Texto: Santiago Romero
Son veteranos lobos de mar que han sufrido hasta tres naufragios
y llevan la marca de la tragedia en el rostro y el alma. Estas páginas intentan adentrarse en
el atávico terror y la irresistible atracción que ejerce el mar sobre los marineros que han padecido su furia
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La tristeza inconsolable de los compañeros supervivientes después del naufragio. / Víctor Echave.
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El enigma de la humanidad no se encuentra en las estrellas sino en las profundidades marinas, acostumbra a decir Arthur C. Clarke, autor de la celebérrima odisea espacial. Xoán Alberte, marinero curtido de Fisterra y superviviente de más de un naufragio, viene a coincidir con el padre de la ciencia ficción: "Desta enorme masa de auga que vive debaixo dos nosos barcos nunca se sabe abondo". Para saber algo más, uno de esos foros internacionales de ciencia juntó a varios notables para hacerles esta pregunta: ¿de qué está hecho el insondable fondo de los mares? Tras una dilatada sesión de peregrinas teorías, le tocó el turno a Arthur C. Clarke, que despachó el asunto con dos lacónicas palabras: "De dolor".
Ese fondo insaciable se ha cobrado la vida de más de un centenar de marineros gallegos en los últimos años. En el naufragio del pesquero Hansa, en la primavera de 2001 en las aguas de las islas Hébridas, que causó la muerte a seis hombres, el marinero Juan Caamaño colmó la medida de ese dolor: pese a aguantar doce horas en el helado mar de Escocia, vio morir en sus brazos a su cuñado, que no soportó la baja temperatura.
La parte del león de ese desgarrador tributo lo pagan nuestros marineros: una de cada dos muertes que se producen en el mar se debe al naufragio de una embarcación y el 80% de los marineros españoles que pierden la vida en los naufragios son gallegos. El último sacrificio a la inocencia asesina del mar, como la llamó el poeta Yeats, se ofició este mismo mes en las turbulentas aguas coruñesas con las almas de cinco hombres. Cuatro de ellos aún permanecen desaparecidos en el océano. Hasta donde llega la memoria, apenas hay año que no se cobre este diezmo humano -hace sólo dos días, un milagro salvó a los 18 tripulantes de un pesquero gallego hundido en el Gran Sol-.
Más de un coruñés recuerda todavía los gritos desesperados de los tripulantes del pesquero La Isla. Venía del Gran Sol y se hundió en 1970 en la Pedra do Boi, a unos cien metros de la Torre de Hércules. Murieron tragados por el temporal a la vista de numerosas personas que asistían impotentes a la tragedia desde lo que hoy es el Paseo Marítimo. Hubo 14 muertos. Ningún superviviente. La ausencia de medios de rescate (entonces no había lancha de salvamento ni helicóptero) sacudió las conciencias de la opinión pública gallega. A los 22 días apareció el cadáver de Eduardo Rodríguez, marinero de Malpica. Su hija Carmen tuvo que reconocer el cadáver cuando tenía 18 años. Es difícil olvidar para los que se quedan.
"Era la primera vez que iba al Gran Sol -rememora Carmen-. La noche que volvían, estábamos muy preocupadas mi madre y yo. Sentimos mucho barullo fuera de casa. Nos levantamos y nos dijeron que era una lanchita que iba con tres hombres. Y me dijo mi madre: mira que si fuera el barco de tu padre, que fuera a pique. Bueno, bueno, un barco tan grande iba a ir a pique y en la entrada de La Coruña, le dije yo. Pusimos en la radio y entonces lo oímos: el barco de mi padre se había hundido y no había ningún superviviente. A mí lo que más me extrañaba es que mi padre era un nadador excepcional... pero para el mar no hay escapatoria".
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| LA OPINIÓN. |
Ya había más medios, pero resultaron inútiles cuando el 8 abril de 1991 se hundió el Gondiez I exactamente en el mismo punto donde naufragó el La isla. Están casi el uno encima del otro. Una avería en el timón y la pérdida de visión momentánea fueron las causas de un naufragio que causó diez muertos. El patrón Xosé Arufe fue el único superviviente.
