La Opinión a Coruña

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Los topos de Hamás

Texto: Alfonso Pérez
Fotos: Fito Ferreiro

Bajo la desolada Gaza conocida existe otro país subterráneo del que vive toda la franja sitiada. Una laberíntica red de túneles que contrabandea mercancías vitales y armas con Egipto. Dos reporteros gallegos lograron asomarse a este inframundo

Un excavador de túneles oculta su rostro ante la presencia de los reporteros gallegos.


Tras el paréntesis generado por la voladura de la frontera entre Egipto y Gaza, las cosas han vuelto a su infernal rutina en el avispero de Palestina. Retornan los atentados suicidas en Israel y los muertos de cada día en la sórdida guerra entre soldados israelíes y milicianos islamistas. El gueto de Gaza vuelve a ser un yermo cementerio sin más vida que la violencia desatada. Pero las cosas no son sólo lo que parecen. Bajo el suelo de Gaza late con frenesí la vida en un subterráneo país formado por una laberíntica red de túneles por donde el contrabando fluye a la franja sitiada. Cada casa es una puerta secreta al mundo subterráneo, al que Hamás aplica un impuesto revolucionario que es la real política fiscal de Gaza.
En la franja de Gaza consiguen subsistir gracias a los túneles excavados entre Rafah y Egipto. Vivir en Gaza es en sí mismo un riesgo. Levantarse todos los días significa una lucha por la supervivencia en un lugar donde se ha parado el tiempo. Desde la llegada al poder de Hamás, Israel somete a la población a un aislamiento comercial, energético y sanitario que convierte a este pedazo de tierra en una jaula sin salida.
“Estamos como animales en el zoo. Nos dan un poco de comida…y nada más” se queja amargamente Hussein, un veterano periodista que critica con la misma vehemencia a Hamás y a Israel.
Cuando las fronteras están cerradas y no hay comida ni medicamentos, la única forma que encuentran para ganarse la vida y aprovisionar a buena parte de la población es el contrabando bajo tierra. Un trabajo tan rentable como peligroso.
Cavar un túnel puede llevar entre tres y cuatro meses. Su propiedad suele ser de clanes familiares o de Hamás, que además aplica un sistema impositivo que ronda en torno al 30% de cada cargamento que se traslada.
Están situados a unos cincuenta metros de la frontera que separa Gaza de Egipto y su longitud varía entre los 300 y los 600 metros. Normalmente tienen su inicio en supuestos invernaderos o casas arrasadas por el ejército de Israel. Debajo de los escombros se esconde una obra de ingeniería doméstica tan rudimentaria que en varias ocasiones ha sepultado en vida a más de un palestino. Otros han perdido la vida por las bombas del ejército hebreo o por inhalar el gas venenoso que, en menos ocasiones, inyecta el ejército de Egipto.
A través de estos túneles se trafica con medicinas, alimentos, cigarros, armas y… personas. “Los precios son muy variados. Una persona suele pagar por el equipaje que desplace. El precio varía entre los 5.000 y los 10.000 dólares”, comenta Mohamed, socio de una de las aproximadamente cien galerías subterráneas que discurren por la parte sur de la franja.

Boca de un túnel que desemboca en la red subterránea de Gaza.

