La Opinión a Coruña

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La vida renace en el Río del Olvido

Texto: Santiago Romero
Fotos: Fran Martínez

 

Pocos pueden hacer realidad en el siglo XXI un sueño casi feudal y decir que son dueños de todo un pueblo. José María Galán lo vio cumplido en Galicia. Y le costó ocho años y seis millones de euros

La familia Galán frente a una de las casas restauradas. Abajo, el estado de la misma casa cuando la adquirieron en 2000.


El mundo de la antigüedad clásica reconocía dos finisterres. Uno de ellos estaba situado en la costa atlántica gallega, donde las legiones romanas cayeron de bruces al observar una sangrienta puesta de sol en el mar. El otro, más antiguo y mitológico, estaba situado según el historiador griego Estrabón en el río Limia —que el general romano Décimo Junio Bruto Galaico bautizó como Río del Olvido—. Cuenta la leyenda que este legendario río ourensano que durante mucho tiempo marcó las lindes de la conquista romana en Iberia, hacía perder la memoria a todo aquel que se atreviese a adentrarse en sus aguas. El Limia, también conocido como Oblivion —por cierto, uno de los videojuegos superventas de Xbox— era para los griegos la personificación del mitológico río Lethes que, en los confines del mundo civilizado, borra los recuerdos de las almas que en él beben.
Siglos después del origen de la leyenda, oteo desde las alturas con el empresario riojano José María Galán el curso del fabuloso río que nace en las tierras de Sarreaus, justo donde este hombre hace ocho años decidió de-jarlo todo para emprender la aventura de resucitar un pueblo muerto y olvidado.
Una visita fortuita a estos parajes en el año 2000 obró el milagro legendario de borrar su pasado. Al año siguiente había vendido tres empresas familiares en La Rioja para afrontar el desafío —y el coste: seis millones de euros— de comprar y restaurar un pueblo entero.
“Jamás pensé que iba a llegar a tanto —confiesa José María Galán arrullado por los murmullos del Limia—. Todo esto comenzó por una simple casualidad. Conocía a un veterinario de Ourense, Miguel Ángel Rodríguez, que solía cazar conmigo en Benavente, en Zamora. Como yo venía a menudo a Galicia por mis negocios —fabricaba material para envasados metálicos—, Miguel Ángel me trajo un buen día a este rincón, a Couso, y me enseñó el pueblo abandonado, completamente en ruinas. Pero el paraje y el río tenían algo mágico que cautivaba al instante. Me pareció soberbio y dejé correr la imaginación. ‘Vamos a comprarlo’, le dije”.
Este empresario riojano vendió en 2001 sus empresas, entre ellas la matriz de su fortuna, Envases Metálicos Galán, y se afanó en dar vida al sueño. Lo primero fue localizar a los propietarios de tierras y casas en ruinas, dispersos por la emigración, algunos en lugares remotos de México y Venezuela.
“Fue un trabajo arduo, pero conté con una gran ayuda del Ayuntamiento de Sarreaus y de mi amigo Miguel Ángel, que era realmente quien llevaba el tema directamente. Ellos se encargaron de las gestiones. Yo no hacía más que pagar”, señala Galán. Finalmente, compró diecinueve edificios entre casas (catorce), molinos y pallales, además de tierras, huertas frutales, montes y una concesión de 15 años para cazar en una zona colindante de 750 hectáreas. Todo un paraíso renacido del pasado y en manos de una sola persona.
La iniciativa comenzaba a tomar forma cuando el alma del proyecto, el veterinario Miguel Ángel Rodríguez, murió en un accidente de tráfico muy cerca del pueblo que estaba ayudando a revivir.

“Fue un golpe muy duro para mí —recuerda aún afectado José María Galán—, me sentí huérfano en todo esto, porque él era el que estaba al tanto de todo. Entonces habíamos comprado ya los terrenos y las casas en ruinas, pero comencé a tener dudas sobre qué hacer. Pero yo había cruzado ya mi personal Rubicón. Decidí seguir adelante, también por Miguel Ángel, pero en principio pensé en rehabilitar sólo unas pocas casas. Pero el caso es que vimos que quedaba tan bien y que el resto de viviendas sin rehabilitar afeaba tanto que ya sin acabar aún la primera fase nos metimos en la segunda. Esto es como una bola de nieve que echa a rodar y crece y crece. No pensábamos que nos iba a costar tanto, ni en tiempo ni en dinero, pero aquí estamos”.
“el pueblo es mío”

La reconstrucción de todo el pueblo de Couso —incluído el horno—, realizada en ocho años en el nacimiento del río Limia, tras comprar casas y terrenos en España, México y Venezuela, es grandiosa.

