— encarna al Monstruo de la Envidia.
Es difícil trazar la línea que separa en esta disputa histórica con los galleguistas los aspectos ideológicos de los personales. Pero es evidente que esta faceta ha convertido a Pardo Bazán en un personaje políticamente incorrecto —y abandonado al olvido— en su tierra. Quizás habría que acudir a su rival Curros para advertir de lo irrazonable de esta actitud hacia una mujer que representó tanto. Cuando el editor Martínez Salazar confiesa al poeta que la condesa no escribirá en la revista Galicia, Curros responde: “Ahora me explico su escaso éxito”.

 

La investigadora Eva Acosta, autora de ‘La luz en la batalla’.

Eva Acosta

Autora de una biografía sobre Emilia Pardo Bazán

“Los Franco deben ceder el pazo por elegancia”

Texto: S. R.
– Puede documentarse la destrucción del legado de Emilia Pardo Bazán por Carmen Polo?
–No sé si alguien logrará hacerlo alguna vez. Lo que sí es cierto es que Ricardo Gullón lo dejó por escrito en 1988, con lo cual, palabra de Dios. Él lo expresaba
exactamente con la frase “auto de fe”. Es estremecedor. A partir de
ahí, fue de las primeras cosas que tuve muy claras a la hora de montar el libro. Quería empezar así, y estoy hablando de hace años. Me hace gracia que coincida ahora con todo el lío que hay organizado con lo del pazo, qué casualidad. Me parecía una escena significativa del destino final de la familia de Emilia Pardo Bazán.
–¿Investigó en la Academia gallega?
–Allí falta justo la franja digamos de documentación personal, todo el epistolario. Hay documentos sobre administración del pazo y cosas de ese estilo, incluso documentos de Cavalcanti y cartas familiares de José Quiroga, el marido, pero justamente lo que debería ser el gran archivo de Emilia Pardo Bazán está ausente.
–Da a entender que Carmen Polo se comportó como dueña del pazo meses antes de que le fuera entregado.
–Hay un acuerdo previo a la parafernalia de la entrega. Había interés por congraciarse con el ganador, dado que Coruña tuvo un gran énfasis republicano. A lo mejor para evitarse represalias posteriores. Meses antes de que aquello estuviera oficialmente entregado a Franco, Carmen Polo estuvo en Meirás con su hermana y su niña. Aparte, el pazo había tenido otro posible fin, porque Blanca, la hija mayor de doña Emilia, pretendía dejárselo a los jesuitas. Posiblemente ya había una idea del círculo de Franco de que querían quedarse con el pazo.
–¿Qué opina sobre la polémica actual sobre el pazo?
–Por pura elegancia, habida cuenta de las circunstancias en las que la familia Franco adquirió el pazo de Meirás, quedaría muy
elegante por su parte tener un rasgo olímpico de decir, ahora soy yo quien da el paso, no voy a esperar a todo esto, sino que cedo airosamente a la ciudad de La Coruña el derecho —aunque conserve yo la titularidad— pero cedo esto como tal. Habría sido muy elegante, aunque fuera simplemente un eufemismo, que permitieran que se
abriera una serie de días al mes o al año. Es sórdido que tenga que recurrirse a todo esto, pero cada cual es como es.
–La modernidad social de Pardo Bazán es contradictoria con su figura política.
–Es una persona capaz de simultanear una total fe católica con una conducta que para la época
era ligera de cascos o simplemente una libertad sexual que diríamos ahora. He procurado no enjuiciarla, porque ya se ha visto sometida a muchísimos juicios en vida. Y después de muerta. Fue una persona que tuvo conflictos, lo que indica que estaba viva.
–Presenta a Ana Pardo Bazán más avanzada socialmente que sus oponentes galleguistas Rosalía y Murguía.
–Me resultó absolutamente
alucinante que una persona con el vigor personal de Rosalía —no ya su valor literario, que eso está fuera de toda duda— sino ella personalmente, tuviera que autonegarse de una manera pública y quedarse siempre un montón de pasos atrás. Y me sorprendería que una persona en teoría progresista como Murguía en cambio tuviera que ceñirse al tópico de la humilde violeta de su mujer. Eso Emilia Pardo Bazán no sólo no lo vive, sino que le parece un espanto. Esos tópicos sobre la mujer en su mentalidad ya no caben. Hay una contradicción fundamental que une sin embargo a Rosalía y a Emilia. Que por encima de todas las divergencias, son mujeres, mujeres en una época en que serlo significaba responder a una tipología determinada y si no hacías eso eras una aberración.
–¿El desencuentro con Murguía está más basado en cuestiones personales que ideológicas?
–Hay una mezcla muy sutil de ambas cosas. Hay problemas evidentemente personales y dentro de eso, hay un amplísimo espectro. Hay también cuestiones sociales: ese prurito aristocratizante de Pardo Bazán a Murguía estoy convencida de que lo ponía a mil. Luego hay un punto de coruñesismo de Pardo Bazán que a Murguía también lo saca de quicio, porque Murguía es de Santiago, aunque hubiese nacido en A Coruña y a los coruñeses no los puede ver, porque lo escribió en sus cartas. Son muchas facetas de dos personas que además tenían un temperamento absolutamente volcánico.
–¿Pardo Bazán es un personaje políticamente incorrecto para un historiador gallego?
–Para un historiador gallego, por lo que he visto, es alguien que no tiene el menor interés y eso me parece un error garrafal. Negar la figura de Pardo Bazán me parece una miopía extrema, te guste o no, porque existió y puso a Galicia en la España de su tiempo. Yo soy de Sevilla y aquí seguro que hay personajes andaluces que todavía están esperando a un Ian Gibson. A lo mejor lo que tenemos más cerca es lo que nos resulta más difícil de ver.

 

 

MÁS IMÁGENES

 

El marido, José Quiroga.
El gran amor, Benito Pérez Galdós.
Una elaborada pose de adolescencia.

 

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