"Escuchaba los gritos de ánimo de la gente que ayudaba desde tierra, pero no sentía las piernas -recuerda Xosé-. Veía entre las olas la silueta de la Torre y sabía que tenía que estar cerca, pero no conseguía acercarme. Me estaba muriendo pero estaba tranquilo. Pensaba en todo y en todos, en la familia. Confiaba en la Virgen del Carmen y salvé la vida, cosa que no pudieron hacer los demás compañeros. Por eso siento en lo más hondo de mí que no debería estar durmiendo cuando el barco se fue contra las rocas. Debería estar en el puente, como siempre, pero ese día estaba cansado y me eché a descansar un rato mientras el barco no llegaba a puerto. También me sigue dando vueltas en la cabeza que, como todos los pesqueros, llevábamos las balsas amarradas, trincadas, y no dio tiempo a echarlas al mar. Después del naufragio estuve año y medio de baja. No volví a ser marinero más que en tierra y me dediqué a campañas como pedir la prolongación del corredor marítimo de Fisterra o el descanso semanal. Ahora, de jubilado, veo el mar todos los días desde los muelles y no me asusta. Pero sí tengo miedo del viento y del murmullo de las olas. No puedo estar solo en el mar, es peligroso dejarme con él a solas".
Muchos de los marineros son devotos de la Virgen del Carmen, pero también laten en sus corazones creencias más antiguas que consideran al mar como un ser vivo. Cuentan que antiguamente el hijo menor de las familias de pescadores, debía arrojar un pan al mar para saciar su hambre y así favorecer la suerte de un náufrago.
El parque de las Islas Cíes esconde restos de barcos y de vidas que nunca llegaron a puerto. Un fuerte temporal cerró el 27 de enero de 1978 el puerto de Vigo. Sin embargo, el Marbel zarpa al anochecer para hacer una marea en Suráfrica. Bordeando el cabo Silleiro, su motor se detiene y a la deriva embarranca en la isla norte. El barco se partió en dos y de sus 36 hombres sólo se salvaron nueve, entre ellos Lino Pastoriza.
"El barco encalló en las rocas y se hundió. Algunos trepamos como pudimos. Era terrible oír los gritos de los compañeros y mirar abajo y ver cosas aún peores. Son malos recuerdos, muy malos. Cuando salté a tierra, delante de mí lo hizo otro marinero más joven y vi con mis propios ojos cómo se lo llevó el mar. A mí también me arrastró, pero conseguí aferrarme a las rocas. Yo no tenía ninguna experiencia, eran tan joven que ignoraba lo que podía pasar. Lo que pasó. Creí muchas cosas. Creí que iba a morir. Creí también que un barco tan grande no podía ser víctima tan fácil del mar. Hacer lo que hizo de él. Con ayuda de mis padres me quedé en tierra una temporada, hasta que volví a embarcar otra vez. Nada, pensaba en el dinero. Fue el motivo que me llevó a embarcar otra vez. Hasta que pasó un año y otro y acabé por darme cuenta de que odiaba el mar".
A cinco millas del cabo Vilán, en A Costa da Morte, una madrugada del verano de 1984, la niebla provocó que un buque frigorífico colisionara con el mercante bilbaíno Dauka. La rapidez con la que se produjo su hundimiento sorprendió a toda la tripulación. De diez hombres, sólo un marinero consiguió salvarse: Ramón
Cambeiro.
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| Víctor Echave. |
"A las dos de la madrugada -cuenta Ramón- yo estaba durmiendo y desperté sobresaltado por un golpe, golpe de hiero, de chapa. Salté de la cama sin pensar, me puse el pantalón y unos tenis y con la camisa en la mano salí corriendo. En cubierta, los dos barcos estaban empotrados. El polaco dio marcha atrás y dejó el boquete abierto. El barco se hundió en picado y no me dio tiempo a nada. Quedé en el agua. El remolino me arrastró hasta el fondo, no sé cuántos metros. Hubo un momento en que perdí toda sensación de realidad. Pensé que no salía. Pero abrí los ojos y vi claridad arriba. Empecé a nadar como un loco y por suerte salí a flote. Aún llevaba la camisa agarrada en la mano, con los los nervios. Me recogieron los del otro barco y buscamos desesperadamente a los compañeros, pero sólo aparecieron dos cadáveres a la mañana siguiente en una playa".