Galán no parece tener presente que es de los pocos que pueden decir que son dueños de un pueblo entero, casi un anacrónico privilegio feudal en el siglo XXI. “Me resulta extraño hacerme a la idea. Pero es verdad. El pueblo es mío”. Este riojano con vocación gallega es un arquetípico empresario de la vieja escuela del norte, forjado en el sacrificio y el culto al trabajo. Hijo de agricultores y agricultor él mismo en su juventud, se inició en la iniciativa empresarial haciendo botes de hojalata a mano para la entonces incipiente industria envasadora riojana.
“Con 20.000 pesetas que me dio mi padre monté una empresa; primero con mis hermanos, después con cinco empleados que con el tiempo se convirtieron en 300. Aquí en Galicia conocían muy bien el trabajo de Envases Metálicos Galán”. Con la vida sin duda resuelta —a expensas de que no se la complique su capricho ourensano—, Galán es de los que en un restaurante riñe a los camareros porque sirven raciones enormes que se desperdician. Me fijo en que le falta un dedo.
“Lo perdí haciendo botes de hojalata —confiesa el empresario riojano—. Yo fui uno de los primeros empresarios que iba a Amsterdam a comprar maquinaria de segunda mano para la industria envasadora, porque no podía pagarla nueva y aún así tenía que acudir a un primitivo sistema de leasing, para financiarla poco a poco. Los fabricantes europeos me miraban las manos y no se fiaban. No tiene manos de empresario, sino de trabajador, le decían al intérprete. Y le falta un dedo. ¿Va a poder pagar? Quizás tenga menos dedos que los que vienen de Francia o Alemania, pero tiene más palabra, les decía el intérprete holandés... Y yo acababa llevándome las máquinas”.
Ese respeto a la palabra dada le granjeó un nombre entre los empresarios conserveros gallegos. “Aquí tuve muy buenos clientes durante 25 años, como Escurís o Jealsa y, aunque tenía representantes, cada año me recorría Galicia durante quince días, con las carreteras que había entonces. En cierto sentido, de ahí nació todo un poco”. La palabra dada fue en parte también la razón de que se embarcara en un proyecto enormemente costoso con inevitables incertidumbres. El compromiso adquirido con su amigo muerto.
“Tengo la sensación de que he hecho algo diferente. ¿Por qué? No lo sé. Mi intención en la época en la que Miguel Ángel me trajo a Couso por primera vez era la de jubilarme y dejarme de jaleos. Pero acabé metiendo aquí parte de lo que me dieron por la venta de mis empresas de toda una vida en La Rioja. No me dediqué a ver otros lugares ni a consultar otras oportunidades. Simplemente ocurrió y me fui dejando llevar por la ilusión”, explica José María Galán.
La restauración de la aldea, rigurosamente fiscalizada por arquitectos — “se han respetado los cimientos de las casas antiguas, no se ha hecho ni un centímetro más y hemos devuelto a las casas el mismo tipo de piedra usado en la construcción de la aldea doscientos o trescientos años atrás”—, se rigió cómo no por la filosofía de arrimar el hombro, divisa familiar de los Galán. En estos años desfiló un verdadero ejército de trabajadores por los antaño desolados parajes de Couso y los Galán siempre figuraron entre ellos. “Mi hijo Jesús ha hecho de todo, la instalación de luz y teléfonos y hasta acarrear piedras. Y mi mujer, Isabel, se ha encargado de la decoración”.
El Ayuntamiento de Sarreaus se encargó de asfaltar el viejo camino de cabras que conducía a Couso. Y de proporcionarle luz, agua, alcantarillado y alumbrado público, hasta gastarse un total de 60.000 euros de las arcas públicas. “Ha valido la pena
—asegura el alcalde de Sarreaus, Gumersindo Lamas—. Ves el antes y el después y resulta increíble. Ha sido un trabajo de reconstrucción colosal. El Ayuntamiento no participa del negocio, pero esto va a traer mucha riqueza a la zona”.

El pueblo está terminado desde hace seis meses, a la espera de un papeleo oficial que no acaba de llegar. “Llevamos medio año esperando que la Xunta nos facilite el permiso definitivo, que siempre va a estar de una semana para otra, pero al final siempre hace falta otro papel. Qué se va a hacer, estas cosas públicas son así. Los organismos son tranquilos. En estos siete años he pasado por momentos altos y bajos. A veces piensas en el tiempo y el dinero que hemos metido aquí y... la verdad es que yo pensaba que iba a tener más ayudas”, admite con resignación el empresario riojano.
La decisión tomada en su día por José María Galán hizo pasar por duros momentos al matrimonio. “Yo le decía que estaba loco y que iba a empujarnos a la ruina en un momento en que lo que debíamos hacer era disfrutar tras una vida de mucho trabajo
—confiesa su mujer, Isabel Justicia—.. Pero ahora soy yo la que le insisto para que no deja la gestión turística de este pueblo en manos de alguien que no le tenga el mismo apego a esta iniciativa que nosotros. Él se siente ya un poco cansado, pero yo soy ahora la que le digo que no tire la toalla. Hay muchas empresas que nos han hecho ofertas para explotar turísticamente el pueblo, pero no nos ha convencido aún ninguna. La gente de ahora va sólo a la pela, pero esto exige además compartir la ilusión por la idea. Para nosotros es algo muy personal”.
José María Galán no es un magnate y aunque le haga gracia la idea de verse convertido de pronto en un inusual propietario de todo un pueblo, no deja de pensar que si las cosas no salen bien, repercutirá en la vida de su familia. “El riesgo existe en todo negocio. Pero ya que lo hemos hecho, tenemos que ser más fuertes que nunca y estar convencidos de lo que hicimos”.

