La Opinión a Coruña

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El spa de Felipe VI

Texto: Santiago Romero
Fotos: Fran Martínez

El Castillo del Cardenal y sus 50.000 metros cuadrados de finca pretenden ser el gran reclamo turístico de A Costa da Morte con un hotel spa, restaurante de autor, helipuerto y puerto deportivo

Vista aérea del Castillo del Cardenal, que domina desde el siglo XVIII la ría de Corcubión.


María Celia Couce es una mujer tremendamente celosa de la intimidad de su hogar. Como tantas, salvo que el suyo es un castillo fortificado del siglo XVIII en cuya imponente soledad reside desde hace 22 años con su hijo Marco Antonio Díaz Couce. La señora del castillo —como la conocieron durante años los desconfiados lugareños del paradisiaco enclave de Quenxe en el que el Castillo del Cardenal ha dominado la ría de Corcubión desde los tiempos del monarca Felipe VI— se muestra reticente a hablar del inmueble más valioso a la venta en Galicia —a partir de cuatro millones de euros, unos 700 millones de las antiguas pesetas—. “Esa es una referencia puramente circunstancial y sin la menor relevancia”, replica con desagrado al honor de encabezar el ranking de valor inmobiliario hecho público hace escasos días por una agencia especializada. Y mucho menos está dispuesta a permitir el acceso de la prensa a su santa sanctorum, el reservado interior del castillo. Otros lo han intentado ya antes sin éxito, advierte su hijo en el poco prometedor arranque de nuestro encuentro al pie del portalón de entrada flanqueado por los innumerables impactos de armas de fuego dejados dos siglos atrás por una visita menos considerada: la de las tropas napoleónicas. La cita establecida de antemano por teléfono desde A Coruña se limita en principio a un descorazonador paseo por las murallas exteriores del recinto, que recuerda poderosamente al castillo coruñés de San Antón.
Pese a la desabrida ventolera que azota Fisterra, el calor de la charla que avanza amenamente por derroteros históricos y aventureros que se remontan a los tiempos en los que el finisterre gallego mercadeaba directamente con la República de Venecia, va haciendo mella en la acorazada resistencia de Marco Antonio. Hemos abierto la primera brecha en nuestro asalto a la fortaleza, que no resultará menos arduo que el protagonizado por los franceses para desalojar a las tropas británicas a principios del XIX. Marco Antonio nos permite acceder al interior de la fortaleza, pero no al interior de la casa, que es un espacio inviolable. “Pero nada de fotos a la familia... a ninguno”, corta tajantemente lo que interpreta como una debilidad.
El fulgor del sol sobre las aguas se extiende como una estela plateada desde el Castillo del Cardenal hasta el Castillo del Príncipe, al otro lado de la ría, como si se empeñase en probar la leyenda que asegura que una colosal cadena unía en el remoto pasado ambas fortalezas militares para cerrar el paso a la ría a cualquier embarcación enemiga. Algo más les une. El Castillo del Príncipe es ahora también una residencia privada. Un empresario riojano lo compró hace un año y medio. “Nos visitó una vez, cuando lo compró y con muy buen humor nos dijo que si necesitábamos sal que diéramos una voz. Pero no volvimos a verlo. Creo que no se ha integrado bien en Galicia”, explica Marco Antonio.

María Celia Couce, la ‘señora del castillo’.


La especial configuración de las rías de Corcubión, Cee y Fisterra, que proporcionaban refugio a los barcos que navegaban por estas costas en los siglos XVII y XVIII, obligó a construir fortificaciones que las defendieran de los ataques piratas. El padre Sarmiento cita en su Viaje a Galicia que la primera de ellas, el Castillo del Cardenal, estaba ya construido en parte en 1745, aunque no sería finalizado hasta 1757, tras la obras dirigidas por el ingeniero militar Francisco Llovet y el francés Carlos Lemaur. Estaba acondicionado para acoger una dotación de 90 hombres y contaba con una batería de doce cañones. La fortaleza acabó con los siglos en el más completo abandono y la Administración decidió venderlo en 1956 al médico José Sendón, oriundo de Corcubión, que regentó la célebre clínica de
A Choupana en Santiago. A la muerte de Sendón, la familia Couce compró el castillo en 1986. Charlamos de ello con Marco Antonio, cuando una silueta emerge tras los enigmáticos ventanales del recinto. Es la señora del castillo. Pese a la numantina resistencia de su hijo, convencemos a María Celia Couce de que nos cuente su historia. Un paso más en la negociación, con restricciones. Sólo podemos acceder a una dependencia del interior.
“Soy coruñesa, una Couce. Hija del militar Couce Barcia, que fue coronel de infantería en A Coruña y era primo hermano de los dos Couces que se simultanearon en la alcaldía de Ferrol, uno socialista y otro del PP. Mi marido y yo tuvimos durante décadas tres colegios privados en Madrid, donde somos muy conocidos. A mediados de los 80 compramos el castillo. No pretendíamos una cosa así, tan sólo una finca con mar, pero surgió la ocasión y nos decidimos. Fue una inversión muy importante para la época. Después, mi marido y yo nos separamos. Él y mi hijo mayor se fueron a vivir a Ávila y mi hijo Marco Antonio y yo nos instalamos en el castillo. Al principio fue duro. Alguna gente nos miraba con mucho recelo. Eso de la señora del castillo.... Nos ha costado trabajo, pero nos han ido conociendo y nos hemos integrado perfectamente. Pero hubo momentos en que nos miraban de manera muy rara”, confiesa María Celia.
Apenas tenemos acceso a una dependencia interior del castillo, pero se percibe nítidamente una atmósfera en la que el pasado está presente. Cuadros de Villafins, tallas religiosas, muebles de más de doscientos años —con tornillos de madera—, cerámica de la primera época de la Cartuja. “Tenemos lámparas de la catedral de Santiago, compradas por Sendón cuando la catedral las cambió en su momento por unas nuevas que he visto en Compostela y me parecen horrorosas, pero no es cosa mía. Y hasta una percha de la Casa de la Troya”, cuenta María Celia, y en seguida se arrepiente. Una vez entraron en el castilo y les robaron una “preciosa” talla de madera de la virgen del Carmen. “No queremos que se piense que aquí hay tesoros, porque no es así”, matiza.
Lo que sí hay es un aura de misterio que domina la propiedad. Para empezar, una mano negra se ha encargado de borrar todo vestigio histórico de la fortaleza. “Después de interminables trámites, hemos podido acceder al archivo de Simancas sólo para encontrarnos con que las páginas sobre el Castillo del Cardenal han sido arrancadas, nos quedamos de piedra”. Tampoco ha permanecido información en la Biblioteca del Ejército. En la zona circula una leyenda que habla de un tercer habitante del castillo: el fantasma de don Liborio.