En 1989, el mercante vasco Baitin se dirige a A Coruña procedente de Ibiza. Desde el sur de Portugal arrastra un corrimiento de carga y a ocho millas del litoral de Carnota le sorprende un temporal.
El barco, cada vez más escorado, embarranca en unos bajos conocidos como Os Meixidos. De sus once tripulantes, se salvan siete. Ramón Cambeiro, cuatro años después de sobrevivir al naufragio del Dauka, es uno de ellos.
"Estábamos a una milla de los bajos e intentamos arriar las anclas, pero las olas pasaban por encima del barco. Fuimos tres, el primer oficial, el contramaestre y yo. Echamos los botes y saltamos. El remolcador de salvamento Alonso de Chaves intentó acercarse, con mucho peligro, y tres hombres saltaron. Uno perdió el pie al atrapárselo contra el barco, pero los otros fueron lanzados por una ola sobre la cubierta del remolcador. Se salvaron. El remolcador tuvo que alejarse y dejar a cuatro hombres a su suerte. Yo, en el momento en que veo que el barco se mete, me tiro al agua, con temporal o sin él, por lo menos muero luchando. pero ellos se quedaron allí. Ese barco nunca tuvo que haber pasado de Lisboa, tal como estaba".
El capitán del Baitin con voz serena dice por radio: "Esto se acaba. Haced lo que podáis. Cambio y cierro". "El Baitin ha desaparecido ante nuestros ojos", responden al poco desde el helicóptero del SAR. Tiempo después, el comandante Senra le envió una carta a Senén Fernández, capitán del remolcador, junto con la medalla al mérito que le había sido concedida por su participación en la acción de salvamento, de la que no se consideraba merecedor. En la carta expresa su frustración ante la imposibilidad de salvar a los tripulantes desde el helicóptero. "¿Podríamos haber hecho algo más, algo distinto?"
Un maquinista veterano consoló al capitán del remolcador con un golpecito en el hombro y una frase lapidaria: "No te preocupes. Llevas siete vivos que realmente tenían que estar con los otros. En estas cosas del salvamento tienes que pensar que cuando recurren a ti ya están perdidos".
"Navegar es preciso, vivir no es necesario". Lo proclamaba el universal poeta Fernando Pessoa, que apenas salió de su barrio lisboeta. Otro sería el famoso verso de haber nacido marinero en A Costa da Morte.
José Luis Balseiro, capitán durante treinta años, hace un rotundo balance de esa experiencia en el mar: "El infierno no puede ser peor".
En una singladura cercana al puerto surafricano de Capetown, Balseiro se encontró dos botes a la deriva con cinco cadáveres sentados. "Divisamos dos botes a la deriva en alta mar. Maniobramos para acercarnos a ellos y nos encontramos cinco cadáveres sentados en el fondo de las chalanas. Poco quedaba de ellos, apenas los esqueletos. Las gaviotas les habían comido los ojos y las orejas. Recuerdo a uno, jamás se me olvidará, que llevaba una gorra puesta sobre la calavera. Metimos los restos en bolsas que guardamos en el frigorífico del barco, porque a ningún marinero le gusta que lo incineren y esparzan sus cenizas en el mar, todos queremos volver a tierra".
Los que bajan en barcos a la mar, esos ven las obras de Dios y sus maravillas en el abismo, puede leerse en la Biblia. Suso Lista, uno de los personajes más populares de Corme, tenía esa visión romántica del mundo marinero. No eran ajenas las aventuras que su padre, patrón de pesca, le contaba. Como aquella vez que en Casablanca le cambió a un danés una botella de vino por una chaqueta de brillantes. Pero ese mundo se ha desvanecido.