Una vista del pueblo de O Couso con José María Galán en primer plano.


Uno de los antiguos propietarios que vendió a Galán es Manuel Seguín, nacido en Couso pero emigrante desde hace muchos años en la localidad guipuzcoana de Beasain. “La aldea estaba muerta. Pero ahora está como resucitada, nueva, pero han respetado su estructura. Nadie se ha quejado, a todo el mundo le ha salido perfecto”, comenta desde el País Vasco.
Es el mismo argumento que se repite en pueblos cercanos a Couso como Freixo o Freande, donde están asombrados con los cientos de personas que se acercan los fines de semana, convocados ya por el boca a boca, para echar un vistazo a la nueva atracción de A Limia. Esperan que esta afluencia reavive su depauperada economía. Sin daños colaterales a la vista.
En los aledaños de Couso aún se dejan ver algunos viejos habituales de la zona como Celso López —que no vendió en su momento a Galán un pequeño prado que tenía por allí y ahora se arrepiente—. “Cuando me lo presentaron y me dijeron que quería comprar todo el pueblo, no me lo creí. ¡Veña, ho...! ¡Va a tener tanto dinero un solo hombre! Me ofreció cinco millones de pesetas y le pedí seis. ¡Ay qué pena, me quedé sin vender!”, se lamenta Celso.

PARAÍSO PERDIDO
El que no lo dudó fue Eligio Mellado, el último habitante de Couso. A sus 80 años vive ahora en el pueblo vecino de Freixo, rodeado de recuerdos de un paraíso perdido hace ya tanto tiempo que ni recuerda, cuando el bullicio florecía en las fuentes del Limia y él, como muchos otros, iban a buscar novia a la aldea de Couso. “Molíamos mucho, pero llegaron las cosechadoras y las máquinas modernas y la gente se fue marchando. Nosotros también. El pueblo se fue cayendo a pedazos. Esto ha sido una cosa de meigas. Jamás pensé que volvería a ver mi vieja casa en pie. Mi mujer, María, tenía ganas de verla terminada, pero murió hace tres años de cáncer. ¡Cómo le hubiera gustado!”, se emociona Eligio.
José María Galán se entusiasmó desde el primer momento que pisó Couso con la casi sobrenatural atmósfera de apacibilidad que preside el lugar. “Hay gente que se viene aquí a las cinco de la tarde y no hay manera de que se marche, por la paz tan grande que encuentra. Es ese sonido único de cristal fino de este río”.
Pero en su soledad, Eligio Mellado, el último habitante de Couso, empieza ya a soñar con otro sonido. Aquel que rebosó su corazón en las noches de matanza, fiesta y risas bajo la luz de la luna. Un sonido apagado hace mucho del que las mágicas aguas del Limia anuncian ahora su regreso de las oscuras regiones del olvido. El sonido inigualable de la vida renacida.

 

El último habitante de Couso

Eligio Mellado —en la foto de la izquierda en la localidad de Freixo, con el matrimonio Galán al fondo— fue el último habitante del pueblo de Couso, comprado y restaurado por los Galán. Vivió en él más de 50 años, hasta que se fue a principios de los 90 por su total deterioro. En la foto de la derecha, Eligio con su mujer —los dos primeros por la izquierda— cuando vivían en Couso. Un cáncer la privó a ella hace tres años de ver su antigua casa reconstruida. “¡Cómo le hubiera gustado!”, afirma Eligio con emoción.

 

El antes y el después de un pueblo abandonado

Jesús Galán, hijo del empresario riojano José María Galán, tuvo un gran protagonismo en la reconstrucción del pueblo abandonado de Couso en el nacimiento del mitológico río Limia. En la imagen, posa delante de uno de los 19 edificios reconstruidos, que en la foto de la izquierda puede verse completamente en ruinas antes de que el pueblo fuese adquirido por la familia Galán.

 

 

MÁS IMÁGENES

La reconstrucción de todo el pueblo de Couso —incluidas casas, cobertizos, molinos y hornos—, realizada en ocho años en el nacimiento del río Limia, tras comprar casas y terrenos en España, México y Venezuela, es grandiosa.

 

 

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