Vistas del interior de las murallas de la fortaleza.


Según Alejandro Lamas, se remonta al siglo XIX y se relaciona con un pasadizo del castillo que conduciría a unas ciclópeas grutas en el mar, por donde eran arrojados los cadáveres de los ajusticiados en la fortaleza. Los lugareños aseguran que unos albañiles, al oír unos extraños lamentos, abrieron un boquete en lo que resultó ser un falso tabique y vieron algo que les hizo salir despavoridos. Un juez ordenó derribar la pared y asistieron sobrecogidos al hallazgo de un cuerpo momificado colgado por grilletes de la mampostería. El cadáver portaba una cadenita con una ampolla de cristal que contenía su sentencia. Don Liborio era un comerciante que habría sido condenado a morir emparedado por la muerte de una joven sirvienta. Sus restos fueron arrojados a las aguas, pero los aldeanos juran que nunca han dejado de escucharse su gemidos por una injusta sentencia.
“Es sólo una leyenda —explica María Celia—, desde luego, en veintidós años nunca nos hemos topado con él”. Aunque reconoce que muchos amigos a los que ha invitado a dormir en el castillo declinaron la oferta. “Dicen que sí, pero al llegar la noche se echan atrás y se van. No puedo dormir aquí, me dicen. No sé, más que miedo, creo que lo encuentran extraño. Es curioso, a nosotros sin embargo nos produce una sensación de total paz y tranquilidad. Estamos tan habituados a los ruidos propios de un antiguo castillo... y no creemos en fantasmas”, aclara la propietaria del Castillo del Cardenal.
El misterioso pasadizo existe realmente. Tenía un uso militar, destinado a dotarse de una vía de escape en el caso de que la fortaleza fuese ocupada por el enemigo. En la época del primer propietario, el médico José Sendón, fue cegado por motivos de seguridad. Las cuevas también, aunque nadie las ha explorado. “Es una cueva que hay debajo del castillo, la descubres desde abajo, ya que desde el mar no se ve, aunque puede caber una embarcación”, señala Marco Antonio. “Siempre hemos tenido el castillo a la venta, desde que lo compramos, pero más que nada es para ver el valor del mercado”, precisa María Celia Couce. Uno tiene la sensación de que esta gente jamás quiso desprenderse de él. En todos estos años han tenido “ofertas de todos los colores, para escribir un libro”. “Desde políticos a famosos de la televisión o futbolistas, pero no podemos dar sus nombres por discreción. Se ha interesado gente muy importante, de esa que no se deja ver pero se hace oír. A alguno sin embargo hubo que echarlo porque venía con una prepotencia insoportable. El caso más curioso fue el de un gitano singular, que vivió meses a cuerpo de rey en el Hostal de San Marcos, donde se casó escoltado por la policía municipal. Nos citó en el Hotel Princesa de Madrid, rodeado de abogados y nos ofrecía un cheque en blanco. Pero tanto salero escama. Yo creo que era alguien interpuesto”, afirma la propietaria del castillo.

Una de la instancias del interior del castillo.


El verdadero propósito de María Celia es convertir el Castillo del Cardenal en una exquisita referencia del turismo de lujo. Sin dejar de vivir en él. “Ya antes del Prestige hubo negociaciones para hacer aquí el parador que después se fue a Muxía”. La señora del castillo ha llegado a un acuerdo con el arquitecto César Portela para desarrollar un imponente proyecto turístico que abarcaría en el castillo y sus 50.000 metros cuadrados de finca un hotel spa, restaurante de autor, helipuerto y puerto deportivo. “La condición es que podamos conservar el 50% del castillo para nuestra residencia”. María Celia contactó con César Portela cuando el arquitecto dirigía obras en Fisterra y enseguida congeniaron. “Vino a ver el castillo y le encantó. Se puso manos a la obra y nosotros estamos muy satisfechos de que un arquitecto de ese renombre haya aceptado este proyecto. También nos ha visitado el director xeral de Patrimonio, que nos felicitó y dio luz verde a la iniciativa. Creo que toda está ya en marcha, aunque es César Portela quien se encarga de las gestiones”.
Horas después de la llegada, ocurre el milagro. María Celia se deja fotografiar, a regañadientes. Cuando nos vamos, vuelve a refugiarse en su tradicional recogimiento. En su gesto de adiós, se estampa la duda de si ha cometido un sacrilegio.

 

 

 

 

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