"El mar se acaba". Cesáreo Pombo, marinero jubilado de 77 años, contempla con una mezcla de nostalgia y temor las pinturas modernistas de Lugrís que evocan monstruosos leviatanes en las paredes del Hogar del Marinero de Malpica. Un infarto lo retiró del mar tras encararse con la muerte en una traicionera noche con mar de fondo, no muy lejos del mismo lugar donde un compañero suyo se fue años atrás al fondo con su hijo a bordo. Desde la cristalera observa a los marineros peruanos y senegaleses que sustituyen a los gallegos. "Yo no supe lo que era ni un domingo. Pero los jóvenes de ahora no quieren esa vida tan esclava sin ninguna seguridad. Ahora, los únicos que están dispuestos a trabajar como negros son los negros", sentencia Cesáreo con sarcasmo.
Víctimas de la furia del mar
Las víctimas de los naufragios son reacias a hablar de una herida que nunca acaba de cicatrizar.
Estos testimonios abordan sin embargo esa memoria amarga con la intención de conjurar su repercusión en la vida
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Elisa Pérez
"Mi marido desapareció en el mar hace 40 años"
Elisa es de las más antiguas viudas del mar. Hace 40 años, un temporal sorprendió a su marido faenando con una pequeña embarcación en
Camelle. "Iba con otro agarradito a la chalana esperando a ver si venía alguien a socorrerlos. Estaba helado. 'No aguanto más, compañero, mira por mis hijos', dijo antes de desaparecer. Las pasé muy negras para sacar a mis hijitos adelante".
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Avelino Lema
"Naufragué tres veces. ¿Qué se siente? Cómo le podría decir... julepe... pánico"
Avelino Lema conoce bien la furia del mar. A lo largo de su vida ha superado tres naufragios y a pesar de ello, no puede estar lejos de la costa. "La primera vez, cuando abandonamos el barco que se hundía y dimos la posición, nos dijeron que estaban a cuatro horas, pero tardaron 16 en llegar. ¿Qué sientes entonces? Cómo te podría decir. Julepe, pánico. A mí me quedaba la mente en blanco, pero yo veía que no tenía que morir allí. Tenía esa convicción". En las fiestas de la Virgen del Carmen de Laxe, Avelino es un reconocido anfitrión de la romería marítima que pretende ser un tributo a los náufragos. "Yo creo mucho en la Virgen del Carmen, a mí me salvó de tres naufragios". Pero Avelino no odia el mar pese a su experiencia extrema. "Yo siento por el mar auténtica fiebre. A mí que no me digan que me vaya a pasear al monte. No, para mí tiene que ser donde haya mar. Allí estoy feliz. El que nace marinero, muere marinero".
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Ramón Cambeiro
"Estaba durmiendo cuando el barco se hundió en segundos.
Me arrastró el remolino al fondo y no sé cómo logré salir a flote"
Ramón Cambeiro naufragó dos veces en A Costa da Morte. La primera, a cinco millas del cabo Vilán, una nebulosa madrugada del verano de 1984, cuando un buque polaco chocó con el mercante bilbaíno 'Dauka'. La rapidez con la que se hundió sorprendió a toda la tripulación. De diez hombres, sólo Ramón consiguió salvarse. "Salté de la cama sin pensar, me puse el pantalón y con la camisa en la mano salí corriendo. El barco se hundió en picado y no me dio tiempo a nada. El remolino me arrastró hasta el fondo. Pensé que no salía. Pero abrí los ojos y vi claridad arriba. Empecé a nadar como un loco y salí a flote. Aún llevaba la camisa agarrada en la mano, con los nervios. Sólo aparecieron dos cadáveres a la mañana siguiente. Cinco años después, volvió a naufragar en Carnota con un mercante que venía de Ibiza. De 11 tripulantes, se salvaron 7, Ramón entre ellos.
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Lino Pastoriza
"Salté a las rocas y vi con mis propios ojos cómo el mar se llevaba a un compañero"
Iba rumbo a una marea en Suráfrica con el 'Marbel' cuando embarrancaron en las Cíes por el temporal. De los 36 hombres de la tripulación sólo se salvaron nueve, entre ellos Lino Pastoriza. "Cuando salté a tierra, delante de mí lo hizo otro marinero más joven y vi con mis propios ojos como se lo llevó el mar. Fue terrible. Con el tiempo, volví a embarcarme porque necesitaba el dinero, pero acabé por darme cuenta de que odiaba el mar".
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