“Ahora sólo comerciamos con alimentos y medicinas. Ya no pasamos armas”, añade Mohamed. Esta es una verdad a medias. Desde que Hamás controla Gaza no permite que nadie, sin su consentimiento, introduzca ningún tipo de arma.
Pero muchos de los clanes siguen moviéndose al margen de yugo de la formación islamista. De hecho, según fuentes militares de Israel, las organizaciones palestinas obtuvieron 100 toneladas de explosivos desde el verano, 20.000 fusiles y 6.000 cohetes.
El ejército israelí también acusa a las facciones militares de organizar el contrabando, pero en general lo realizan familias y consorcios en busca de dinero. Las armas son suministradas por traficantes en Egipto, que se las pasan a traficantes en la franja, éstos a su vez las venden a facciones o consumidores privados. A veces las facciones alquilan un túnel para un envío grande de armas.
Los excavadores de túneles suelen pedir 300 dólares por rifle, que se puede vender por hasta 2.000 dólares en Gaza. Por cada bala, reciben 1 dólar, un cuarto del precio de mercado de la franja.
La gente también puede usar los túneles para escapar de alguna venganza o de la policía. Esta fórmula se utilizó para secuestrar al soldado israelí Ghilad Shalit el 25 de junio de 2006 y posiblemente también se empleó el mismo método para trasladarlo a Egipto, que es donde se cree que está ahora.
Es el otro comercio de la franja, un comercio clandestino que se produce a cinco metros bajo tierra con decenas de palestinos actuando como verdaderos topos. Un trabajo peligroso y al mismo tiempo necesario para el millón y medio de habitantes que viven en una jaula de la extensión de la comarca de Fisterra.
Es uno de los lugares más densamente poblados del planeta donde el 70% de la población se alimenta gracias a la ayuda humanitaria… y, en parte, al contrabando de los túneles.
El mundo subterráneo de Gaza es otra de las armas de Hamás para asentar su hegemonía sobre la franja. Y paradójicamente, es resultado del bloqueo al que es sometida la zona por Israel desde la llegada al poder de los radicales islamistas. Como siempre ocurre en estas situaciones, son inocentes quienes pagan los platos rotos.
“La situación llegó al borde del desastre humanitario antes de que se derribara la frontera con Egipto, pero pronto volverá a la misma situación. Si continúa el bloqueo, se darán las condiciones para que el desastre sea total”, nos advierte desde Jerusalén Ezequiel, investigador de Betselem, la organización pacifista israelí que desde 1989 defiende los derechos humanos en los territorios ocupados.
El 48% de los habitantes de Gaza tiene menos de 14 años. Los niños son los grandes damnificados de la situación de caos y anarquía que se vive en la franja.
Para darse cuenta de la situación no hay ejemplo más dramático que una visita al hospital pediátrico Al-Nasser.

Las entradas a los túneles parten de casas.


“Hace diez días estábamos casi sin algodón. ¡Se puede imaginar que la UCI pediátrica sólo tenía un paquete de algodón! ¡Un paquete para todo el departamento!”. Es el lamento desesperado de Anwar El-Sheikh, director del hospital que, además, como la mayoría de funcionarios del Ministerio de Salud no recibe su salario.
“Un médico se quejaba porque no tenía agujas. ¡Tienes un paciente en admisión y no tienes una aguja para darle la medicación!”, insistía desolado.
Son ejemplos tan prosaicos como elocuentes que nos dan una idea del estado precario de la sanidad. En Al-Nasser rezan para que no se les estropeen los aparatos más “sofisticados”. En la UCI pediátrica la mitad de los monitores están averiados y sin posibilidad de repararlos hasta que se abran las fronteras.


En la misma UCI nos encontramos con el caso más dramático e impactante. Rawan era una niña de tan sólo 11 meses. Estaba hinchada por la acumulación de líquidos y tenía dificultades para respirar. Un simple y común proceso de diálisis le habría salvado la vida. En Al-Nasser no tenían el equipamiento necesario e Israel no admitió su caso para tratarlo en un hospital judío. Días después murió.
La otra gran carencia son los medicamentos. Enfrente del Hospital Shifa, el más grande de Gaza, se encuentra la farmacia de Al Fayruz. Los estantes están completamente vacíos. Sólo despacha algún cosmético.
“En los últimos cinco días no ingresé ni un shekel”, nos comenta resignado. Como mínimo, Al Fayruz necesita cien shekels diarios —unos veinte euros— para mantener a su mujer y a sus cinco hijos. Incluso tuvo que vender su coche para poder darles de comer. La mano izquierda le tiembla por el estrés. Asegura que nunca vivió una etapa peor.

 

 

MÁS IMÁGENES

NIños en Gaza.

La guerra, omnipresente.

Farmacias sin medicamentos.

El hospital pediátrico Al-Nasser vive situaciones dramáticas por el bloqueo de Gaza.

 

 

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